Monoteísmo, el culto de la arrogancia

El monoteísmo, visto desde la perspectiva de aquellos que siguen tradiciones pluralistas, aparece a menudo como una especie de arrogancia muy dañina, y no como un tipo de verdadera espiritualidad.

Que sólo hay un Dios verdadero, y todos los otros dioses son falsos, resulta ser en realidad una declaración de guerra y la expresión de la más feroz intolerancia posible, no una experiencia de la conciencia superior del ser humano.

Los grupos monoteístas parecen reclamar la exclusividad sobre Dios, como si la Divinidad fuera una especie de propiedad, proclamando al mundo que sólo su Dios es el Dios verdadero, y todos los otros dioses no deben ser tolerados y, muy a menudo, se insta a la eliminación de los practicantes del culto a los demás dioses considerados ‘no verdaderos’.

Tales líneas duras y groseras de pensamiento parecen fuera de lugar en los círculos de cultos ancestrales paganos, que tienen como motivación principal el hacernos más sensibles a otras personas y a la naturaleza en su conjunto.

El monoteísmo a menudo se asemeja al egoísmo, muy común en el comportamiento humano, tanto a nivel individual como colectivo. La ‘arrogancia monoteísta’, al igual que otras formas de arrogancia personal o cultural, conduce a la agresión y al intento de dominar y controlar al otro, cuando no de suprimirlo y destruirlo por completo.

Los monoteístas suelen dedicar su tiempo a elaborar complejos programas para convertir o conquistar el mundo entero conduciéndolo a una sola creencia, siendo su principal actividad y esfuerzo en la vida, promoviendo dichas actividades con un celo religioso muy a menudo lleno de fanatismo y ceguera espiritual.

El único Dios del monoteísmo puede definirse como infinito y eterno pero parece actuar de una manera muy parcial y limitada, favoreciendo sólo a su pueblo elegido o a su comunidad de creyentes por encima de todos los demás, aunque estos también sean seres humanos.

El único Dios del monoteísmo puede ser considerado como sin forma o como una verdad impersonal, pero sus acciones suelen aparecer mezcladas con emociones comunes como la ira y la envidia. Está claro, si nos fijamos bien, que las formulaciones monoteístas de la Divinidad son a menudo coloreadas por el ego de las personas y los grupos que las elaboran. Sean cuales sean las energías divinas que puedan provenir de esa inspiración monoteísta, el hecho es que se ven fácilmente ensombrecidas por la rigidez, cuando no por la arrogancia, de su enfoque monolítico, sectario y exclusivista.

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El monoteísmo busca imponer una uniformidad artificial sobre la riqueza de la experiencia religiosa y espiritual del ser humano, que ha tenido las más variadas expresiones en todo el mundo durante milenios antes de que cualquier monoteísmo asomara en el devenir de la historia.

Lo que necesitamos hoy es un renacimiento de la espiritualidad, una suma de cultos llanos, populares, de la naturaleza, más allá de los artificiales límites de la creencia, las instituciones y los personalismos. En ese contexto, los planteamientos monoteístas exclusivos no pueden tener un papel relevante, si no que deben ser evitados, a toda costa, en la cosmovisión de aquellos que tienen como objetivo el mejoramiento propio y de la comunidad donde residen.

A menos que entendamos y eliminemos esta arrogancia espiritual, tan propia del monoteísmo, es muy probable que sigamos cayendo en la intolerancia, las cruzadas, las guerras santas, las agendas misioneras y apostólicas, los proselitismos y la denigración de otros caminos espirituales ancestrales que de hecho son mucho más favorables a la convivencia. Es también probable que junto con las ideas y cosmovisión monoteísta continúe la destrucción de las culturas y de los pueblos ancestrales, como ya ha ido sucediendo durante los últimos dos mil años y que ya ha devastado varios continentes del mundo.

Rechazar el monoteísmo no implica negar la inspiración espiritual, mística o artística que cualquiera puede encontrar en cualquier lugar, y cada sujeto o comunidad debería ser libre para desarrollar esa potencialidad tan íntima en el ser humano. En una sociedad convivencial no podemos aceptar el exclusivismo y la negación del pluralismo en nombre de una religión, y debemos rechazar por completo cualquier verdad revelada o concepto de virtud impuesta desde unas instituciones, libros o dogmas artificiales.

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El paganismo, como conjunto de cultos naturalistas y convivenciales, honra a lo universal y tiene una orientación pluralista e integradora, contempla y acepta de buen grado la existencia de muchos caminos espirituales y presenta diferentes enseñanzas para diferentes temperamentos. Como tal, ningún paganismo o culto ancestral puede ser benevolente ni aceptar las enseñanzas monoteístas exclusivistas e intolerantes como la imposición de una verdad revelada, o considerar como válidos aquellos dogmas espirituales que no puedan ser cuestionados.

El paganismo y todos los cultos ancestrales del mundo nos enseñan que la arrogancia nace de la ignorancia y que todos somos miembros de la misma familia universal. Todos los paganos sean del culto que sean aceptan la unidad de toda la existencia, la unidad de la vida, la conciencia y la verdad; pero aunque valoramos esta intrínseca unidad del cosmos, también entendemos que sus expresiones son muchas, y que ninguna criatura o expresión de vida puede ser dejada de lado.

El monoteísmo es una triste etapa que debe ser superada: no podemos seguir con la idea de que hay un solo Dios Verdadero y todos los demás dioses son falsos; tal vez tengamos que descubrir que el monoteísmo representa un nivel inferior de experiencia y de conocimiento espiritual, en el que el ego humano y su arrogancia dificultan en gran medida nuestro contacto con lo divino, que está presente en toda la naturaleza y no sólo en una parte de ella.

Ningún culto pagano del mundo presenta exclusivismo, sino más bien una visión integradora y convivencial. Afirma que a lo Divino pertenecen todas las criaturas y expresiones de vida, todo el universo, todo el tiempo y el espacio y por supuesto el más allá que aguarda tras el velo de la vida.

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Para el pagano, sea cual sea el culto que profese en su pago o comunidad, no hay necesidad de salvar o conquistar a nadie en el nombre de Dios: lo único que sí requiere es que se honre a la naturaleza sagrada de todos los seres, y se reconozca que un mismo Ser y conciencia reside en las entrañas de todos.

Por útimo, desde aquí animamos y rogamos a quien escuche estas palabras que evite seguir, apoyar o ser benevolente o condescendiente con alguna de las doctrinas monoteístas, y que por lo contrario ayude al mantenimiento y resurgimiento de los grupos pluralistas, convivenciales e integradores que afortunadamente reaparecen cada vez con más empuje, como los paganos de Europa, los nativos americanos, africanos o asiáticos, y en especial los paganos de Grecia, Italia y España que todavía están sufriendo a diario el feroz ataque y saña del monoteísmo.

Marco Pagano.

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