La creación no ha terminado...

Historia y Cultura

INQUISICIÓN A LA BIBLIA: BARUC Y EZEQUIEL

BARUC

Propugnáculo del teonacionalismo judío

1,13 El profeta entiende que su dios puede parecer la pasión de la cólera, por más que ésta sea “propia de necios” (Ecl.7,9)[1].

2,16 Usando la impiedad como recurso lírico, el profeta profiere mandatos a su dios de modo que le ordena “inclina, Señor, tu oído y escucha”, por más que al auténtico dios, que es “siempre el mismo” (Sal.102[Vg101],28), le sería imposible variar su omnipresente posición. Por lo tanto, es la creatura quien debe elevar su espíritu para escuchar a su creador[2].

2,22 El profeta amenaza con la destrucción en el caso de que el pueblo rinda servicio al rey de Babilonia, toda vez que en 1,12 dijo “nos dé el Señor fortaleza (…), y vivamos bajo la sombra de Nabucodonosor, rey de Babilonia, y bajo la sombra de Baltasar, su hijo, y les sirvamos por muchos días”.

4,1 La sentencia “es el libro de los mandamientos de Dios y la ley” ―esto es, el Pentateuco― “perdurable para siempre”, con lo cual no estaría justificada aquella otra sentencia que determina una ley antigua y otra nueva.

4,6-7 Que el profeta pueda pensar que al dios le sea posible irritarse, en fin, demuestra el bajo concepto que los bíblicos de antaño y hogaño tienen de la divinidad.

6,3-72 Es del todo pasmosa la ingenuidad del profeta respecto a la idolatría. Extasiado por la supina ignorancia cree que, como él, todo quien se allega a un ídolo no entiende lo que representa. Sin embargo, siempre hay quien, sin caer en la estulticia y la grosería, sabe rendir culto a través de los ídolos. Sea como fuere, lo cierto es que el profeta era un incapacitado para tal menester, porque el fanatismo atroz le esclavizó el poco juicio que debía tener.

A tal efecto es preciso recordar al amable Juliano el Apóstata, quien aconsejaba “al observar las imágenes de los dioses, no creamos que son piedra ni madera ni, por supuesto, que ellas son los dioses mismos, porque tampoco decimos que las estatuas de los emperadores son madera, piedra o bronce, ni que son los propios emperadores, sino estatuas de los emperadores. Todo el que ama al emperador contempla con gusto la estatua del emperador, y todo el que ama a su hijo contempla con gusto la de su hijo, y todo el que ama a su padre la de su padre; por tanto, todo el que ama a dios mira con gusto las imágenes y las estatuas de los dioses, reverenciando y temblando a un tiempo ante los dioses invisibles que lo contemplan” (Juliano Carta 89b 294bc-d).


EZEQUIEL

Furia, indignación y amenazas del feroz teonacionalismo yahvista

1,5-10 La extravagante descripción tiene su parangón en la figura del dios órfico Fanes Primogénito. Así, Damascio, en su obra Sobre los Principios 123bis (III 162,1) dice que es “un dios bicórpore, con alas de oro sobre los hombros, que tenía por naturaleza a ambos lados cabezas de toro y sobre su cabeza una monstruosa serpiente que adoptaba las más variadas formas de animales”. También Hermias se refiere a Fanes Primogénito, en un escolio al Fedro de Platón, diciendo que “nadie lo vio con sus ojos, (…) tanta luz emanaba del cuerpo del inmortal Fanes” (148,25 Couv.). Por su parte, Proclo, en un escolio al Timeo de Platón, dice que Orfeo, “el Teólogo, forja la imagen del viviente más completo, aplicándole las cabezas de un carnero, un toro, un león y una serpiente” (I 429,26 Diehl.), y que se comporta “emitiendo mugidos de toro y rugidos de león de ojos brillantes” (I 427,20 Diehl.). Con todo, parece evidente que tanto la figura bíblica como la de Fanes comparten su origen con los ‘Karibu’[3] asirio-babilónicos, seres que representan a un mismo tiempo los cuatro reyes del reino animal, a saber, el hombre, el león, el toro y el águila[4].

1,11 Que la figura cubra su cuerpo desnudo es muy propio del melindre de las Escrituras; por el contrario, las representaciones de los antiguos mediterránidos son por lo común naturales y sin atisbo de complejos[5].

1,26 De la figura que está en la cúspide del cuadro dice Ezequiel que era “semejante a un hombre”, de lo cual se infiere que su concepción de Yahvé era antropomorfa, en efecto, bien al contrario del concepto que de los dioses tenían los antiguos paganos.

Sin ánimo exhaustivo, es oportuno presentar pasajes como el de la Odisea V 212-213 “pues de ninguna manera los mortales podrían competir con los inmortales en figura y en aspecto”, o como el de Jenófanes de Colofón, quien dijo que existe “un solo dios, el más grande entre hombres y dioses, ni por la figura ni por los pensamientos similar a los mortales”[6]; sin olvidar que los dioses olímpicos transfiguraban su imagen para presentarse a los mortales, dando a entender que su forma no era en absoluto semejante a la mortal (Ilíada XXI 285/ Odisea XX 30-33/ Odisea XVII 485-487 ó Himno V a Afrodita 80yss.).

1,28 Dice Ezequiel “oí la voz de uno que hablaba”, de modo que parece referirse a uno de los cuatrorostros (2,2). De ser así, Yahvé no sería solamente la figura que sobresale del cuadro (1,26), sino que la imagen del dios de Israel vendría a ser todo el insólito companage. No obstante, obsérvese que lejos queda de ser ésta una representación fidedigna del dios, a tenor de lo que Ezequiel dice que “esta era la apariencia de la imagen de la gloria de Yahvé”. Así pues, el inquisidor remite al distinguido leyente al dibujo e interpretación de la tremebunda escena.

2,6 Si ciertamente fuera uno de los querubines de cuatro rostros quien habla al profeta, en efecto, resultaría muy jocoso que le dijera de sus conciudadanos “no tengas miedo de su cara”.

2,9 Parece como si el profeta diera a entender que aprendió unos textos sagrados fuera del Pentateuco, de manera que sólo él fue partícipe de la revelación. En tal caso, lo cierto es que se situaría en una posición privilegiada respecto a los demás profetas[7].

3,5-6 Aparece un viso de lo que luego se expresará en el célebre proverbio “ningún profeta es bien recibido en su patria” (Lc.4,24)[8].

5,8-17 Todo este pasaje de siniestras amenazas, en las que Yahvé alude a su ira, furor e indignación, acaso invaliden el juramento que el terrible dios invocó a su pueblo enunciando “juro yo no enojarme contra ti ni amenazarte”. Cabe añadir, a modo de prevención ante las manipulaciones bibliólatras, que tal juramento se profirió a fuer de condicionantes, por lo cual la puesta a colación del voto no está en absoluto fuera de contexto (Is.54,9)[9].

6,12 Yahvé profiere amenazante que desfogará su ira, por más que ésta sea “propia de necios” (Eclo.7,9)[10].

7,3 Dice Yahvé a su pueblo “te pagaré según tus obras”, por más que antes se dijera que “no nos trata a la medida de nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras iniquidades” (Sal.103[Vg102],10)[11] o “no digas: «(…) le devolveré a cada uno según sus obras»” (Prov.24,29).

8,2 Si no es un error de transcripción, resulta extraña la interpolación que se hace de la imagen de Yahvé. En efecto, aun ser antropomorfa, como relatárase en 2,26-27, también se dice que “de cintura arriba era fuego, y de cintura abajo sera como un esplendor luminoso, como bronce brillante”, mientras que allende se describió que “de cintura arriba, era como el fulgor de un metal resplandeciente, y de cintura abajo, como el resplandor del fuego”, esto es, al revés uno del otro.

8,9-10 “Entra, me dijo, y mira las pésimas abominaciones que éstos hacen. Entré, miré, y vi toda suerte de imágenes de reptiles y bestias abominables y todos los ídolos de la casa de Israel pintados en la pared en derredor”. Quizá se refiera a que vio pintada la figura del monstruo que él admiró y describió, por cierto, al cual le puso el nombre de ‘gloria de Yahvé’. Sea como fuere, el hecho es que Ezequiel despreciaba el culto a los animales, del mismo modo, por cierto, que cualquier monoteísta atroz menosprecia la adoración a cualquier cosa menos a su propio dios. En fin, ¿acaso no ha sido la imposición de ese desprecio la que, en efecto, ha conducido al hombre a erigirse como una verdadera lacra para la vida?[12]

Acaso lo mejor sea dejar hablar a quienes de ello hicieron materia de estudio, como el amable Porfirio de Tiro, quien dijo que “a juicio de los hombres, los animales no parecen tener razón por su voracidad, pero los dioses y los hombres divinos, al igual que los suplicantes, los respetan. (…) Los helenos añadieron los cuernos de un carnero a la estatua de Zeus, y los de un toro a la de Dioniso, a Pan lo configuraron de hombre y cabra, a las Musas y a las Sirenas las dotaron de alas, e igualmente a la Victoria, a Iris, a Eros y a Hermes” (Porfirio Sobre la Abstinencia III 16,1-5).

9,5-7 En este repudiable acto no se aprecia misericordia alguna, puesto que dicha virtud se ejercita precisamente con los impíos que se cargan de culpas.

13,18y20-21 Es interesante comprobar los paralelismos que relacionan a los falsos profetas con los sofistas. En este versículo se llama a los falsos profetas ‘cazadores de almas’, tal y como se les llamó en Jer.5,26-27 y de semejante modo a como lo hace Platón en Sofista 223b. También el galileo conminó a Simón a ejercer el arte de “pescador de hombres” (Lc.5,10).

16,59 Dice Yahvé a Israel “voy a hacer yo contigo lo que conmigo hiciste tú”, aun cuando Prov.20,22 reza “no digas: «Devolveré mal por mal»”, y en Prov.24,29 se lee “no digas: «Como me ha tratado a mí le trataré yo a él, y le devolveré a cada uno según sus obras»”[13].

18,4 Dice Yahvé que “el alma que pecare, ésa perecerá”, a pesar de que “todo vive y permanece para siempre y en todo momento le obecede” (Eclo.42,24)[14].

De hecho, el dogma de la mortalidad del alma (Sab.1,11) evidencia el grave retraso de la doctrina bíblica, habida cuenta en otras latitudes la inmortalidad del alma se barruntó asaz y desde muy antiguo, de modo que ¿cómo podría morir aquello que se mueve a sí mismo?, o ¿cómo sostener que lo que es pueda dejar de ser? ¿A dónde iría? En fin, adviértase que en este cavernario e irracional culto apenas se considera matiz alguno entre el vivir ―propio del devenir― y el existir ―propio al ser―.

18,14-20 Esto mismo ya fue prescrito en Dt.24,16 y desobedecido por el furibundo profeta en Is.14,21, donde exclama “preparad un matadero para los hijos por la iniquidad de sus padres”, pretendiendo diseminar, una vez más, el temor más irracional posible.

18,27 Esta concepción del alma “y si el malvado se aparta de su iniquidad que cometió y hace lo que es recto y justo, hará vivir su propia alma”, en efecto, parece establecer una subordinación de ésta respecto del cuerpo, de modo que el cuerpo hace vivir al alma y no al revés. Con todo, acaso esta posición raye el ateísmo y linde la impiedad[15].

18,30 Yahvé conmina a su pueblo a la sentir contrición por los pecados cometidos, y advierte que “así no serán la causa de vuestra ruina”. No obstante, es difícil averiguar qué clase de ruina es dejar de existir (18,4), lo cual para el culto bíblico debe ser algo similar a dejar de percibir con los sentidos[16].

18,32 Yahvé parece sincerarse con su nación predilecta y clama “que no quiero yo la muerte del que muere”, de lo cual se desprende que Yahvé no es omnipotente y que existe alguna fuerza que sobrepasa su apetencia[17].

20,5 Dice Yahvé “el día en que yo elegí a Israel”, evidenciando que sí hace acepción (Eclo.35,15) y que no siempre es el mismo (Sal.102[Vg101],26-28 y Eclo.42,21), puesto que de ser así jamás mudaría de parecer. Por lo tanto, tampoco padecería ira o enojo de forma súbita, como se lee en 20,8y13y21. En fin, sea como fuere, lo cierto es que este pasaje (20,8-26) es una muestra de cuan tornadizo es el dios de Israel, fabulación teocrática sin cuento ni par.

20,33-34 El furibundo Yahvé proclama a su pueblo favorito “¡en efusión de ira he de reinar sobre vosotros!”, por más que la ira sea “propia de necios” (Ecl.7,9) y aunque como cualquier pasión violenta, ésta sea incompatible con el arte de gobernar. Por añadidura, es preciso apuntar que el esperpento regurgitado contradice aquel solemne y pacífico juramento “juro yo no enojarme contra ti ni amenazarte” (Is.54,9)[18].

20,44 La sentencia proferida por Yahvé “cuando haga con vosotros conforme al honor de mi nombre, no según vuestros malos caminos ni según vuestras perversas obras”, a fuer de inferir que el dios neglige o prevarica por su propio orgullo, también parece contradecir lo expresado por él mismo “echaré tus obras sobre ti” (7,4), “juzgándote según tus obras” (7,8)[19].

21,1ó45-22 En la apoteosis de la amenaza, Yahvé parece desestimar aquel afable compromiso “juro yo no enojarme contra ti ni amenazarte” (Is.54,9), así como invalidar las palabras de la muy artera y fingida Judit “no es Dios como un hombre que se mueve con amenazas” (Jt.8,16)[20].

24,13 La sentencia de Yahvé “yo he querido limpiarte, pero no te limpiaste” evidencia que el dios de Israel no es todopoderoso[21].

24,14 Dice Yahvé “no tendré piedad”, aun cuando se dijo del dios que “es eterna su piedad” (Sal.106[Vg105],1). Asimismo, dice Yahvé a Jerusalén que “según tus caminos y tus obras, así serás juzgada”, toda vez que en otra ocasión prometió juzgarla “no según vuestros malos caminos ni según vuestras perversas obras” (20,44)[22].

25,6-7 Aquí el dios Yahvé se desfoga en amenazas de extermino a su pueblo, todo ello fruto del rencor, por más que “el rencor y la cólera son detestables” (Eclo.27,33)[23].

25,14 Yahvé parece no haber leído aquel pasaje, que con prudencia reza “no digas: «Devolveré mal por mal»” (Prov.20,22), o aquel otro que aconseja no decir “como me ha tratado a mi le trataré yo a él, y le devolveré a cada uno según sus obras” (Prov.24,29)[24].

28,11-15 El pasaje no hace más que redundar en la condición humana del príncipe de Tiro, pues según el profeta éste creíase un dios (28,2).

29,13-16 La tremenda amenaza no llegó a ser profecía[25].

31,8-9 Esta es una desmesurada hipérbole, que deja de ser recurso estilístico para convertirse en vulgar exageración.

31,18 De aquí se infiere que “los árboles del Edén que había en el jardín de Dios” (31,9) eran mortales[26].

32,3-15 Acaso fuera vanidad lo declamado en Jt.8,16 “no es Dios como un hombre que se mueve con amenazas”, toda vez que no se refería al dios Yahvé de Israel, lóbrega entelequia sin par ni parangón, sino al auténtico dios.

32,19 Si el ‘seol’ es el lúgubre destino de los finados incircuncisos, cabría averiguar dónde se recluyen los circuncisos que fallecieron, puesto que el paraíso debía acontecer al final de los tiempos y en la propia tierra (34,23-31).

32,19,21,24-26,28-30y32 En efecto, el prepucio es para el varón lo que el himen supone para la mujer, a saber, testamento de virginidad. Así pues el varón, a diferencia de la mujer, ha sido dotado por los dioses inmortales con la virginidad perpetua ―el prepucio es prueba de ello― sin menoscabo de ejercer la cópula. Sin embargo, por afectación o impiedad, ciertos pueblos como el judío y otros, circuncidan los prepucios de sus neonatos y los desfloran, ¡oh calamidad!, convencidos de dar cumplimiento a un pacto establecido con su dios (Gén.17,10-14). Por ello les sucede que, aun perseguir bienes sólo hallan ruina, y, en efecto, añaden males sobre males.

33,11 La pregunta retórica parece ser abusiva para un dios, pues de ser éste omnisciente jamás proferiría “¿por qué os empeñáis en morir, casa de Israel?”. Así es como Yahvé aparece impotente ante las conductas de su pueblo. ¡Enfermar para creer![27]

33,20 Dice Yahvé “yo os juzgaré (…), a cada uno conforme a sus caminos”; no obstante, antes dijo al respecto que serían juzgados “no según vuestros malos caminos” (20,44)[28].

33,32-33 Este pasaje es un hermoso símil que manifiesta la relación entre el músico y el profeta.

34,10 Como oposición al demagógico pasaje, véase Jenofonte Ciropedia I 2. Con todo, las palabras son propias de un tirano que, tras provocar una revuelta popular, anhela encaramarse al trono de la teocracia.

34,28-31 El pasaje es gregario, por más que desee ser servicial. Otrosí omite por completo el ‘libre albedrío’, el cual resulta imprescindible a fin de adquirir sabiduría.

35,11 Yahvé amenaza al pueblo de Edom tal que “te trataré conforme a tu ira y al furor con que en tu odio los trataste (a la gente de Israel)”, aun cuando Prov.20,22 reza “no digas: devolveré mal por mal” y en Prov.24,29 se lee “no digas: como me ha tratado a mí le trataré yo a él, y le devolveré a cada uno según sus obras”[29].

40,41-43 Acaso este ajuar resulte innecesario, habida cuenta lo expresado por Yahvé en Is.1,11-16. Asimismo, los verdaderos creyentes en el auténtico dios desprecian los sacrificios animales. En efecto, Empédocles de Agrigento deja escrito en relación con tan réprobos crímenes “¿no cesaréis este estrepitoso asesinato? ¿No veis que os devoráis unos a otros con necedad de espíritu?” (Empédocles BCG frag.464). También los pitagóricos decían de quien así actuaba que “levantando a su hijo lo degüella haciendo una plegaria, el gran insensato…” (Empédocles BCG frag.463), de modo que no hacían distinción entre matar a un carnero o asesinar a su propio hijo[30].

41,17-20y25 Las representaciones de los querubines en grabados acaso contravengan el segundo mandamiento (5,8).

43,7 Este es un ejemplo evidente del teonacionalismo que obceca las mentes más angostas.

43,18-27 La disposición para el ejercicio de las neomenías parece omitir lo expresado anteriormente “no te complaces tú (Yahvé) en el sacrificio y la ofrenda; (…) no pides ni holocausto ni sacrificio expiatorio” (Sal.40[Vg39],7), de modo que lo contradice con supina insolencia[31].

45,1 Se reduce la extensión de la tierra prometida, que otrora se antojaba de unas portentosas dimensiones[32].

45,4-5 Aquí se postula que a los sacerdotes levitas se les debe dar casi toda la extensión de la tierra[33] (45,1) como “ciudad de habitación”, aun cuando más arriba Yahvé prescribió solemnemente “no les daréis posesión en Israel; pues su posesión seré yo” (44,28)[34].

48,9 Aquí se lee que la porción de Yahvé será de “veinticinco mil codos de largo y diez mil de ancho”, por más que en 45,1 se dijo que el territorio de Yahvé mediría “veinticinco mil codos de largo y veinte mil de ancho”, esto es, la magnitud de la tierra para los sumos sacerdotes y el tabernáculo.

Considerando que un codo equivale a medio metro aproximadamente, la tierra definida en este versículo sería de 12,5 km de largo por 5 km de ancho, esto es una superficie de 62,5 km². Por otro lado, la tierra definida en el versículo 45,1 mediría 12,5 km de largo por 10 km de ancho, esto es una superficie de 125 km². Contabilizando la superficie de la porción de Yahvé (125 km²), más la superficie de la tierra reservada a los levitas (125 km²), más la tierra cedida a los profanos de la ciudad (31,250 km²), el total de la superficie de la tierra prometida sería de 281,250 km². No obstante, en la actualidad el territorio cedido a Israel por la ONU es de 20.255 km².

Fuente: Inquisición a la Biblia, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2006).

[1]     Ver en el mismo sentido 2,13/ 2,20 y 4,9.

[2]     Ver Is.37,17.

[3]     De este nombre surgiría el de ‘querubín’.

[4]     Ver 10,1-22 y Dan.3,54.

[5]     Véase al respecto del melindre Is.6,2, donde los serafines se cubren incluso el rostro.

[6]     Clemente de Alejandría Stromateis V 109.

[7]     En fin, no dejaría de ser una estrategia más para desbancar a otros profetas y perpetuarse en el poder de la teocracia. Véase enmienda a Is.39,8.

[8]     Popularmente citado tal que ‘nadie es profeta en su tierra’.

[9]     Ver 13,13-16 y 14,8-9.

[10]    Ver 7,3/ 7,8/ 7,14/ 7,19/ 8,18/ 9,8/ 13,13y15/ 14,19/ 16,42-43/ 30,15/ 36,5-6 ó 36,18.

[11]    Véase 7,8/ 7,27 y 9,10.

[12]    De hecho, tamaña calamidad fue debida a la obediencia de lo que dispuso Yahvé a Noé: “procread y multiplicaos y llenad la tierra; que os teman y de vosotros se espanten todas las fieras de la tierra, y todos los ganados, y todas las aves del cielo; todo cuanto sobre la tierra se arrastra y todos los peces del mar, los pongo todos en vuestro poder. Cuanto vive y se mueve os servirá de comida” (Gén.9,1-3).

[13]    Ver 20,44/ 24,14 y 36,19.

[14]    Ver 18,13 y 18,28. Por ende, no está de más escuchar lo que al respecto dice Platón, pues dice que dijo el dios a las almas: “no sois en absoluto ni inmortales ni indisolubles porque habéis nacido y por las causas que os han dado nacimiento; sin embargo, no seréis destruidos ni tendréis un destino mortal, porque habéis obtenido en suerte el vínculo de mi decisión, aún mayor y más poderoso que aquellos con los que fuisteis atados cuando nacisteis” (Timeo 41b).

[15]    Ver 22,25y27.

[16]    Fue Sócrates quien dijo: “si es una ausencia de sensación y un sueño, como cuando se duerme sin soñar, la muerte sería una ganancia maravillosa (…), pues la totalidad del tiempo no resulta ser más que una sola noche” (Platón Apología 40c-d). Por supuesto que Sócrates creía que la muerte no era eso, sino el paso a otra realidad donde los jueces Minos y Radamantis ―aquél para las almas de Europa, éste para las de Asia― dictarán la sentencia que haga corregir al impío y premie al hombre de bien.

[17]    Acaso sea el deber, trono de la muy poderosa Adrastea. Sea como fuere, véase 24,13 y enmienda.

[18]    Acaso no huelgue ver los versículos siguientes al enmendado.

[19]    Ver además 33,20/ 39,24 y Zac.1,6.

[20]    Véase 21,36-37/ 22,15-22 y 22,31, donde las amenazas estallan entre la ira y el furor.

[21]    Ver 18,32 y enmienda.

[22]    Véase enmienda correlativa y Prov.24,29: “no digas: «(…) le devolveré a cada uno según sus obras»”.

[23]    Ver Gén.3,15 y Lev.19,18.

[24]    Ver 25,17.

[25]    Véase 30,23y26.

[26]    Ver 31,14.

[27]    Véase Os.8,5 y enmienda.

[28]    Ver 36,19.

[29]    Ver enmienda a 16,59 así como 35,15 y 43,8.

[30]    Véase 42,13/ 43,18/ 45,15-25yss./ Os.8,13 y Am.5,21-22.

[31]    Ver Jt.16,19/ 45,15-25yss. y Os.6,6 y enmienda.

[32]    Al respecto véase Gén.15,18-21/ Jos.1,4/ Jos.23,14-15 y enmiendas correlativas.

[33]    En concreto, casi nueve partes de diez.

[34]    Ver repetición en 48,10y13.