La creación no ha terminado...

Historia y Cultura

INQUISICIÓN A LA BIBLIA: ECLESIASTÉS

ECLESIASTÉS O PREDICADOR

De lo mundano y de la vida fruslera del ateo

1,3 La duda es impía[1].

1,8-11 Según el inquisidor, éste es un correcto discurrir.

1,14-15 Pensamiento fatalista y profano, puesto que omite la teofanía y la noble acción de la virtud[2].

1,16 El autor se arroga sabiduría, toda vez que los propios Textos censuran su jactancia.

Así es, en Prov.26,12 se puede leer “¿Has visto a uno que se cree sabio? Más puedes esperar del necio que de él”[3]. En el mismo sentido cabe mencionar a Píndaro, quien pregunta “¿por qué cree que es sabiduría esa pizca en la que un hombre es superior a otro? Pues no es posible que con humana mente inquiera los designios de los dioses quien de mortal madre nació” (Peán XII frag.61).

1,18 Pensamiento perezoso e incoherente, porque la adquisición de la auténtica ciencia, en todo caso, sólo reportaría dichas, goces, templanza, pero jamás lo contrario. Por ende, cabría decir que no hay ocupación más satisfactoria que la de adquirir conocimiento.

2,2 “La alegría: ‘¿De qué sirve?’”. En efecto, es posible que la alegría no sirva de mucho; ahora bien, el hagiógrafo parece olvidar que la alegría es más una consecuencia que una causa, y en cierta medida todo sirve para algo y nada hay que sea inútil[4].

2,9 “Conservando mi sabiduría”, dice el Cohelet. Ahora bien, su poca discreción es reprendida por las propias Escrituras en Prov.26,12[5].

2,11 “No hay provecho alguno debajo del sol” es una sentencia pesimista, decadente y fatalista, propia de la estulticia atea[6].

2,15-16 El pasaje es materialista, y por ende es impío. El autor desconsidera toda trascendencia, pero los más cervigudos bíblicos pretenden ver aquí la palabra del dios[7].

No obstante y con todo, la actitud del Cohelet resulta instructiva para comprender el primitivo y desesperado proceder ateo, por bien que puede ser éste el objetivo más plausible del libro. Sea como fuere, entiéndase en tal modo a fin de obtener un mayor provecho del mismo[8].

2,24-26 Al parecer con cierta ironía, el Cohelet parece evidenciar la frívola y bajuna moral del pensamiento hedonista, que a tenor de la fecha de composición del libro debían encarnar los epicúreos.

Sin embargo, véase 5,17-19, donde el hagiógrafo extiende su supuesto sarcasmo hasta el extremo de no parecer ya sagaz ironía, sino franca convicción[9].

3,1-8 El Cohelet parece befarse de la baja moral y la inconsistencia de la actitud relativista: esa ambigüedad milenaria que campea indolente entre la muchedumbre[10].

El pasaje es fatalista, y queda lejos del mensaje idealista que cabría esperar de un buen creyente. Porque es cierto que hay “tiempo de matar”, pero en realidad no debería haberlo fuera del estrictamente necesario; cierto tambien que hay “tiempo de destruir” empero, en lo posible, valdría más empeñar esfuerzos por contruir. Asimismo, es verdad que hay “tiempo de llorar y tiempo de reír”, pero mejor es eludir tanto lo uno como lo otro (2,2); por ende, hay “tiempo de lamentarse”, toda vez que el hombre de bien lo mengua hasta la medida justa y necesaria como para convertirlo en denuncia o revelación; también es verdad que hay “tiempo de aborrecer”, pero el hombre bueno procura mejorar lo aborrecible y no cruzarse de brazos. Finalmente, cierto es que hay “tiempo de guerra”, pero quien ama al dios trabaja para que la paz sea suficiente y la guerra sea lo más noble posible[11]. En fin, todo ello es así porque del modo más bello posible “el Tiempo es el mejor salvador de los hombres justos” (Píndaro frag.159).

3,11 Bellas palabras.

3,12-13 Acaso este pasaje recuerde al muy berroqueño refrán castizo ‘de esta vida sacarás panzas llenas, nada más’[12].

3,14 “Cuanto hace Dios es permanente y nada se le puede añadir, nada quitar, y hace así Dios que se le tema”. El pasaje es correcto, según el inquisidor, salvo en el mal uso del temor, que se convierte en el paradigma de la manipulación lingüística, en pesado lastre del cual aún no se sustraen los más cervigudos bíblicos de antojo y cerrojo.

3,15 Es decir, que el dios ordena el devenir de la creación mediante ciclos, de modo tal que lo finido no desaparezca sino que vuelva a generarse.

De hecho, este es un noble concepto que justifica la naturaleza de la reencarnación, habida cuenta el devenir no es lineal, sino completamente cíclico.

3,16-17 Glosa que refrenda en gran medida lo referido en 3,1-8 y, al mismo tiempo, exonera la enmienda correlativa.

3,18-20y22 Pasaje profundamente impío. Tal vez el propósito del hagiógrafo fuera evidenciar cuan funesta y despreciable es la vida del ateo; sin embargo, no todos los leyentes de las Escrituras considerarán esta exégesis, que por cierto el inquisidor considera del  mayor provecho[13].

3,21 Duda razonable, porque un humano protervo puede cargarse de muchas más culpas que una bestia mansa y prácticamente inocente[14].

4,2-3 “Y proclamé dichosos a los muertos que se fueron más dichosos que los vivos que viven todavía y más dichosos aún los que nunca vivieron y no vieron lo malo que debajo del sol se hace”. Aunque parezca una sentencia misántropa, debe entenderse como piadosa en todo punto y condición, si bien quien lo proclama debe contemplar la existencia más allá de la vida mundana. En este sentido también se expresó el poeta, cuando a instancias de Hesíodo proclamó que “primero no nacer es lo mejor para los que habitan sobre la tierra; pero si no obstante se nació, traspasar cuanto antes las puertas del Hades” (Certamen 75-80).

4,9-12 Agradable encomio de la ‘compañía’, preludio de toda amistad.

4,13 Certeras palabras que no prejuzgan a la persona por razón de su edad, sino solamente por su conducta[15].

Son compatible con Lev.19,32/ Prov.16,31 y Prov.20,29, porque si el joven es sabio en su mocedad, ¡cuánto más lo será al envejecer piadosamente!

5,1 Palabras encomiosas a la eubolia, discreta virtud que limpia la boca.

5,6 Uso procaz del término ‘temor’, cuando el contexto reclama la alusión de virtudes como el respeto, el pudor, el amor, la pudicia, la conmiseración o la contricción, la cautela, la humildad, la piedad o la reverencia, etcétera.

En efecto, la utilización del término es pérfida, pues se pretende que el feligrés rinda culto al dios a través de un temor irracional. De hecho, es irracional porque no es razonable sentir temor de algo que siempre es bondadoso, amén de que incluso el castigo del dios es un bien para los mortales. Sea como fuere, el temor sólo sería comprensible respecto a los daños circunstanciales que el castigo pudiera conllevar, pero nunca podría ser aceptable ni piadoso el temor al dios mismo[16].

5,7-8 Al juicio del inquisidor, el Cohelet pretende elogiar el modelo de gobierno monárquico, que resulta ordenado y de cúspide bien visible. A decir verdad, la monarquia es bien distinta a otros modelos de gobierno, mucho más ambiguos, donde muchos mandan pero nadie se hace responsable de los atropellos e injusticias.

En este bello sentido debe hablar Odiseo a los reyes panaqueos, cuando les espeta: “de ninguna manera seremos reyes aquí todos los aqueos. No es bueno el caudillaje de muchos; sea uno solo el caudillo, uno solo el rey” (Ilíada II 203-205).

5,10 La interpretación de los doctores Nácar-Colunga (1968) parece ser arbitraria. El autor del libro no observa las ventajas del rico, sino precisamente la futilidad de su aparente riqueza[17].

5,14 “Nada podrá tomar de sus fatigas”. Nada que sea material, cabría entender, puesto que “por fatigas nos venden los dioses todo bien” (Jenofonte Memorias de Sócrates II 1,20). Si el hagiógrafo omitió este matiz, en efecto, constituiría una impiedad más de tantas que se contabilizan en el presente libro.

5,17-19 Véase al respecto 2,24-26 y enmienda relativa. De hecho, parece ser que en el acervo del credo judaico convivían antaño ―como en cierta medida sucede hogaño―, diversas sectas que podrían dar cabida a hedonistas, escépticos, cínicos y demás, a fuer de los tres movimientos más generales, esto es, fariseos, saduceos y esenios (Flavio Josefo Antigüedades Judías XVIII 1,2-5).

6,7 Recuérdese el burdo y palurdo refrán ‘de esta vida sacarás panzas llenas, nada más’[18].

7,1 El Cohelet dice “mejor el día de la muerte que el del nacimiento”, lo cual a juicio del inquisidor es un cierto axioma.

Tal vez el autor acierta aún desconocer el por qué, esto es, que el dios estableció leyes para que todo mortal muera mejor de lo que nació, a fin de que su vida se parezca cada vez más a su existencia[19].

7,2 Parece que el Cohelet detesta la reflexión. Ahora bien, ¿no la detestan también los haraganes y los relativistas de floripondio petaláceo? Entonces, ¿por qué parecerse a ellos?

7,3 A juicio del inquisidor, la risa no anula la tristeza, es más, como muy bien se afirmara en Prov.14,13 “aun en la risa hay aflicción de corazón”. Por lo tanto, el inquisidor ve desestimables tanto la risa, que “es locura” (2,2), como la tristeza, habida cuenta ambas son perturbaciones que distraen la atención del alma, y la aherrojan más y más en la gravidez de la mortal carne.

7,4 Versículo pesimista y melancólico, muy propio del culto monoteísta y mitómano, así como de sus aledaños y pedanías. Quienes profesan semejante culto viven siempre anhelantes por descurbrir la gloria; por cierto, la misma que les rodea por doquier y que no perciben.

7,5 Sentencia cierta y que revela una profunda comprensión al respecto de una curiosa realidad[20].

7,8 “Mejor es el fin de una cosa que su principio”. Acaso sea cierto en el sentido de que tal cosa siempre mejora, por cuanto está sujeta al devenir. Ahora bien, lo divino, sin principio ni fin, es ya perfecto y mora sobre el devenir de incesantes cambios[21].

Con todo, debe contemplarse la opción contraria y escuchar a los hombres sensatos que dicen “que en el universo, en la vida, en las ciudades y en la naturaleza es más estimado lo que precede en el tiempo que lo que sigue, como, por ejemplo, lo es más el levante que el poniente, el amanecer más que el atardecer, el principio más que el fin, la creación más que la destrucción y, de un modo semejante también, los autóctonos más que los foráneos y los fundadores en las ciudades, y en general, los dioses más que los démones, y éstos más que los semidioses, y los héroes más que los hombres, y entre éstos sin más estimados los progenitores que los descendientes” (Jámblico Vida Pitagórica VIII 37).

7,9 Justa reprensión a la ira.

7,10 Parece obvio, habida cuenta quien pregunta es porque no sabe; por ende, el sabio no pregunta porque ya sabe la respuesta[22]. Aun y con todo, el inquisidor no ve reprensible considerar semejante cuestión en los casos en los que, en efecto, el tiempo pasado fue mejor.

El discreto leyente debería contemplar la posibilidad de que, en el transcurso de los diversos ciclos de generación, la evolución histórica sea de mayor provecho espiritual o de provecho material. En efecto, a diferencia de lo que existe, el devenir debe tratarse mediante conceptos relativos y temporales.

7,11 Parece que el autor realiza una adoración al sol, habida cuenta lo compara con el iluminador conocimiento.

7,13 Versículo impío, derrotista y servil a un mismo tiempo. ¿Por qué el dios iba a torcer algo interviniendo de forma directa, cuando para ello están las pasiones perturbadoras? ¿Acaso el dios no se dedica a enderezar a los mortales? ¿No es el ser humano quien, merced a los dones de los dioses, también se endereza a sí mismo y al prójimo? ¿No es esa actividad precisamente lo que une a los hombres al fúlgido dios? ¿No es todo ello el fin último del devenir de los míseros mortales?[23]

7,14 Acaso también sea bueno reflexionar el día en que uno goza del bien ofrecido por el dios. Asimismo, arduo y penoso resulta reflexionar con claridad cuando sobreviene la desgracia. ¡Zeus instruya con suavidad!

A decir verdad, es cierto que el humano nada sabe del porvenir, porque “no es sencillo entender los designios de los dioses eternos por más sabedor que se sea” (Ilíada XXIII 81-82), y “de Zeus no viene a los hombres claro signo” (Píndaro Nemea XI 43-44).

7,16 El demasiado justo es injusto y el demasiado sabio es ignorante, si bien semejantes virtudes carecen de exceso o defecto y exceso coinciden.

Sea como fuere, la sentencia pretende advertir acerca de la inconveniencias de pruritos y comezones similares. En este sentido se expresa Píndaro, cuando advierte “¡no te esfuerces en llegar a ser Zeus! Lo tienes todo si te alcanzare la parte de estos bienes ser feliz con justicia y escuchar el noble elogio. A los mortales conviene lo mortal” (Ístmica V 14-16).

7,18 Funesto empleo del temor, sentimiento que encoje el espíritu y ofusca la razón[24].

7,23 El predicador confiesa “la sabiduría está lejos de mí”, toda vez que en 1,16 se ve “crecido en sabiduría” y se vanagloria de que en su mente hay “mucha ciencia y sabiduría”. En el mismo sentido, también admite que fue grande por el hecho de conservar su sabiduría (2,9)[25]. Con todo cabría suponer que aquí el predicador reconoce haberla perdido súbitamente.

7,26 Acaso esta advertencia pueda parecer misógina, pero a fuer de complejos modernistas también puede ser acertada, en el bien entendido que la mujer posee ciertas particularidades que la hacen mujer.

En efecto, la atracción instintiva entre los dos sexos parece ser más aguda en el hombre, habida cuenta motivos biológicos de insondable antigüedad. Es por ello que el hombre debe guardarse de participar de la generación sin ser necesaria.

7,28-29 Sentencia absoluta en medio de un contexto que reclama una mayor ponderación. De hecho, es preciso recordar que la mujer fue creada por Elhoím para que el varón dispusiera de una “ayuda semejante a él” (Gén.2,20), toda vez que ésta le arrastró hacia el pecado en la primera tentación que se le presentó (Gén.3,6). En fin, la mujer bíblica: ¡brava es ayudando al hombre!

8,15 Pasaje hedonista que postula renunciar al íntimo compromiso entre semejantes[26].

8,17 “Y aun cuando dijere el sabio que sabe, nada llega a saber” puede ser un refrán muy efectista, ahora bien, no cumple ningún rigor de lógica ni de sentido común. A decir verdad, quien se llama sabio debe saber por lo menos una cosa[27]; por el contrario, quien nada llega a saber ni puede ser sabio y por consiguiente no se le debe llamar con tal palabra.

Tal vez la intención del Cohelet fuera la de expresar que no hay sabio nacido de vientre. De ser así el inquisidor no objetaría nada, pues sabios sólo son los dioses.

9,1 Si el dios castiga ¿no será porque rectifica los errores del modo más bello? ¿Acaso no es ello el verdadero amor? ¿Cómo el dios iba a odiar a un mortal? ¿Por qué no iba a ser blasfemia tan sólo argüirlo?

9,2  “Una misma es la suerte que corren el justo y el impío, el bueno y el malo, el puro y el impuro, el que sacrifica y el que no ofrece sacrificios; como el hombre de bien, el malechor; como el que jura, el que teme el juramento”. Tal es el efecto que resulta por no ver más allá del velo de Isis; sin embargo, el buen creyente procura escudriñar a trasluz, de modo que intuye e interpreta las tenues sombras del otro lado del velo.

En el mismo sentido debe leerse al Pelida Aquiles, cuando lamenta que “igual lote consiguen el inactivo y el que pelea con denuedo. La misma honra obtienen tanto el cobarde como el valeroso. Igual muere el holgazán que el autor de numerosas hazañas” (Ilíada IX 318-320).

9,6 Versículo acertado si se suprime la palabra ‘amor’ y en el bien entendido que lo finido es la vida terrenal.

10,6-7 “Es puesto el inepto en muchos puestos elevados y los aptos se sientan abajo. He visto al siervo a caballo y a los príncipes ir a pie como siervos”. En fin, verdad tan lamentosa como incontestable.

10,13 En este caso el final es mucho peor que el principio, a diferencia de lo aseverado por el predicador en términos absolutos (7,8)[28].

10,15 “El trabajo al necio le fatiga, pues no sabe ni por donde ir a la ciudad”. Correcta estimación del trabajo[29].

En sentido similar se expresa Melantio, cuando dice de alguien que “sabe tan sólo de viles oficios, seguro que rehúsa el trabajo” (Odisea XVII 226-227).

10,17 “¡Dichoso tú, país que tienes por rey a un hombre noble y cuyos gobernantes comen a su tiempo para refección, y no por francachelas!”. Téngase en cuenta para gobiernos de hoy y de mañana.

11,2 A decir verdad, el virtuoso no da de lo suyo por temor al mal, sino que lo hace por amor al bien y a los eternos dioses. No obstante, acaso semejante conducta sea difícil de comprender para los cervigudos bíblicos de freno y heno.

11,5 Pasaje que aprueba de un modo tácito la preexistencia del alma.

12,6-7 Maravilloso pasaje que revela, mediante símbolos, conocimientos de ultratumba procedentes del antiguo Oriente.

12,12 El Cohelet pretende así que su valioso libro sea el último y definitivo, pero en realidad lo que hace es despreciar, ajeno a toda justicia, toda obra que sea posterior a la suya.

12,14 Acierta el predicador al advertir que “Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena, sea mala”.

Fuente: Inquisición a la Biblia, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2006).

[1]     Ver 6,8.

[2]     Véase 2,11.

[3]     Asimismo, véase 2,9 y una sentencia que lo contradice en 7,23.

[4]     No obstante, véase pasaje contradicctorio en 8,15.

[5]     Al respecto, véase 1,16 y contradicción en 7,23 así como sus respectivas enmiendas.

[6]     Véase 1,14-15.

[7]     Ver 9,5 y 9,10.

[8]     Ver 3,18-20.

[9]     Ver 8,15.

[10]    Ver 6,12.

[11]    Véase justificación del pasaje en 3,17.

[12]    En el mismo sentido véase 6,7.

[13]    Ver 2,15-16.

[14]    Ver 106(Vg105),20 y enmienda correspondiente. Tal vez también en este sentido el propio Zeus dijera que “nada hay sin duda más mísero que el hombre de todo cuanto camina y respira sobre la tierra” (Ilíada XVII 446-447).

[15]    En este sentido cabría escuchar a Píndaro cuando dice que Damófilo era “entre jóvenes un joven, pero en consejos un anciano que alcanzara cien años de vida” (Pítica IV 281-282). Asimismo, véase Pítica V 110-111.

[16]    En efecto, “son cobardes los que temen incluso lo que no es peligroso” (Jenofonte Memorias de Sócrates IV 6,10).

[17]    Véase escolio a 5,9 de la edición Bover S.I.-Cantera (1947) y los versículos siguientes de los Textos, que parecen conformes a la posición adoptada por el inquisidor.

[18]    En el mismo sentido véase 3,12-13.

[19]    Todo ello debe entenderse tal y como se aconsejó en la enmienda a 4,2-3. Ver Certamen 75-80.

[20]    En el mismo sentido léase Prov.9,7-9/ Prov.10,8/ Prov.17,10/ Prov.19,20 y Prov.21,11.

[21]    No obstante, véase contradicción en 10,13.

[22]    Sin embargo, debe tomarse en consideración los complejos mecanismos del método mayéutico.

[23]    Al respecto véase enmienda a Eclo.15,14.

[24]    Al hilo de tal tenor véase 8,12-13 y 12,13.

[25]    Véase además 9,13.

[26]    Véase 2,24-26 y comprobar contradicción al respecto en 2,2.

[27]    Al respecto consúltese Jenofonte Memorias de Sócrates IV 6,7.

[28]    Véase enmienda correlativa.

[29]    Sin embargo, con relación a lo de no saber ir a la ciudad, Sócrates decía que los auténticos filósofos “desconocen desde su juventud el camino que conduce al ágora y no saben dónde están los tribunales ni el consejo ni ningún otro de los lugares públicos de reunión que existen en las ciudades” (Platón Teeteto 173 c-d).