La creación no ha terminado...

Historia y Cultura

INQUISICIÓN A LA BIBLIA: JOB

JOB

De la integridad de la fe ante las adversidades y del piadoso bien hablar

1,1 “Job, hombre íntegro y recto, temeroso de Dios”. A decir verdad, si una persona teme aquello que debería amar no puede ser íntegra ni recta. En fin, la traducción piadosa se leería interpolando ‘temeroso’ por ‘respetuoso’.

Adviértase que el rigor en el hablar es la antesala a la rectitud en el obrar. ¿Acaso no es la boca por donde el hombre adquiere más onerosas culpas?

1,4-5 Cabría recordar que en Jt.16,19 la misma protagonista de relato, en su solemne cántico final dice: “porque es poco para ti el sacrificio de suave olor y es nada toda la grasa para tus holocaustos”. Más adelante, en Sal.40(Vg49),7 se puede leer cómo dice al dios: “no te complaces tú en el sacrificio y la ofrenda; (…) no pides ni holocausto ni sacrificio expiatorio”. Asimismo, en Sal.51(Vg50),18 dice el hagiógrafo “si te ofreciera un holocausto, no lo aceptarías”. No obstante y con todo, aquí Job ofrenda holocaustos con la convicción de que servirán para que el dios expie a sus hijos los pecados de los que eventualmente pudieran ser culpables, aun y cuando se dice también en los Textos que “Dios (…) no hace acepción de personas ni recibe regalos” (Dt.10,17).

1,5 ¡Oh, calamidad!, se lee en la edición de los doctores Bover S.I.-Cantera las siguientes palabras de Job: “tal vez mis hijos hayan pecado y ofendido a Elohim en su corazón”, toda vez que parece imposible ofender al dios así como impiedad tan solo creerlo. Asimismo, los eminentes Nácar-Colunga se atreven a transcribir aquí tamaña irreverencia: “no sea que hayan pecado mis hijos y hayan maldecido a Dios en su corazón”. En definitiva, lo cierto es que el pensamiento de Job podría difícilmente ser más impío.

En efecto, es posible maldecir del dios, como de hecho hacen las Escrituras a menudo, pero no es en absoluto posible maldecir al dios. Además, el enjuto y patiestevado inquisidor advierte que el pasaje cita el verbo ‘bendecir’, cuyo empleo, interpretado con rigor, también sería constituyente de error teológico, puesto que la bendición sólo es posible de un ser puro a otro ser no tan puro[1].

1,6-7 Parece manifiesto que el pasaje posse un marcado carácte politeista, sin embargo, debido al seco talento del autor y a su reprimido concepto de la divinidad, no es capaz o no se atreve a caracterizar a estos “hijos de Dios” o “hijos de Elohim” como dioses menores que son.

Con todo, la adustez y pobreza tanto de estilo como de concepto no quita que el pasaje tenga visos politeistas[2]. Además, aparece por primera vez Satán, que representa la esencia del mal despojada al fin de cualquier disfraz (Gén.3,1yss.). Ahora bien, ¿cómo sostener que Satán es una esencia ordenada sin caer en el error? Si el mal es desorden, al contrario que el bien, ¿de qué modo podría estar configurado como esencia o como algo en sí? ¿Acaso no será todo lo contrario, esto es, desorden e impropiedad? Además, ¿no es impío considerar siquiera que Satán, acompañado de los ángeles, pueda presentarse ante Elohim? Si el humano muere sólo contemplar la faz del dios (Éx.33,20), ¿qué decir si lo hace el propio mal? ¿Cómo podrían estar tan cerca naturalezas tan dispares entre sí?[3] Por último, ¿no es cierto que el mal en sí debería ser incapaz de hacer siquiera una buena obra? Entonces, ¿parece poca bondad dialogar con el dios? Sea como fuere, y para concluir la presente enmienda, el inquisidor aventura que este episodio forma parte del ideario maquineísta del credo bíblico: simple y primitivo, pero adecuado a las muchas mentes del mismo jaez. ¡Oh, ingentes pobladores de la fértil tierra! ¡Pertinaz miríada! ¡Férreo lastre de la excelencia!

1,7 La pregunta que el dios presuntamente omnisciente refiere a Satán “¿De dónde vienes?” se circunscribe a la fabulosa retórica tan utilizada por los hagiógrafos[4].

1,13-19 El hecho relatado, aunque dentro de un contexto alegórico, carece de toda prudencia argumental. La impericia del hagiógrafo queda patente por la inverosímil cadencia de los desastres acaecidos a Job.

1,21 “¡Bendito sea el nombre de Yahvé”. Según el criterio del inquisidor, criado cara el anchuroso piélago, la alabanza o adoración a un nombre y no a lo que éste representa, constituye en sí mismo un acto de iconolatría, que en todo caso debería llamarse ‘teonimolatría’, esto es, la adoración a un presunto nombre del dios.

2,3 Profiere Yahvé a Satán: “me incitaste contra él (Job) para que sin razón lo arruinara”. Pero bueno, ¿cómo afirmar que el dios es movido por el mal sin cometer blasfemia? ¿Cómo sugerir que el dios actúa ‘sin razón o ‘en vano’ sin caer en la impiedad?

2,9 Muy sabio no debería ser Job, si en efecto se ajuntó con una mujer que le incitaba a maldecir al dios.

No obstante, y como sucede en 1,5, el texto original reza ‘bendecir’, aunque según parece la mujer habló con absoluta ironía.

2,10 La sentencia de Job coincide con el tema central del libro y el concepto reviste cierta importancia teológica. Según el inquisidor todo proviene del dios, y nada que no provenga de él existe. Ahora bien, cuesta afirmar que provengan del dios otra cosa que bienes, por lo que se resiste a afirmar que el mal exista. En tal caso, tal vez los males son sólo apariencias temporales, ya que en realidad el bien es siempre victorioso por necesidad.

En definitiva, el inquisidor se muestra en sintonía con lo expresado por Elifaz, amigo reprochante de Job, en sus declamaciones de 4,8 y 5,7.

3,25 Es decir, el dios. Así por lo menos se desprende de 1,1/ 1,8 y 2,3.

5,2 Parece apropiado relacionar la cólera y el enojo con el hombre insensato y el necio; no obstante, las Escrituras, en su habitual doble moral y lengua bífeda, a menudo asocian estos viles conceptos a la naturaleza del dios.

5,7 “Pues es el hombre quien engendra la desventura” dice Elifaz, contradiciendo a su amigo Job en lo expresado en 2,10[5].

En el mismo sentido hay que oír a Zeus máximo decir que “es de ver cómo inculpan los hombres sin tregua a los dioses achacándolos todos sus males. Y son ellos mismos los que traen por sus propias locuras su exceso de penas” (Odisea I 32-34).

5,11 “Hace prosperar a los afligidos”. Prevéngase el poco avisado lector de tomar la sentencia como cierta. La aflicción es un defecto que padece el alma, y como tal, sólo provoca desdichas, aunque de éstas al fin y al cabo también se aprenda.

5,23 “Harás alianza con las piedras del campo y paces con las fieras salvajes”. Esta consideración contrasta con los desprecios que, a menudo, se manifiestan en los Textos referente a algunos cultos paganos, que ven al dios glorificado en su creación y como parte de la teofanía[6].

6,4 “Las saetas del Omnipotente cuyo veneno bebe mi espíritu”. Job, de bien seguro se refiere a un veneno sanador, y si bien la metáfora es poco ortodoxa no deja de ser aceptable. Ahora bien, la sentencia “los terrores de Dios” es maldiciente e indigna de justificación. Aplíquense al respecto las sabias palabras de Elifaz (4,8/ 4,17-18 y 5,7).

6,26 Job clama “¿Pretendéis censurar las palabras, siendo puro viento los dichos del desesperado?”, lo cual es cierto, y entonces el inquisidor se plantea abandonar la obra pues, en cierto modo, se siente censor de palabras desesperadas.

No obstante, su esfuerzo no se dirige a quien las profirió, sino a sus eventuales desavisados lectores, convencido de que cuanta mayor ambigüedad encierra un texto, en efecto, tanto más peligroso se vuelve, porque el mal utiliza la ambigüedad como trama para diseminarse.

7,20-21 Cuando un ser peca no daña al dios, sino a sí mismo, al tiempo que se carga con una culpa que tarde o temprano deberá expiar. Por ende, no es digno de pureza el impuro (8,11-13 y 14,4).

9,5 “Y en su ira”. Defecto vergonzante ser atribuido al dios. En efecto, Job maldice a su dios cada vez que abre la boca.

9,13 Blasfemia es proferir “Dios no reprime su cólera”. De hecho, sólo recuérdese 5,2 donde, inusualmente, se acierta a despreciar la cólera, poza de males sin cuento, tal que “al insensato le mata el enojo, y al necio la cólera”.

9,17 “Multiplica sin motivo mis heridas”. A pesar de haber enloquecido a causa del sufrimiento, cabe decir que Job yerra una y otra vez en su discurso. ¿Cómo el dios obraría sin motivo? ¿No son del dios los mejores motivos?[7]

9,23 Horrenda escena del dios, de quien se llega a decir que “cuando de repente una plaga trae la muerte, Él se rie de la desesperación de los inocentes”. Imposible de concebir sin caer en impiedad; imposible de creer sin ser un impío.

10,7 Job maldice del dios al clamar “cuando sabes que no soy culpable”, puesto que Job, como cualquier otro mortal, es incapaz de saber tal cosa en términos absolutos[8].

10,13 Refiere Job a Yahvé “bien veo que esto entraba en tus designios”. Ahora bien, acaso las propias palabras del dios (2,3) lo contradigan por completo. ¡Las innúmeras incoherencias consumen los esfuerzos de los también innúmeros exegetas!

10,16-17 Job parece dilucidar el motivo de su desgracia[9].

10,21-22 Triste definición del mundo de ultratumba[10].

11,6 En efecto, la ambigüedad es proporcional a la impericia del individuo que se acerca a lo desconocido, sin embargo, para el piadoso la ambigüedad es exigua, pues se fía de su entendimiento, don de los perínclitos dioses.

14,13 “Hasta que se aplacara su ira”. Se vincula el defecto pasional de la ira al dios y se asegura que el seol o hades hebreo es el lugar donde, hasta el momento que se aplaque la ira, el dios esconde a los pecadores.

De tener algún sentido acertado, se halla tan escondido tras la fabulación, que de semejante sentencia pueden extraerse docenas de interpretaciones distintas.

14,16-17 Job dice que el dios, una vez aplaque su ira, ya no expiará más sus pecados, infiriendo así que el dios pueda negligir en su deber, puesto que, según dice, su labor se limitaría al tiempo en que durase su ira. ¡Enloquecer para creer!

15,15 Resulta algo atrevido aseverar que el dios “ni en sus santos no se confía”, por cuanto acaso el dios se halle por encima de la confianza o la desconfianza, que de hecho sólo deben padecer los mortales de azaroso devenir. Asimismo, ¿no serán quienes rodean al dios aquellos quienes precisamente han depositado su confianza en él? ¿No serán quienes desconfían en el dios aquellos que carecen del calor de su presencia?

En efecto, tanto la confianza como su carencia es conveniente para los mortales, que desconocen qué les depara el futuro, sin embargo, Zeus es sabedor de lo que ocurrió y concoce todo lo que ha de venir[11].

15,25 Dice el versículo “y se hizo fuerte contra el Omnipotente”. No obstante, según el inquisidor quien va contra el dios no puede más que hacerse débil, pues de él proviene la verdadera fuerza y sin él se halla la verdadera debilidad.

16,21 Se lamenta Job “¡Oh, si hubiera árbitro entre Dios y el hombre, como lo hay entre el hombre y su prójimo!”, equiparando al dios con el mortal hombre, como si las leyes del dios precisaran de árbitrio alguno; pero ¿no es el dios árbitro único y verdadero?[12] En fin, el lamento es del todo blasfemo.

19,3 Dice Job que sus amigos le han “afrentado diez veces”, sin embargo, la cuenta rigurosa exige sólo cinco, esto es Elifaz (4,1yss.); Bilda (8,1yss.); Sofar (11,1yss.); Elifaz otra vez (15,1yss.) y Bildad por segunda vez (18,1yss.).

19,11 “Encendióse contra mí su cólera”, vincula este feo defecto al dios lumífero[13]. Otrosí, también se lee “y (Dios) me contó entre sus enemigos”, ahora bien, ¿no será que enemigos sólo hallan los mortales de múltiples afectos? ¿Acaso no mora el dios más allá de toda enemistad?

19,17 “Yo soy fétido a los hijos de mis entrañas” o según Bover S.I.-Cantera, “a mis propios hijos” profiere el atribulado Job, aun cuando habían muerto todos sus descendientes, tal y como se relata en 1,18-19, tiempo antes de que contrayera la violenta enfermedad.

Sea como fuere, parece claro lo que Job quiere decir, y acaso el poco rigor de sus palabras sea debido a la pasión del sufrimiento que le azota; no obstante, toda vez que el dolor es gran óbice para bien decir del dios, éste no deslegitmiza la enmienda, pues “llevar ligeramente el yugo que uno al cuello recibió es cosa útil. Mas contra el aguijón dar coces es ciertamente resbaladizo camino” (Píndaro Pítica II 93-96).

19,20 Acaso el orden correcto de la expresión sea tal que ‘péganse a mis huesos mi piel y mi carne’ o mejor todavía ‘péganse a mis huesos la piel y la carne’. A decir verdad, del literal hebreo masorético leeríase “mi piel y mi carne se pegó a mi hueso”.

Adviértase cómo en Lam.4,8 el texto es acendrado en tanto que reza “está su piel pegada a los huesos”.

19,26 Job dice “y desde mi carne yo veré a Dios”. Es decir, que verá al dios antes de morir; sin embargo, el dios mismo proclama en Éx.33,20 que su faz “no puede hombre verla y vivir”.

También los helenios guardaban semejante pudor; por ejemplo, antes de reconocer a su padre, Telémaco lo sintió en sus propias carnes, “y creyéndole un dios, apartó su mirada a otro lado” (Odisea XVI 179).

20,24 Alusión a la herrería.

22,4 Del texto literal se lee “por tu temor” y no “por tu piedad”. Aquí, por lo común, los traductores corrijen la abominación, y es una lástima que tal bondad no se emplee en todas las impiedades del mismo jaez.

22,4-11 Es la primera ocasión en que los amigos de Job, en particular Elifaz, le acusan de haber llevado una vida de maldades, lo cual debe ser falso habida cuenta las palabras del dios en 1,8.

22,24 Errónea equiparación, en la edición de Nácar-Colunga, al interpretar que el dios pueda enriquecer al piadoso son tesoros materiales. Por el contrario, Bover S.I.–Cantera presentan una interpretación más cuidadosa.

23,10 Job parece comprender aquí el sentido de su infortunio[14].

23,13 Job dice “lo que quiere (Dios), eso hace” (Nácar-Colunga) o “lo que desea Dios, eso hará” (otras ediciones), mientras que al inquisidor le parecería más adecuado decir ‘lo que debe, eso hace’ o ‘lo justo, eso hará’, por cuanto no considera que el dios participe del verbo ni de la voluntad, sino del sustantivo y la ley.

23,15-16 Estremecerse o sentir pavor del dios, en efecto, evidencia que tal sujeto no está preparado para acercársele, pues le parece estremecedor y pavoroso lo que debería ser apacible y glorioso. Por lo tanto, en tal caso no contemplaría al dios tal y como es, ya que las perturbaciones del alma distorsionan cualquier percepción de la realidad. Sin embargo, acaso Job hable sin tacha cuando dice “Dios ha debilitado mi corazón y el Omnipotente me aterra”, de lo cual se coliga que es por su debilidad que ve al dios con terror, y que ello no sucedería de estar sano y sin perturbación.

24,14 Esta sentencia “al amanecer se levanta el asesino” se opone a la tradicional imagen del maleante, según la cual a diferencia del hombre bueno se levanta del lecho muy entrada la mañana, cuando las más nobles ocupaciones han concluido. En efecto, decían los antiguos próceres que la molicie y el vicio conducen al malvado a dormir durante las mejores horas[15].

La sentencia quiere decir, sencillamente, que el maleante siempre está presto a cometer latrocinios al inocente, por lo que éste nunca debe bajar la guardia. Asimismo, más apropiada parece la expresión “de noche anda el salteador”, que contrasta con la precedente “al amanecer”. De hecho, ambas sugieren la constante indefensión del justo, lo cual es ampliamente discutible.

24,16-17 Aquí Job muestra el común parecer del hombre de pro y no en 24,14, como ya ha sido enmendado. Al respecto véase Sal.5,4, donde también existe acuerdo entre lo escrito y el parecer de los virtuosos.

24,18-25 Parecen palabras de uno de los amigos de Job, y posiblemente formen parte del tercer discurso de Sofar.

25,4 “¿Cómo ser puro el nacido de mujer?” pregunta el texto. Así pues, ¿qué decir del galileo, si nació de mujer? ¿Que no era puro?

En efecto, según el muy andariego inquisidor, el hecho de nacer evidencia impureza, que se aquilata gracias a la vida, crisol de muchedumbres.

25,6 Se lee “el hijo del hombre, un gusanillo”, evidenciando el desafortunado apodo de ‘el Hijo del Hombre’ (verbigracia Mt.8,20), utilizado profusamente por los apóstoles del Nuevo Contrato[16] en referencia al galileo. No sea el pasaje una profecía antimesiánica.

26,7 “Él colgó la tierra sobre la nada” es cosa imposible, puesto que la nada no existe, ni existió, ni existirá jamás.

En efecto, el dios rige lo que existe y lo que está, pero no gobierna la nada porque sencillamente no hay qué gobernar. ¡Enloquecer para creer!

26,11 El dios no amenaza, en todo caso advertiría de los perjuicios mediante sus ministros y éstos, a su vez, estimulando el intelecto, la intuición y mediante otros múltiples procedimientos.

De hecho, si la amenaza es una advertencia respecto al daño que el propio amenazante va a infligir, ¿no es evidente que no corresponde al dios semejante conducta? ¿No será que el dios sólo dispensa bienes, por más que éstos sean interpretados a menudo como males?

27,4-5 Varias enmiendas presentadas en la presente obra demuestran que Job sí erró; sea como fuere, Job parece afectar cierta jactancia o vanidad, pues los mortales no deben mostrarse nunca totalmente seguros de la pureza de sus actos, sino guardar prudencia[17]. Cabe recordar, además, que son los labios quienes cargan al bípedo del mayor número de pecados[18].

28,28 El caduciforme inquisidor no aprueba tamaña irreverencia, pues se proclama que “el temor de Dios, esa es la sabiduría”, por cuanto en realidad es lo contrario, esto es, que ‘el amor de Dios es la sabiduría’[19].

Dicho esto, y a fin de que el versículo resulte del mayor provecho, léase ‘el amor a Dios, esa es la piedad; apartarse del mal, esa es la sabiduría’[20], aunque lo más pulcro sería substituir ‘prudencia’ por ‘sabiduría’.

29,18-25 Quizá fuera ésta la falta que cometió Job: el excesivo orgullo o la vana complacencia. Sin embargo, eso no sería así habida cuenta lo que dijo el dios en 1,8.

32,9 Esta sentencia podría constituir pecado, según el bello precepto aparecido en Lev.19,32. A decir verdad, una oración más correcta rezaría “no son (todos) los ancianos los sabios, ni los viejos son (siempre) los que comprenden lo que es justo”[21].

32,13 “Es Dios, no el hombre, quien nos adoctrina”[22]. Sentencia cierta pero matizable, según criterio del inquisidor. ¿No participa el hombre de la gloria del dios? Entonces, ¿no podría el hombre adoctrinar si está infuso por lo divino? ¿No pretende adoctrinar el propio hagiógrafo con esta sentencia?

Aquí se propugna que todo lo bueno proviene del dios, pero el fanatismo monoteísta obvía la participación de los individuos en la transmisión de las bondades. En efecto, inferir que los instrumentos del dios carecen de todo mérito en el ejercicio del bien no solamente es vil y gregario, sino que por lo mismo carecerían de toda culpa en las acciones malvadas.

33,33 Aquí Elihú, poseso por una juvenil fogosidad, profiere a Job “calla, y te enseñaré sabiduría”, contradiciendo sus propias palabras de 32,13[23].

 ¿A saber “por qué cree que es sabiduría esa pizca en la que un hombre es superior a otro? Pues no es posible que con humana mente inquiera los designos de los dioses quien de mortal madre nació” (Píndaro Peán XII frag.61).

34,35 El inquisidor comparte el parecer del joven Elihú[24], y a través de sus enmiendas ha concretado el por qué.

36,2 Ver enmiendas correlativas a 32,13 y 33,33, así como 36,4, donde Elihú persiste en su propia vanagloria.

37,24 A fuer del enésimo error en el empleo del término ‘temor’ vinculado al dios, cabe advertir de entre las muchas y tediosas sentencias del fementido Elihú, una que dice “no mira Él al que se cree sabio”. No deja de sorprender semejantes palabras en boca de quien se proclama sabio[25].

38,1 Esperpéntico y repelente es presentar al dios hablando con un mortal, pero más repelente aún es creer que la escena en verdad se produjo.

Particularmente ridículo es el último versículo de este pueril capítulo, como lo son en grado sumo los 40,20ó25-26ó31.

39,1yss. Si más que sabio el dios es sabiduría, es porque se identifica con lo imperecedero y no con lo caduco como lo que aquí se enumera en boca del dios. ¡Oh desastre! La sabiduría se rebaja al saber más rústico y montaraz, útil para mortales quizá, pero longincuo al orbe divinal.

39,32 ó 40,2 Estas petulantes bravatas resultarían apropiadas a maleantes de baja estofa, pero son calamitosas en boca del dios. ¡Toda una impudicia!

39,33 ó 40,3-39,35 ó 40,5 Al fin Job admite su procacidad, que pese a ser excusable por el delirante sufrimiento que padecía, en efecto, el texto deja sin responder a los motivos de la procacidad. No obstante, el inquisidor tal vez lo haya logrado, sino del todo, en buena medida, mediante las enmiendas presentadas.

40,2ó7 La ironía vinculada al dios representa en sí mismo una blasfemia, sea en el sentido que sea. Ahora bien, Bover S.I.–Cantera consideran las pinceladas de ironía un ejemplo del ingenio del hagiógrafo.

41,1ó2yss. En un principio, se supone que el objeto de la aparición de Yahvé es desvelar a Job la causa de su desgracia, o por lo menos sentenciar el por qué de todas sus blasfemias; sin embargo, hete aquí que el dios prefiere componer panegíricos de animales salvajes.

Adviértase que todo este relato supone una trasgresión del primer y el segundo mandamiento, en cuyo caso el infractor sería el propio dios que los ordenó cumplir.

41,10u11-12ó13 Entre el esperpento y la grosería, el dios participa de las tradicionales descripciones del cocodrilo como leviatán o monstruo, que por supuesto escupe fuego por las fauces.

Aunque líricamente pueda tener algún valor, lo cierto es que el pasaje es teológicamente lamentable.

42,5 Job le dice al dios “ahora te han visto mis ojos”, lo cual sería imposible de hacer sin perder la vida al momento, según proclamó el dios en Éx.33,20[26].

42,17 Finaliza la interesante fabulación sin una explicación al sufrimiento de los justos, como es el caso de Job. De hecho, la intervención del dios es paupérrima, y con la pretensión de mostrarse sabio o poderoso realiza un laudatorio a sus creaciones más imponentes; acaso pudiera esperarse alguna cosa más de una divina sabiduría. En fin, ¿acaso la oportunidad del crisol no se presenta de muy variadas formas?[27] Por ende, ¿no será que las culpas por eximir provienen en su mayor parte de vidas anteriores?[28] En efecto, sin preguntas como estas el libro pierde su lección más profunda.

Aún y con todo, debe recordarse que los mejores aprenden mediante el intelecto y por la propia razón, que los siguientes lo hacen observando al prójimo, y que los últimos, en efecto, sólo aprenden tras demorarse en exceso, cuando ya sólo queda que la calamidad se allegue a su mortal destino. Además, cabe recordar siempre que “imposible es que uno sólo retenga para sí felicidad completa” (Píndaro Nemea VII 55) y Job debería prestar atención tanto a que “junto a un bien reparten dos penas a la gente mortal los inmortales” (Píndaro Pítica III 82) como a que “siempre que un dios envía un gozo a un hombre, primero le derriba el corazón en negra angustia” (Píndaro frag.225 Odas y Fragmentos BCG), porque al fin y al cabo, “uncido al destino, a uno limita esto, a otro aquello” (Píndaro Nemea VII 5).

Fuente: Inquisición a la Biblia, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2006).

[1]     Véase 16,17 donde Job se jacta de la corrección de su oración.

[2]     Véase 2,9 y 4,18.

[3]     De hecho, véase 13,16 y Sal.5,5-6 donde se niega que tal cosa pueda ocurrir.

[4]     A la sazón véase 2,2 ó Dan.13,42.

[5]     Véase enmienda correlativa.

[6]     Léase con atención 12,7-8 y véase también Ose.2,18ó20 y enmienda correlativa.

[7]     Al respecto véase enmienda a 2,3.

[8]     Véase 11,4-7 donde Sofar reprende estas palabras de forma adecuada.

[9]     Por ende, véase 23,10 y enmienda correlativa.

[10]    Véase 2Mac.6,23 y enmienda correspondiente.

[11]    Para observar un empleo correcto del concepto de ‘confianza’ ver Sal.4,6.

[12]  Para interpretación correctísima al respecto véase 1Sam.2,25 y enmienda correspondiente.

[13]    Véase 20,23 y 21,20.

[14]    Véase 10,16-17 y enmienda correspondiente.

[15]    Véase, por ejemplo, cómo lo relatan Pródico y Jenofonte en el célebre mito de ‘Heracles en la encrucijada’. Por ende, Hesíodo advierte “no sea que alguna vez robe tu hacienda un hombre de los que duermen de día” (Trabajos y Días 604-609). Véase también 24,16-17 y enmienda.

[16]    Se ha optado en esta Inquisición por traducir el término griego con el término castellano ‘contrato’, ya que en este sentido alude el original, por ejemplo, en τοῦτο  τὸ  ποτήριον  ἡ  καινή  διαθήκη  ἐν  τῷ  αἵματί  μου este vaso es el nuevo contrato en mi sangre (Lc.22,20), o en τὸ  αὐτὸ  κάλυμμα  ἐπὶ  τῇ  ἀναγνώσει  τῆς  παλαιᾶς  διαθήκης  μένει  sobre la lectura del antiguo contrato reposa el mismo velo, el cual en Cristo se desprende (2Cor.3,14). Véase como de paso y en la Septuaginta, lo referido en Gén.6,18, y, sobretodo, véase la enmienda compuesta para Mt.10,41-42.

[17]    Véase 31,30 y 33,9-11.

[18]    Para palabras correctas de Job al respecto ver 27,6.

[19]    Con todo, el patiestevado inquisidor hace observar que si la sabiduría es la virtud de conocer el bien y el mal en sí y sus aplicaciones, no sería correcto decir que el respeto al dios sea sabiduría, sino piedad. En fin, acaso la sabiduría sea una virtud propia sólo de los inmortales dioses.

[20]    Al respecto, también los antiguos helenios decían que “huí del mal, encontré el bien” (Fórmulas Religiosas frag.54 Lírica Griega Arcaica BCG).

[21]    Para expresión de Job al respecto ver 12,12.

[22]    Sin embargo, en 33,33 el propio Elihú se contradice. Véase enmienda correlativa.

[23]    Véase enmienda anterior y 36,2, lugar donde vuelve a contradecirse en el mismo sentido.

[24]    Ver 35,16.

[25]    Véase 33,33/ 36,2 y 36,4.

[26]    Véase 19,26 y enmienda correlativa.

[27]    Fue el laconio Alcmán quien dijo que “la experiencia es el camino del saber” (frag.92 Lírica Griega Arcaica BCG).

[28]    Y con ello el inquisidor no se refiere al ‘pecado original’, pues justo es que “no mueran los padres por culpa de los hijos, ni los hijos por culpa de los padres; cada uno sea condenado a muerte por pecado suyo” (1Rey.14,9-11).