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Historia y Cultura

INQUISICIÓN A LA BIBLIA: LEVÍTICO

LEVÍTICO

De los ritos y estatutos encomendados a los sacerdotes levitas

11,26 El hagiógrafo no especifica hasta cuando será inmundo.

15,2 La nota de la edición Nácar-Colunga (2003) pone en duda la presunta autoría del dios en los textos bíblicos, aduciendo desviaciones supersticiosas del hagiógrafo.

Asimismo ocurre en 16,8-11.

18,21 La nota de la edición Nácar-Colunga (2003) no parece correcta, puesto que se prohíben los sacrificios humanos a Moloc pero no los ofrendados a Yahvé.

En efecto, son muchos los humanos sacrificados en el nombre de Yahvé. Los textos dan fe de ello en 32,27-29 y 32,30.

19,9 Medida solidaria y longánima, como lo es la señalada en 19,33 excepto la frase última y la perteneciente a 23,22, a excepción de la posesiva frase final.

Son justas las leyes prescritas en 19,11-19 como lo son las aparecidas en 19,35-36. Otrosí, es excelente la prerrogativa de 19,32, siempre que se omita la obligación de temer al dios. ¿Por qué? Porque temible es aquello que puede ser causa de algún mal, y como el dios verdadero sólo produce bienes, en efecto, no debe ser temido por nadie que anhele comportarse como un buen creyente.

19,18 Aparece por vez primera el precepto “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, que se repite con distinta fórmula en Lev.19,34.

No obstante, ¿qué hacer de quien se ama poco, de quien no se ama en absoluto, o de quien sencillamente se odia a sí mismo? ¿Y los que colmándose de placeres creen amarse como es debido? ¿También deben procurar al prójimo toda salva de placeres? Y los que se aman en exceso, ¿acaso les quedarían fuerzas para amar al prójimo? ¿Y los que por un desenfrenado amor a sí mismos olvidan la piedad debida a los dioses? ¿También ellos deben aconsejar al prójimo actuar de tal modo? A fin de superar esa dificultad, el inquisidor se goza en presentar la fórmula “lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie” (Tob.4,15).

19,32 Hermoso precepto, a excepción de la execrable segunda parte, donde el imperativo ‘teme’ debería sustituirse por ‘ama’ o ‘respeta’.

20,1-18 Yahvé, colérico, ¡oh calamidad!, empieza a dictar penas de muerte por delitos que no la merecen[1].

En fin, resulta ser otro intento más del hagiógrafo por atemorizar a los israelitas de su tiempo que, a juzgar por estas terribles sentencias, deberían de llevar una vida disoluta[2].

21,18-23 El dios omniscio debería saber que las máculas del cuerpo no son nada comparado con los defectos del alma.

El auténtico dios jamás se expresaría de un modo tan corpóreo.

23,29 Afligirse por ley es cuanto menos absurdo.

Véase Dt.10,12-13, donde Yahvé, por boca de Moisés, exige al pueblo de Israel que sea dichoso.

24,11 Léase la nota de la edición Bover S.I.–Cantera (1947), aquí transliterada, para comprobar el literalismo de los fariseos: “el sentido de este versículo es que no ha de ultrajarse el santo nombre de Dios, y no, como interpretan los judíos, que no ha de pronunciarse (…), supuesto que en los salmos y otras oraciones bíblicas se le ve empleado con frecuencia”.

24,14-16 No asegure el lector que el dios pueda vez alguna hablar así[3]; a decir verdad, esto sólo pudo ser idea del escriba, quien, transcribiendo lo que dictaban los poderosos de su tiempo, pretendía inculcar un temor irracional a sus coetáneos. Efectivamente, se requería la unión del pueblo a fin de combatir contra las tribus circunvecinas y, así, preservar la identidad y el territorio del mismo.

En definitiva, no deja de ser un intento por forjar un Estado; sin embargo, es difícil que tales preceptos mantengan alguna vigencia moral. Porque el dios, dada su naturaleza, acaso no se exprese en términos susceptibles a temporalidad, por cuanto parece más adecuado que su mensaje sea eterno, a la par que su propio ser.

24,17y19-20 Disposiciones que resultan amorales[4].

25,23 Parece, esta buena ley, contradecirse con lo expresado en 25,34.

26,14-46 Amenazas propias de un abyecto sátrapa que, incapaz de emplear el arte de la noble persuasión, opta por infundir el temor más irracional entre el pueblo.

Téngase en cuenta que el dios es perito en grado sumo al emplear la persuasión; por tanto, parece evidente que Yahvé no es el verdadero dios. ¡Enferma existencia para quien así lo crea! ¡Enloquecer para creer! ¡Pozo de males sin cuenta![5]

27,1-34 La subrepticia perversidad que esconden las mañeras palabras del presente capítulo, a decir verdad, consiste en llamar ‘voto consagrado a Yahvé’ a lo que en realidad es un ‘impuesto consagrado a la teocracia’.

En fin, la palabra del dios es habitualmente empleada por el hagiógrafo como si éste fuera un vulgar mercenario o un inflexible recaudador del herario público[6].

Fuente: Inquisición a la Biblia, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2006).

[1]    También en aquella época resultaría una pena excesiva.

[2]    Véase 21,9 ó Núm.15,32-36.

[3]    Prevéngalo el poco avisado lector, pues peligra su cordura.

[4]    Véase Éx.21,24-25.

[5]    Y algún bíblico podría esgrimir que, de hecho, el inquisidor usa términos y formas de expresión que, a su vez, podrían infundir temor al lector más sensible; pues bien, ni el inquisidor es el verdadero dios ―a diferencia del hagiógrafo, que sí pretende hablar en su nombre― y por tanto no se ve en la obligación de expresarse con la mayor ortodoxia, ni advertir de lo que en realidad produce perjuicio es reprobable.

[6]    Véase Núm.28,1-31 y Núm.29,1-39.