La creación no ha terminado...

Astronomía y Paranormalia, Deportes y Guerra, Historia y Cultura, Humor y Sexo, Paganismo y Tradiciones, Salud y Ecología

TESTAMENTO GENEALÓGICO VITAL

PROEMIO

A vosotras acudo, ¡oh, musas del Helicón!, hijas de Zeus y Mnemósine, consuelo del sufriente, ayuda y baluarte de los tan leves poetas. Sois vosotras por quienes los humanos de azaroso devenir se entusiasman, y emulan a los Olímpicos al dar forma a sus ideas. Os invoco porque mi estirpe también es divina y, por tanto, es adecuado que hagáis florecer el ingenio que adereza mi espíritu. Como sabéis, noble es el cometido que me impele a relatar la asombrosa sucesión de mis antepasados.

Por el profundo amor a Zeus Patrio y a los demás dioses felices, declaro que lo redactado a continuación no es menos cierto que cualquier suceso acontecible a los mortales comedores de pan, y no es fábula ni invención, siendo a los vivientes imposible exagerar nada que sea divino.

ESTIRPE DE ORO

Por encima de todo tiempo existen cinco elementos, toda vez que solamente de uno se originan los otros cuatro. El uno es Fanes resplandeciente, también llamado Ericepeo y mal conocido con el nombre de Eros, luego el Éter, eximia residencia de los felices dioses; tras estos dos es debido citar al Caos infernal de ancho abrazo y al Tártaro inhóspito, tan profundo que, dejado caer desde la tierra un yunque de bronce emplearía nueve días con sus nueve noches en llegar hasta sus dominios, y al fin la madre Gea, muy venerada en el Ática, conspicua matrona de los dioses inmortales.

Que las generaciones de los dioses deben interpretarse en sentido alegórico, habida cuenta que no hay dios generado, es algo que sólo un necio sería capaz de omitir.

Así pues, del Caos surge el obscuro Érebo y la Noche que aquieta el ánimo de los hombres de incierto porvenir, que engendra también todas las divinidades nefastas, causas de todo tipo de tribulaciones para los mortales de marcha bípeda y pulgar opuesto. Del Érebo y  la Noche nace Etra, que tras unirse al titán Atlas da a luz a las Híades.

Atlas y Prometeo son hermanos y vástagos de Jápeto y la ninfa Clímene, a su vez, Jápeto es fruto de la unión entre Urano y la gran madre Gea. De semejante ayuntamiento también nacen los llamados Uránidas: primero Océano, padre de ríos y mares, luego Ceo, Crío, Hiperión, quien junto a Eurifaesa da a luz a los Helios, Selenes y Éoses; después nace el Uránida Jápeto, ya citado, y Tea, y Rea, por otros llamada Cibeles, la prudentísima Temis, Mnemósine, madre de las nueve musas, Febe de áurea corona y la amable Tetis, que engendró al muy belicoso Aquiles tras unirse a Peleo.

Después de estos once aparece Cronos de mente retorcida y obscuros designios, quien, como es consabido, emasculó a su padre Urano arrebatándole así el mando universal.

De las gotas de la divina sangre que esparció el inmortal miembro, Gea engendró a las Erinias, que según algunos son tres: Aleto, Tisífone y Megera, mas en realidad sólo hay una: Adrastea de inexorables brazos, de los cuales ni siquiera los dioses pueden sustraerse. También de la sangre del inmortal miembro, la diosa madre engendró a los gigantes, éstos son, entre otros: Efialtes, Eurito, Critio, Mimante, Encelado, Polibotes, Hipólito o Gración y Alcioneo, quien era el gerifalte de todos ellos; otrosí de su vientre salieron todas las jóvenes ninfas, tales como las Oceánides y las Nereidas que habitan los mares, las Náyades de los ríos y arroyos, las Dríades y Amadríades que moran en los árboles y arbustos, las Oréades de los montes y montañas, las Napeas y Auloníades de los valles, las Melíades que de los ramosos fresnos hacen habitación y las Agrosinias, que engalanan los fértiles campos. De entre ellas las ninfas más ilustres son: Calipso, Circe, Faetusa, Lampetcia, Cirene, Asia y Clímene.

Asimismo, de la espuma de los eternos genitales que fueron lanzados al proceloso Piélago nació una maravillosa doncella; primero navegó hacia la divina Citera y después a Chipre. Salió del mar la bella y augusta diosa, y bajo sus delicados pies crecía la hierba en torno… Afrodita la llaman dioses y hombres, pero también Citerea, Ciprogénea o Filomédea. Su ministerio es doble: Mientras que Afrodita Urania patrocina la reproducción de los seres y el más excelso amor, Afrodita Pandemo tiene a su cargo el cegador deleite sexual, perdición de muchos, provecho de pocos.

La esclarecida Rea, por su parte, entregada a Cronos de tremebunda voracidad, tuvo famosos hijos, tales como Hestia, la agrícola Deméter que presta lozanía a campos y parterres, Hera de áureas sandalias e inmensos ojos, el poderoso Hades que reside bajo la negruzca tierra con implacable corazón, el sacudidor Ennosiego, más conocido con el nombre de Posidón, y el resonante Zeus, padre de dioses y de hombres, por cuyo trueno retiembla la anchurosa tierra.

ESTIRPE DE PLATA

Entonces Jápeto se llevó a la rubicunda Clímene, Oceánide ilustre por sus finos tobillos, y subió a su mismo lecho enardecido por la pasión amorosa que se le despertó al contemplar sus perfectos pies, obra maestra de Cronos. Ésta le dio un hijo: El intrépido Atlas que sostiene la esfera celeste con sus ferrugientas espaldas, y parió también al muy ilustre Menetio, que debido a su desmedida audacia Zeus lo hundió en el Erebo abisal, y a Epimeteo, quien desde siempre fue ruina para los mortales que se alimentan de pan.

A su vez, el japetónida Atlas entró a la muy encumbrada Etra, hija de Erebo y Noche, y de su amorosa unión nació Coronis, una de las afamadas Híades que crió al oblicuo Dionisio. Esta Coronis se ayuntó a Tántalo, el que sufre arduos tormentos, pues se encuentra sumergido hasta el mentón en las aguas de un lago penando de hambre y de sed, pero en vano saciarse pretende: cada vez que a beber se agacha con ardor, escápasele toda el agua como absorbida por un dios y en torno a sus pies descúbrese la tierra pardusca. Corpulentos frutales sus ramas tiéndenle a la frente con espléndidos frutos: perales, granados, manzanos, bien cuajados olivos, higueras repletas de dulces higos; mas apenas el anciano alarga sus macilentas manos a ellos, un viento veloz los alza a las nubes sombrías.

Este Tántalo es hijo de Zeus que embraza la égida y de Plote, la nereida de mirada glauca que afloja los miembros; a su vez, Tántalo y Coronis engendraron a Pélope, quien recibió del mismísimo Hermes, dios de los caminos, el cetro helicoidal que acostumbraba a llevar consigo, y a Níobe de bucles dorados, a la que doce hijos se le murieron en palacio, seis hijas y seis hijos en plena juventud, asaetados por la diosa montaraz en pago a su impía vanidad.

ESTIRPE DE BRONCE

Pélope, el varón de azarosa vida que dio nombre al egregio Peloponeso, subió al lecho de la augusta Hipodamia, y ésta dio a luz a Tiestes y al muy belicoso Atreo, quien unido a la hermosa Aérope, hija de Crateo, hijo de Minos, rey de Creta y vástago de Zeus y Europa, engendró a los famosos hermanos Agamenón, pastor de huestes, y Menelao, valeroso en el grito de guerra. Que Europa y Cadmo eran hijos de Agenor, así como que Zeus domeñó a aquella en Creta una vez transformado en toro y habiéndola seducido en la playa de Tiro, es un célebre suceso que ya los antiguos cantaron con aladas e inmortales palabras.

Menelao desposó a la bellísima Helena, fémina de turgentes senos y alba tez, hermana de Filónoe, Clitemestra y los ilustres gemelos Cástor y Polideuces, también conocidos como Cástor y Pólux, todos ellos vástagos de Tindáreo y Leda, mujer alrededor de la cual dicen que Zeus, prendado de su beldad, se metamorfoseó en cisne anacarado con tal de gozarla, después de lo cual se dice que Leda quedó encinta de dos huevos; en uno se criaron Pólux y Helena, y en el otro Cástor y Clitemestra. Que por la ebúrnea Helena los más granados varones estaban dispuestos a obsequiar las mayores dotes, ora Odiseo hijo de Laertes ora Toante, quien sin verla ofrecía innúmeras ovejas y torvos bueyes; bien Podarces bien Protesilao Actórida, ya fuera Menesteo hijo de Peteo o bien Licomedes, Biante, Melampo, bien el propio Ayax Telamónida, Elefenor Calcodontíada o Idomeneo rey de Creta, hijo del divino Deucalión; todos, en fin, ¿no los enumeró el augusto pastor nacido a los pies del monte Helicón?

Asimismo, también por todos es conocido que Paris, hijo del rey Príamo de Ilión, tras conceder el falaz premio a Afrodita en un certamen de belleza en el cual además participaban Filomedea, Hera y Atenea ―Paris ejercía de árbitro―, como contrapartida a la prevaricación éste se llevó a la ebúrnea Helena hacia Ilio, tierra de pastizales y solípedos caballos, provocando así la cólera de los átridas Agamenón, pastor de huestes, y Menelao, valeroso en el grito de guerra. Ellos convocaron a la poderosa flota de los panaqueos, en número inaudito, para zarpar con negras intenciones desde la ínsula de Eubea en dirección al Orto, Zéfiro en popa, a fin de abarloar los combos y brunos bajeles en la playa de la ventosa Troya, ciudad de muy altas murallas y opulencia sin cuento ni par.

Transcurridos diez años de infame guerra, la confederación panhelénica, ya fueran argivos o dánaos, beocios, focidios o locrios, abantes, poseedores de Eubea, atenienses, pueblo del magnánimo Erecteo, fueran micénicos, corintios, lacedemonios o tracios, arcadios, eolios, epeos, bien cefalenios, etolios, cretenses o rodios, bien mirmídones, helenes o aqueos; todos, salieron victoriosos de la ventosa Ilio y emprendieron el no menos difícil retorno hacia sus tan añorados hogares.

Así pues Menelao, caro a Zeus, recuperó a la ebúrnea y siempre joven Helena y desposaron a su hija Hermíone con el morigerado Orestes, de quien ésta engendró a Tisamenes, varón belicoso que sucedió a su padre en el trono de la afamada Esparta. Éste, antes de morir en un combate fratricida contra los jonios en la región de la Acaya, tuvo tiempo de perpetuar su noble estirpe, pues ayuntóse rebosante de pasión amorosa con la argiva Cliomene, que debió huir a la ínsula de Creta, transida de dolor, cuando Tisamenes fue expatriado del Peloponeso y, por tanto, era también su semilla rechazada en tal país.

Cliomene dio a luz un varón al que puso el nombre de Tálamo, quien vivió en Creta fecundando muchos vientres de hermosas doncellas, tal era su irresistible encanto.

ESTIRPE DE HIERRO

Uno de los hijos engendrados fue el prudente Nearco, émulo de Zeus, quien se abarloó en el venerable Egipto, con propósito de iniciarse en los misterios de Isis y Osiris. Se dice que fue allende donde el dios alado Hermes, caduceo en mano por ser el mensajero de los inmortales, reveló a Nearco que el ser es uno, finito, eterno, inmutable e ingenerado. Es uno porque, en efecto, no puede sino ser completo y perfectamente cabal; es finito porque es uno, y el uno es el único número finito y cabal; es eterno porque es perfecto; inmutable porque no precisa modificación alguna e ingenerado porque aquello que es jamás podrá sostenerse que anteriormente no haya sido, pues, decid, mortales, ¿de dónde provendría?, y si ciertamente tiene procedencia, ¿no es obligado afirmar que ya existía antes?

Por otro lado, Hermes, el dios de plumíferas sienes y portador del afamado caduceo, obsequio de Febo Apolo, prosiguió revelando al prudente Nearco que, a fuerza de existir el ser, Adrastea dispuso un devenir, que no le es contrario ―como por lo común se cree, pues contrario a lo que existe es preciso que no sea de ningún modo―, sino que le complementa siendo de naturaleza múltiple, infinita, pasajera, siempre generada y en incesante mutación. Es múltiple porque padece la afección del espacio ―ya que está pero no es―, y todo espacio, a su vez, debe estar en algún lugar, y ese lugar, en algún sitio, y así interminablemente; es infinita debido a que es múltiple, además de porque finita sólo existe la unidad, por ende, porque entre un punto de origen y un punto final siempre se hallará un punto medio; es perecedera porque sufre la afectación del tiempo, crisol de los mortales de azaroso devenir; siempre se genera a sí misma porque es infinita y múltiple, y es siempre mutable porque la multiplicidad debe ser infinita por lo que, en efecto, jamás es igual a sí misma.

De lo dicho, Nearco concluyó que todo es y está siendo uno y múltiple, finito e infinito, eterno y perecedero, ingendrado y en incesante generación e inmutable y jamás igual a sí mismo.

Hermes, el dios del alado chambergo, también reveló a Nearco que el número mayor es el uno, siendo todos los demás menores y, por lo tanto, en menor proporción cuanto mayor sea la distancia que les separe respecto de la unidad. Así pues, según la revelación, el número dos son las dos mitades del número uno, y el cuatro representa los cuartos del mismo, por lo que el uno es límite y finitud y los demás números representan la ausencia de límite y la infinitud. De todo ello Nearco dedujo que estos últimos están todos subordinados a la unidad primordial.

Que ésto se dijo desde entonces y que más tarde se pergeñó en la Magna Grecia extendiéndose hacia el naciente, es algo que pocos conocen, y, aun conociéndolo, todavía menos lo comprenden por completo.

Nearco, prudentísimo varón, se ayuntó una sola vez con la sacerdotisa del templo de Heliópolis Aretusa, hija de Phineé y Coor, y realizaron el coito por espacio de tres días con sus noches antes de que Nearco, iniciado ya en los misterios herméticos, eyaculara en el seno de la hasta entonces virgen Aretusa introduciendo la simiente de la cual nacerían los mellizos Agatón y Páralos. Éste último se dirigió hacia el Aquilón y abarloó su combo bajel en la afamada ínsula de Creta, donde domeñó a la doncella Eriaikinia de albos pies y torneada cintura, maravilla el contemplarla, para que ésta diera a luz al deiforme Glauconio.

Merced a su irresistible figura, Glauconio sedució a Lavinia, hija de Ámata y el muy encumbrado Latino, y ambos fundaron hogar en la isla de Lemnos, lugar donde la fértil Lavinia, de ancho caderamen, tuvo varias hijas e hijos de entre los cuales descolló Aristómenes, que lanzaba su pica más allá que cualquier otro mortal y que además, merced a su ascendencia, soportaba el quemor de las brasas en sus pies con mayor entereza que cualquiera de sus semejantes. Tanto era así, que por sus dotes cautivó a Feronia, diosa de rubicundas mejillas, la cual engendró de Aristómenes al broncíneo Aristofonte, émulo de Zeus en astucia.

Este Aristofonte emprendió singladura hasta llegar a Fenicia y se afincó en la ciudad de Tiro. Allí desposó a la oriunda Mirza, doncella de la noble prosapia del rey Hiram, el mismo que prestó su ayuda a los reyes de Israel David y Salomón cuando éstos, henchidos de orgullo, iniciaron la construcción del templo consagrado a Yahvé, su dios gentilicio. Sin embargo, fueron muchos y muy virulentos los oráculos que contra Tiro compusieron los profetas de Yahvé, dios de muchedumbres y rebaños, tropeles y crasas recuas.

En resumidas cuentas, Aristofonte y Mirza desnudaron sus miembros y, en hermosa cópula, engendraron al muy felice Ebaupolmo, quien mezclaría su mortal estirpe con la divina.

Fue la muy torneada Afrodita, de lozana entrepierna y enhiestos pezones, la diosa que reveló a Ebaupolmo la eximia condición que a todo varón acompaña, sin excepción ni acepción, por el solo hecho de ser hombre.

Barbechando estaba el aristofontíada cuando apareciósele la muy torneada diosa. Ante semejante visión, sin cuento ni par, Ebaupolmo sintió sus miembros languidecer y sus mejillas tornáronse bermejas de ardor, tal era su deliciosa mocedad.

Afrodita de turgentes nalgas, Calípiga portadora de frutos sin cuento, reveló a Ebaupolmo que como él, todo varón posee para sí la virginidad vitalicia, don de los ínclitos dioses, que sellaron la alianza recubriendo el miembro viril con el sagrado prepucio. Sin embargo, extraviados pueblos reos de una irracional mojigatería, desde antiguo circuncidan el sello sagrado de los neonatos, cercenando así su legítima entereza cual falo que desgarra el himen femíneo, ¡oh, necios!, aun persiguiendo bienes no encuentran más que desdichas.

Tras la revelación, Afrodita Calípiga se entregó por completo al muy felice Ebaupolmo para que éste inseminara su vientre feraz, y, culminada la mirífica copulación, la diosa navegó hasta Chipre con objeto de dar a luz el fruto de sus entrañas.

Protopalmos, hijo de Afrodita Calípiga y Ebaupolmo, nació bajo el lecho de la mar, cerca de la costa chipriota, y su nombre fue celebrado por la ingente Estirpe de los Anónimos, sin la cual nada hoy sería conocido.

Desde su nacimiento, Protopalmos fue criado por los delfines del mar de Chipre, y tal lactancia en efecto le fue suficiente, puesto que recordaba sus cuatro vidas anteriores así como, equilibrado él de pies y de manos, albergaba la certeza de que su tránsito particular era el último antes de alcanzar la existencia.

Entrado ya en su verdor, el semideo Protopalmos viajó hacia el Ática, hasta la flamante Atenas, y supo convencer al también divino Solón de que abandonara el mercadeo para dedicarse al arte regio. Solón siguió el consejo y llevó a cabo una serie de cambios políticos, formalizados en una constitución, que encumbraron a la capital helénica y la convirtieron en antorcha de la humanidad. También fue Protopalmos quien persuadió a los eupátridas para que abonasen los impuestos y cedieran parte de sus tierras, o quien predijo la llegada del polemarca Pericles, perteneciente a la saga de los Alcmeónidas, así como su triste fallecimiento a causa de la negra peste.

Por todo ello, la diáfana Leucotea, diosa marina que auspicia las corrientes de Solano, colmó su pecho de pasión amorosa y ansió con vehemente ardor ser cubrida por Protopalmos. Por tanto, al despuntar la Aurora de rosadas mejillas, la diosa presentóse desnuda al divino varón, y después de acariciarse en el agua de la mar y compartir deífonos oráculos, dirigiéronse anhelantes uno del otro hasta la orilla, donde Leucotea, puesta de hinojos, con el rostro y manos sobre la arena y arqueando su espalda hasta el estremo, le mostró su túrgido y húmedo trasero ―un deleitoso aroma desprendía―, advirtiendo así que ansiaba ser cubrida por Protopalmos. Éste, alborozado de pasión, la cubrió a horcajadas y con muchísima holgura, pues las nalgas de la diosa eran sumamente dúctiles y gratas como el unto.

No hubo antes ni habrá jamás coito alguno en el que los amantes gocen con tanta plenitud. Los sollozos de la diosa descubrían tal regosto que todas las criaturas marinas prorrumpieron en frenesí reproductivo; hasta la arena de la playa en pocos instantes floreció dando lugar a una exuberante vegetación de todo tipo y medida. No obstante Protopalmos, absorto de placer e inundado por oleadas de un orgasmo inenarrable, acabó por perder la vista y envejeció de inmediato aun hallarse en el pináculo de su juventud. Tal es la suerte de los que no son dioses, porque no les está permitido colmarse y conservar sus dones al mismo tiempo.

De todas formas, merced a semejante unión nació el intrépido Melicerteo, tan feraz que desde su alumbramiento la tierra gira sobre su eje con  mayor celeridad.

Melicerteo subió al lecho de la muy tierna Parthene, y la cubrió tan solo unos pocos segundos, aun así, tiempo asaz para que la muy apetitosa doncella quedase preñada de veinte embriones, le sobrevivieron siete, tres machos y cuatro hembras. Uno de los varones salidos del vientre de Parthene fue Grilos, quien unido a la sibila Faresia engendró al discreto Iscómaco, luz de los mortales de marcha erguida y espejo de la hombría de bien.

En efecto, fue este Iscómaco alumno del excelente sofista Pródico de Ceos y, con posterioridad, del propio Sócrates, quien no obstante dijo no haber tenido jamás discípulo alguno, sino amigos, y de quien se ha llegado a decir que fue el hombre más feliz de todos.

Iscómaco participó en la expedición de los diez mil griegos que fue constituida, entre otros motivos, para dar visitación al gran rey de Persia. Cuando la polis del Ática se alió con Tebas para derrotar a Esparta, él, aun ser un ateniense patriota, luchó en el bando de los espartanos debido a que el voto militar le obligaba a ello; tal era su aprecio por la palabra y el honor. Creía Iscómaco en la patria común para todos los estados griegos y, en efecto, alternaba la mortífera espada del dios Ares con la grácil pluma de Clío. Sus nobles escritos han educado ya a gran cantidad de hombres de bien.

Iscómaco se desposó con una mujer de la localidad de Dárdanos llamada Filesia, de la cual quedó prendado durante el viaje de vuelta por el ínclito Helesponto. La pareja encontró asiento en Escilunte, ciudad del Peloponeso, a cien mil metros de Esparta, y allí criaron a sus dos retoños Grilos y Diodoro.

Diodoro, vástago de Iscómaco y Filesia, se ayuntó con Nauplia, doncella discreta pero que parecía la viva efigie de un asno, engendrando así al robusto y patiestevado Hermolao, quien siendo muy joven decidió trasladarse a la ilustre Siracusa y, posteriormente, se estableció en Crotona, la ciudad de los pitagorinos.

Este Hermolao participó de una eminente doctrina que, ya en el ocaso de su vida, sostuvo el semideo Aristocles de Atenas, varón circunspecto sin cuento ni par.

A Hermolao se le fue revelado que en todos los seres hay tres elementos indispensables para que se produzca el conocimiento; en efecto, el cuarto es el conocimiento mismo y el quinto el objeto que se conoce. El primer elemento es la palabra, el segundo es su definición y el tercero la imagen sensible del concepto; con ello se adquiere el conocimiento del ser. Estos cinco elementos inherentes a todo ser corresponden a los cinco cuerpos regulares, a saber, el tetraedro, el cubo, el octaedro, el icosaedro de veinte bases triangulares equiláteras y el nobilísimo cuerpo regular llamado dodecaedro, formado por doce bases pentagonales equiláteras. Asimismo, de los cinco elementos solamente el cuarto y el quinto son inmutables, por más que sólo el quinto es causa y objeto de todos los demás cuerpos.

Lo aquí explicado es verdad, ahora bien, que la muchedumbre lo desconoce y que la mayoría que lo ha oído no lo comprende, tampoco es menos cierto.

Hermolao se ayuntó con Fanotea, y ésta concibió por cubrición al muy adorable Hermógenes, quien siendo mozo entendió que no hay número mayor que el uno, así como que la multiplicidad es necesariamente infinita.

Hermógenes subió al lecho de Lampasia, y tuvieron infinidad de vástagos que se esparcieron por la haz de la tierra, sustento de mortales, de entre los cuales descolló Hermión, quien descubrió que la naturaleza es obra de los inmortales dioses, por cuanto aquello fabricado por el humano no es sino artificio e imitación de aquélla. Por ende, advirtió que el mejor de los artes no sólo imita a la naturaleza, sino a los dioses eternos, de los cuales todo es efecto y fenómeno.

Hermión también advirtió que el ser es creador, unidad, indivisible, esencia, invariable, finito, atemporal, unigénito, racional, ciencia, apodíctico, absoluto, qué, objeto, determinado, significado y causa; y que, por otro lado, el estar es creación, multiplicidad, divisible, apariencia, variable, infinito, temporal, generado, irracional, arte, circunstancial, relativo, cómo, sujeto, indeterminado, significante y efecto.

Todo ello son conceptos que se entendieron otrora, mas hogaño es improbable que alguien acceda a su significado y, en tal caso, más difícil aún es que le sirva de verdadero provecho.

Hermión, que fue un auténtico pitagórico, domeñó a la hermosa Casandra dos veces, de las cuales ésta quedó encinta de un varón llamado Critón y de un hermafrodita que llevó el nombre de Cinoscéfalo.

Este Cinoscéfalo recibió la visitación del Pitio Apolo, y el lumínico dios pronunció un sublime oráculo mientras tañía con maestría su heptacorde lira, eximio presente que le obsequió el plumífero Hermes.

Cinoscéfalo recibió del Pitio Apolo el conocimiento de los cinco artes y de las cinco ciencias nobles, de las cuales se derivan todas las demás ciencias y disciplinas así como todos los demás artes y artesanías.

Tal como le refirió Timbreo los cinco artes nobles, nombrados de menor a mayor valor son: La arquitectura y la escultura, si bien uno y otro son el mismo pero empleado para diferentes magnitudes, la pintura y el arte de la poesía. Todos ellos hasta aquí citados están sujetos a temporalidad y al devenir del Uránida voraz; sin embargo, dos son los artes eternos: La música de cíclicas resonancias y la filosofía de cumbres doradas.

A la par, las cinco ciencias nobles, mencionadas de menor a mayor consideración son: La física y la química, si bien una y otra son la misma pero empleada respecto a diferentes magnitudes, la biología y la ciencia de la filología. Todas ellas hasta aquí citadas sujetas a temporalidad y al devenir del Uránida voraz; sin embargo, dos son las ciencias eternas: Las matemáticas de profunda raíz y la muy augusta medicina que asemeja a los hombres con los dioses.

En efecto, el objeto de todo arte es la filosofía de cumbres doradas, por lo que toda actividad carente de sentido filosófico no es arte, ni noble ni vulgar; dígase a ello artesanía o artificio y se hablará con propiedad. A su vez, la muy augusta medicina es objeto y causa de toda ciencia y, en definitiva, lo que otorga toda ciencia es el bienestar del cuerpo con el alma, así como todo arte proporciona la armonía del alma consigo misma.

Que el arte y la ciencia no están separados y que, por ende, guardan completa relación entre sí como le ocurre al cuerpo con el alma y a la fe respecto a la razón, es algo que sólo un profano podría omitir.

Tan pronto como recibió el oráculo de Pitio Apolo, el hermafrodita Cinoscéfalo quedó preñado de un varón cuyo nombre fue Lisímaco, y creció hasta ser dueño de una cuadrilla de albos bueyes.

Este Lisímaco se ayuntó con la muy amable Irene, y, mientras gozaban de un deleitoso coito en el lecho de amor, cuando la grácil dama se tumbó de espaldas, estiró sus piernas y las desplegó abriéndolas de par en par dejando su empapado e hinchado sexo al descubierto, cuando deslizó sus femíneas manos por la venusta entrepierna y, ¡maravilla contemplarlo!, explayó la húmida colina desnudando así la fértil sima, Irene reveló a Lisímaco que, del fruto de su incipiente unión, lo primero a considerar sería la esencia misma de su alma y, después, los dones que los ínclitos dioses a bien consideraran de su provecho y dignidad. Estos dos elementos le acompañarían durante toda su vida, pero no así los tres subsiguientes.

Poseída por el demón que guardaba por ella, Irene continuó diciendo que los elementos temporales que padecería su futuro hijo serían, en primera instancia, los dotes ingénitos reflejados en su naturaleza, luego, la temprana formación que recibiera de su alrededor y, por último, la experiencia que adquiriese de su propio devenir.

Todo ello, en fin, tiritando de ferviente deseo, Irene entre dientes musitó que constituiría el fruto de su unión, tras lo cual Lisímaco, enardecido por la cercanía del más vivo deleite, penetró a placer y en acompasado vaivén el mullido sexo de Irene, que por entonces permanecía túmido de gusto y amablemente dilatado merced a la inconmensurable pericia de sus delicados dedos.

El regosto de ambos aumentó de intensidad hasta que orgasmo y eyaculación se dieron feliz cita. Cuánto elixir derramaría el abotagado falo en el interior de la vagina palpitante, que ésta no cesó de rezumarlo hacia el exterior por espacio de tres días con sus noches; por cierto, el mismo tiempo que el extasiante placer embargó a la muy agraciada Irene.

Del asombroso apareamiento nació el giganteo Pactólides, cuyo cuerpo se levantaba casi seis codos del suelo. Por su colosal poder fue inmediatamente reclutado para servir en el ejército del astuto Amílcar Barca, fundador de ilustres ciudades como la gran Barcino.

Era Pactólides un mozo cuando batalló en las filas del ejército cartaginés, no obstante, a tal punto montaraz que no salió de la forja lanza ni flecha alguna que consiguiera traspasar su curtida piel. Por su fuerza era capaz de levantar rocas que a cualquiera le parecerían peñascos, y disparaba su enorme pica a tal distancia que perdíase entre el vasto horizonte. Su broquel lucía unas dimensiones que podía servir de mesa a un escuadrón, y sus prodigiosas grebas bien podían rodear el tronco de una encina adulta.

Concluidas las primeras guerras púnicas, Pactólides se recluyó en Cartago llevándose consigo a su mujer Andrómaca, rolliza y de amplio caderamen, no obstante, hete aquí el formidable tamaño del falo de Pactólides, ya que inseminó el vientre de su esposa no entrándola, como cabría suponer, sino acomodando la cúspide del purpúreo glande entre los tumescentes labios vaginales y, en última instancia, regando el interior con un poderoso torrente fecundador, ¡horror causaría contemplar semejante escena!

De dicha copulación nació Ausonio, que por cierto acompañó a su ya octogenario padre en la memorable expedición de Aníbal ―ésa en la cual cruzó los Alpes y venció en el lago Trasímeno y en Cannas― tras lo cual dispensole digna sepultura en la ribera del río Rubicón, y decidió afincarse en Roma donde casó y engendró hijos.

Desposó Ausonio a la púber Escribiona, y, entre otros muchos, engendró al perspicaz Amarilio Pompilio, caro al dios de plumíferas sienes, quien al declamar sus discursos provocaba el renacimiento de animales y plantas, al tiempo que sanaba e infundía vigor a los entecos de entre quienes le oían. En efecto, cuando Pompilio declamaba ante el auditorio, el inmortal éter rielaba a su alrededor a borbollones, y las edificaciones contiguas al estrado mecían sus recios fundamentos, ¡prodigioso hecho!, siguiendo la misma cadencia que Amarilio infundía a sus divinales proclamas. Él fue quien llamó universo al uno en movimiento, amén de quien se erigió en espejo y luz de los subsiguientes oradores que habitaron la ciudad de las siete colinas.

Amarilio Pompilio fecundó el útero de su esposa Venusia, doncella de mirada glauca que ablanda los miembros, sin aparearse con ella ni una sola vez: preñó su fértil matriz con un eufónico discurso:

La ingesta de alimentos y la eyaculación seminal

en el interior de la vagina femenil: sin duda

éstos son los dos mayores instintos del hombre,

uno por ser necesario para conservar la vida, el otro,

para proporcionarla de modo que nunca termine“.

Semejante unión generó al muy querido por los inmortales dioses: Módico Proclo, quien desfloró a su madre el día que ésta lo trajo al mundo.

Que lo expuesto lo aprehendieron miembros de la Estirpe de los Anónimos, en efecto, no es menos cierto que a tal conocimiento sólo se allegan unos pocos bienhadados, sean de antaño o de hogaño, puesto que los menos son protervos o excelentes y muchos son los mediocres. FIN.


Fuente: Testamento Genealógico (Marco Pagano, 2003)

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