La creación no ha terminado...

Historia y Cultura, Paganismo y Tradiciones

LA DOCTRINA DE SALVACIÓN MARXISTA

VIDA E INFLUENCIAS DE KARL MARX

Ahora bien, toda esa recua de majaderos creía de buena gana que el devenir humano equivale a un progreso sistemático y en todos los órdenes. Estaban convencidos de que el discurrir de los años desembocaría en una sociedad perfecta, sin tan siquiera advertir hasta qué punto una interpretación lineal del destino es otro síntoma del enfermizo cristianismo.

Surgieron entonces todo tipo de mesías de la modernidad, cada uno con su particular proyecto con el cual establecer el paraíso en la Tierra: desde los ‘falansterios’ de Fourier a las ‘armonías’ de los sansimonianos, pasando por las ‘icarias’ de Cabet, tal vez el menos despreciable de todos ellos fuera Karl Heinrich Marx, nacido en el año 1818 en el seno de una familia judía y burguesa afincada en Alemania.

Después de haber estudiado en Berlín y en Roma, se doctoró en Derecho por la universidad de Jena en el año 1841. A partir de 1849, y durante treinta y cuatro años, Marx vivirá en Londres mantenido por su amigo burgués Engels. Murió en el 1883, y las consecuencias de su profunda locura aún no han logrado disiparse por completo.

Se citan como influencias del pensamiento marxista el materialismo clásico de Demócrito y Epicuro ―por cuanto igual que éstos Marx consideró al humano tan solo mera materia―, la concepción ‘dialéctica’ de Hegel ―si bien rechazará su idealismo vulgar―, la crítica política de los llamados ‘hegelianos de izquierda’ ―dícense Bruno Bauer, D.F. Strauss o Arnold Ruge―, el concepto de preeminencia de la materia sobre el pensamiento de Feuerbach, la crítica al modelo burgués de los llamados ‘socialistas utópicos’ ―dícense Saint-Simon, Fourier, Owen o Cabet―, los conocimientos económicos de los economistas políticos ‘clásicos’ ―tales como Ricardo, Smith o Quesnay― y las por entonces emergentes tesis evolucionistas de Charles Darwin.

MATERIALISMO ANTROPOLÓGICO MARXISTA

No obstante, pese a recibir influencias de tan diversas fuentes, todas ellas adolecían de la misma impotabilidad: el antropocentrismo materialista. En efecto, según Marx todo el devenir del mundo se fundamenta en los recursos materiales anejos al hombre: lo demás sólo es fingimiento y patrañas, y, además, dijo son los recursos materiales los que, en todo caso, moldean la sociedad humana y la configuran de valores y otras ‘naderías’, nunca al revés. A decir verdad, Marx nunca se llegó a plantear que la utilización de los recursos materiales, de hecho, es de un modo u otro según las inclinaciones humanas, y que éstas son tan dispares como individuos tiene la especie o lugares el orbe. Pero a él eso le traía sin cuidado, se empecinó en mirar hacia atrás sin antes liberarse de los grilletes, y, sin advertirlo, miraba retorcido, apenas con el rabillo del ojo tuerto; en fin, por lo cual sus conclusiones fueron ―en el mayor de los casos― burdas, parciales o reduccionistas.

Con todo, Marx postuló como si dijese algo nuevo que el hombre es un ser dinámico, activo y transformador, presumiendo que alguna vez alguien llegó a creer que el hombre es un ser estático, pasivo e incapaz de transformar (¿el cristianismo tal vez?). En el mismo sentido, Marx también arguyó, con suma parcialidad, que el humano es el único animal capaz de procurarse los medios de subsistencia[1] ―disparate que de ser cierto hubiese conducido a la extinción de toda vida, inclusive la humana―, y aseveró con el mismo grado de arbitrariedad que las condiciones socioeconómicas hacen al hombre. En efecto, desestimó que el hombre pudiera establecer dichas condiciones, como al fin y al cabo correspondería al genio dinámico, activo y transformador del que Marx balbuceó. Menos mal que había llegado él a otorgarnos la salvación: le estabamos todos esperando jaja.

También presentó Marx como algo novedoso el concepto del hombre, no sólo como espíritu individual, sino como un ser eminentemente social (ya no habían ‘comunidades’ sino ‘sociedades’), imposible de comprender al margen de la interrelación con sus semejantes; y, con el mismo grado de miseria y mendacidad, postuló la ‘modernidad’ de la concepción del humano como ser histórico, por cuanto se realiza a través del tiempo[2]: novedad! En fin, al igual que todo relativista, Marx dijo que debíase analizar cada sociedad según su tiempo ―como si todos los elementos de juicio fueran de condición temporal, y no existieran valores permanentes― y con semejante arrogancia creyó superar tanto a los materialistas tradicionales ―por cuanto éstos no consideran la voluntad transformadora del hombre[3]― como a los espiritualistas ―por cuanto dejan a un lado los aspectos materiales, históricos y sociales propios al ser humano[4]―. En fin, había llegado Marx. Hasta entonces todos habían sido pecadores, por exceso o por defecto, pero el redentor se había hecho carne y estaba pronto para aleccionar.

MATERIALISMO ONTOLÓGICO MARXISTA

Marx creyó refutar a Hegel en cuanto a que toda realidad es racional, arguyendo, verbigracia, que las condiciones laborales inhumanas aun ser reales no tienen  nada de racional. Sin embargo, lo cierto es que Marx confundió ‘realidad’ (causas) con ‘devenir’ (efectos), o tal vez identificó ambas cosas como lo mismo (materialismo ontológico), porque, como le ocurre a todo relativista, negó la realidad más allá de lo siempre mutable y lo propia de la materia sensible.

Pues bien, al hilo de esta concepción irracional de la ‘realidad’, Marx postuló que el ser humano se encuentra sumido en lo que llamó ‘alienación’, ‘enajenación’, ‘extrañamiento’ o ‘cosificación’. Y se refería a algo distinto a lo que señalaban tanto Hegel ―por cuanto interpretó el término ‘alienación’ como la objetivización del Espíritu en la naturaleza, y que termina con el autoconocimiento―, como Feuerbach ―que circunscribía el concepto de ‘alienación’ tan solo al ámbito de lo religioso―. Así es: Marx interpretó el término ‘alienación’ de un modo totalmente negativo ya que conduce al desconocimiento de sí (opuesto al autonocimiento de Hegel) y lo extrapoló a todos los ámbitos anejos al ser humano, como ser histórico-social (opuesto al concepto circunscripto de Feuerbach)

MATERIALISMO SOCIOECONÓMICO MARXISTA

Y es que como le sucede a todo relativista, Marx no supo ver más allá de la carne y de su devenir.

Así fue como, embebido en su carne y en su tiempo, denunció Marx dos tipos de alienación socioecónomica, a saber: la ‘Alienación del Obrero con relación al Producto’ ―por cuanto al no existir participación entre trabajador y producto a mayor producción se da una mayor pérdida de sí mismo―, y la ‘Alienación del Obrero con relación al Trabajo’, por cuanto éste no es voluntario, sino forzado, y ello provoca la bestialización del humano. En consecuencia lejos de satisfacerle, el trabajo representa sólo un ‘medio’ para lograr satisfacción, pero ello acaba siendo una espiral inacabable porque la satisfacción nunca llega.

Enfrascado en su devenir particular, Marx entendió que toda esta alienación socioeconómica, de hecho, ocurre a causa de la privatización de los medios productivos, y ésta dijo había sido llevada a cabo por los burgueses que coparon el poder. Cuando en realidad ocurrió que esta ‘alienación socioeconómica’ la lleva a término antes, ahora y siempre, la fuerza de estado mediante expropiaciones y nepotismo institucional (‘estado de bienestar’ jaja).

MATERIALISMO SOCIOCULTURAL MARXISTA

Pero el propio Marx, que exigía matizar el contexto histórico de cada sociedad, como sin darse cuenta hizo tabla rasa de todo acontecimiento, e intentó explicar que tales condiciones infrahumanas ―con relación al producto y al trabajo―, se habían dado durante todo tiempo, sólo que a través de diferentes actores, y bajo este principio de reduccionismo histórico expuso tres tipos de alienaciones derivadas, a saber: la Alienación Política ―por cuanto existe un alejamiento entre los gobernantes y los gobernados, siendo éstos dominados por aquéllos―, la Alienación Religiosa ―por cuanto la creación de dioses y divinidades, ajenas al ser humano, sólo provocan un alejamiento respecto de la ‘realidad’― y la Alienación Filosófica ―por cuanto hasta la llegada de Marx, dijo el susodicho, se interpretaba al humano sólo como espectador de la realidad, no como transformador de la misma[5]―.

Y así, creyendo decir cosas ‘modernas’, Marx reclamaba con empeño que la teoría y la práctica no debían disociarse, sino que una debía seguir a la otra. Poco le importaba que todos antes que él hubiesen reclamado lo mismo: Marx era uno de esos que metió la cabeza entera en el agua de Lete, y la frenética exigencia de nuevos postulados imponía el olvido de los antiguos (neomanía). Así ocurría por entonces y de igual modo sucede en la actualidad, sólo unos pocos ruegan para que la pesadilla termine: la muchedumbre, en cambio, se refocila y chapucean como niños en el lago del olvido.

Además, como prueba de la máxima ineptitud, Marx ordenó inscribir como epitafio en su tumba: “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. De hecho, no deja de ser paradójico que, el mismo en exigir la comunión entre práctica y teoría, al final despreciara por completo la teoría y aquellos quienes, en efecto, interpretaron la realidad a fin de transformar las personas, las conductas y, en última instancia, el mundo entero. Porque resulta obvio que todo filósofo, por muy teorético que sea, tiene como objetivo el mejoramiento de las conductas y por ende la mejora del devenir humanas. Es cierto: los auténticos filósofos piensan siempre antes de actuar y aún en medio de la acción piensan a la vez que actúan; los materialistas, que nada tienen de filósofo, invitan a la acción y desprecian el pensamiento: máximo rendimiento y mínima inversión, la ley del beneficio capitalista aplicada al ámbito cultural: ‘¡no piensen demasiado (para eso está Marx) y transformen (trabajen)!’. Los estados modernos encontraron otro mesías con el que dar otra vuelta de tuerca al pueblo: la llegada de Marx debía ser celebrada porque hasta la fecha todos habían pecado, pero el redentor se había hecho carne y estaba solícito a impartir lecciones. Incluso desde la propia tumba.

MATERIALISMO IDEOLÓGICO: EL COMUNISMO MARXISTA

Es con esta profunda soberbia con la que Marx se dedicó a interpretar la realidad, al tiempo que censuraba a quienes lo hacían de forma distinta; esta conducta sería excusable si, hubiera acertado en su interpretación de la realidad, pero lo cierto es que interpretó sólo el devenir ―que no la realidad―, y además lo hizo de un modo sesgado, parcial y reduccionista.

Con semejantes alforjas pretendió revelar al mundo su destino ―cual profeta de Yahvé que promete el paraíso en la Tierra―, y denominó ‘prehistoria’ a todo lo anterior a ese proceso, e ‘historia’ a partir del momento en que el mundo entero le hiciese caso a él. Como ocurre con todo antropocentrista, Marx creía que él era el centro del universo, y nacerían rebaños enteros que balarían en torno a su figura, como enormes rebaños balan y se despeñan siguiendo al cadáver del galileo mortificado.

INTERPRETACIÓN: LA LUCHA DE CLASES Y LA CONCIENCIACIÓN

Es cierto: Marx se dedicó a contemplar no la realidad, sino el devenir humano en base a sus recursos materiales, y advirtió que tanto la diferencia de clases como su posterior antagonismo proviene de la lucha por los medios de producción, ya sea la tierra con relación a la agricultura o las fábricas con relación a la industria. Así pues, Marx redujo el devenir humano a la dicotomía ‘mandatarios-subordinados’, y entendió que ésta siempre ha conllevado un abuso de poder; en efecto, los esclavos de la Antigüedad eran a los patricios lo que los siervos a sus señores feudales. Del mismo modo, ya en tiempos de Marx, la burguesía ejerce un lacerante abuso de poder sobre el todavía indefenso proletariado.

Por ende, Marx señaló que estos cambios en los protagonistas se deben no a factores ideológicos, sino al propio desarrollo y agotamiento del modelo económico en cuestión. Además, denunció que el antagonismo ‘burguesía-proletariado’ muestra esta prehistórica lucha de clases con una mayor crudeza y descaro que todas las demás[6]. Dicho en palabras de Marx: “la burguesía ha substituido la explotación envuelta en ilusiones religiosas y políticas[7] por la explotación franca, descarada, directa y adusta”. No obstante, según dijera, también el modelo capitalista está condenado a fenecer, pues el maquinismo hará aumentar el número de proletarios infelices, y éstos acabarán por tomar conciencia antes de emprender la revolución.

REVOLUCIÓN: LA TOMA DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN

Es entonces cuando Marx destaca a una clase de proletariado: aquellos que liderarán la revolución del ‘movimiento comunista’ con él a la cabeza. En efecto, esta clase superior de obreros comunistas, según Marx, no se destacan de la masa proletaria en cuanto a la capacidad práctica o transformadora ―como por cierto exige su epitafio―, sino que se elevan de entre la multitud merced a su capacidad teórica superior[8].

Así pues, el mencionado ‘movimiento comunista’ sería liderado por unos cuantos a fin de superar la alienación histórica, para lo cual debe eliminar su causa principal: la privatización de los medios de producción. Por ende, esta imposición de los proletarios sobre los burgueses debería producirse, según dijo, empleando la violencia si fuere necesario, pues creía que tal actitud estaba plenamente justificada, a tenor de la violencia que había sufrido la clase dominada desde el albor de los tiempos. Así fue como la propaganda burguesa influenció incluso a sus presuntos enemigos: ‘todo lo pasado es maligno, y cuanto más pasado, más pernicioso aún. Todo lo porvenir es benévolo, y cuanto más lejos del pasado, todavía más benigno’ (progresismo /cristianismo). Así los burgueses infectaron toda mente, publicando enciclopedias e historias infestadas de manipulaciones a gusto y a mayor gloria de su clase social. El propio Marx adolecía de semejante enfermedad tan burguesa.

TRANSICIÓN: LA DICTADURA DEL PROLETARIADO

Sea como fuere, el caso es que Marx entendió que, una vez el proletariado se hubiera hecho con el poder, y justo antes de lograr la liberación mediante el comunismo, debía acontecer un período de transición, que llamó con no poca elocuencia ‘la Dictadura del Proletariado’. Las directrices políticas de semejante transición son tan simples y tan vagas que producen escalofríos ―cuando no mareos― a todo quien aún conserve un ápice de entendimiento:

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería proceder a la expropiación de las tierras en beneficio del Estado; pero no especificó en qué medida o proporción, ni para qué cultivos ni con qué técnicas o bajo qué organización[9].

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería aplicar un impuesto altamente progresivo; pero de nuevo dejó sin concretar en qué medida o proporción, a través de qué organismo, en qué sectores de la economía y con qué excepciones o preferencias[10].

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería establecer la supresión del derecho de herencia; pero como en los casos anteriores ―y, de hecho, como con su vida― hizo tabla rasa y despreció cualquier tipo de excepción a la regla[11]. La reducción por sistema: máximo rendimiento y mínimo esfuerzo, la ley del beneficio y la plusvalía.

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debía ejecutar la confiscación de las propiedades de los disidentes a la dictadura; toda vez que esta disposición era del todo innecesaria, por cuanto ya se dijo en un principio que se ‘expropiarían todas las tierras en beneficio del Estado’[12].

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería centralizar el crédito en manos del Estado; pero tampoco aquí concretó cuándo y en qué medida y a quién o para qué podían otorgarse créditos fiscales[13].

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería centralizar la red de transportes en manos del Estado; pero dejó al albur del mandatario de turno los materiales, la estructura, los fines y los vehículos que debían transitarla[14].

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería mejorar los terrenos de cultivo de acuerdo con un ‘plan general’; pero tan hondo discurrir no consideró que hay tantos ‘planes generales’ como individuos sobre la faz de la tierra[15].

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería imponer el trabajo forzoso a toda la población, así como la organización de ejércitos obreros, especialmente en lo concerniente a la actividad agrícola; sin embargo, desconsideró en qué medida se precisaría el trabajo de toda la población a un tiempo, si ello es biológicamente posible siempre y para todos, o, en fin, si es lo mismo que el estado en cuestión sea de mayor o de menor extensión, si importa la densidad de población, el tipo de materias primas disponibles en el territorio, etc[16].

Según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería ofrecer educación pública y gratuita para todos los infantes y eximirlos del trabajo fabril. Así como garantizar la coordinación entre la educación y el trabajo; lo cual estaría muy bien a no ser porque Marx no propuso jamás un programa educativo, ni señaló quienes debían llevarlo a cabo, ni si éste se desarrollaría mediante profesores, mediante qué disciplina, durante qué horarios, en relación a qué asignaturas, con qué instituciones, para qué fines a fuer del trabajo físico, en qué franja de edad, con qué titulaciones, hacia qué aspiraciones, bajo que principios…[17]

Y, por último, según la teoría política de Marx, el nuevo régimen debería efectuar una eliminación gradual de las diferencias entre la ciudad y el campo; lo cual también sería digno de elogio una vez quedase claro qué se entiende por ‘campo’ y qué por ‘ciudad’, pues de hecho, son ellos términos ambiguos que precisan ser definidos con algo más que un brochazo de aquí te espero[18].

DESTINO IDEAL: LA SOCIEDAD COMUNISTA

Pues bien, creyó Marx que la aplicación de tan ambiguos preceptos conduciría al mundo ―liderado por cierta elite de proletarios― a salir de la ‘prehistoria’ para dar comienzo a la ‘historia’. En ese momento la especie humana habrá superado toda alienación, por lo que se reencontrará con su auténtica naturaleza en medio de un verdadero paraíso terrenal: según Marx, dejarán de existir clases sociales, y el trabajo supondrá su realización como persona; se verificará la colectivización de la tierra y el repartimiento de la plusvalía, todo ello otrora instrumentos represivos de la clase dominante. En palabras de Marx, la máxima que guiará la sociedad comunista será: “De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”. Vaya, que todavía asombra el hecho que no dijera aquello de: “Habitará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el becerro y el león, que como el buey, comerá paja” (Isaías 11,6-7).

A decir verdad, sólo alguien tan impreciso en la composición de las directrices políticas, de hecho, podría haber sido tan ingenuo en la previsión de los resultados. Es ello una muestra más del carácter simplista, parcial y pueril de Karl Marx, y merecería ser olvidado sino fuera por las calamidades que propició su irresponsabilidad, o por la caterva de reprobaciones que merece y que, aquí y ahora, se les son repartidas a él y a todos los que padecen su misma patología intelectual.

¿Pensó Marx alguna vez que pese a no existir clases sociales, se hace del todo necesario la existencia de al menos ciertas ‘clases laborales’? ¿Cómo pretendía una mínima organización del trabajo, sin nadie impartiendo órdenes y nadie recibiéndolas?[19] ¿No sería indispensable un capataz, ayudantes y múltiples aprendices que perpetuaran el buen hacer de cada oficio? Por cierto, ¿quién se dedicaría a los trabajos más duros?[20] ¿No serían estos obreros, al fin y al cabo, una de las clases que podría sentirse desfavorecida, con lo cual todo volvería a empezar? ¿No es inevitable cierta división laboral, y, por ende, cierta división de clases? ¿No será que el problema radica, no ya en la división de clases, sino en que ésta sea lo más justa posible?

En otro orden de cosas, ¿pensó Marx por remota casualidad qué representa el abandono de la plusvalía? Sin plusvalía, ¿cómo se llenarían las arcas del Estado? Si el Estado no cobrara una cierta plusvalía, ¿cómo reaccionaría ante imprevistos o eventuales catástrofes? ¿De qué fondo económico se serviría a fin de emprender construcciones que precisaran una fuerte inversión? En fin, ¿no es preciso el pago de una cierta plusvalía, ya sea para que el Estado afronte gastos imprevistos, o bien a fin de prestar pensiones, subsidios y todo tipo de subvenciones a los más necesitados? ¿No será que el problema radica, no tanto en el cobro de la plusvalía, sino en su correcta administración?

Y ya en un último estadio, ¿pensó Marx en los incapaces cuando sentenció ‘de cada uno según sus capacidades’? Por ende, ¿capacidades para qué tipo de actividad? ¿Para qué fines? ¿quién gozaría de la potestad para decidir algo tan ambiguo como las capacidades de cada cual? ¿Los profesores, los sociólogos, los líderes proletarios? ¿Quién? Asimismo, ¿pensó Marx en la multitud de caprichosos ―y en cuan largo es el listado de sus demandas―, al proclamar ‘a cada uno según sus necesidades’? ¿Pensó en las múltiples necesidades de los enfermos? Otra vez, ¿quién decide lo que uno necesita y lo que no necesita? Es más, ¿qué es necesario y que no es necesario? ¿Acaso lo indicó Marx? ¿Quién tendría la potestad para dictar lo uno y lo otro? ¿Los médicos, los gastrónomos, los líderes proletarios? ¿Quién?

MATERIALISMO HISTÓRICO MARXISTA

Pues bien, tanta pigricia y tanta insulsez, tanta cortedad y brocha gorda, tanta ambigüedad y dejadez, combinado con un olvido crónico, hicieron de Karl Marx uno de los individuos con mayor malignidad de la historia; por cierto, aquella historia que tan malamente entendió. Así fue como la propaganda burguesa influyó incluso en sus presuntos enemigos: ‘todo lo pasado es inservible, y cuanto más pasado más inútil todavía. Todo porvenir es benévolo, y cuanto más alejado del pasado mayor es su benignidad’.

Es cierto: fue esa perversa manipulación la que impulsó a Marx ―y más tarde a otros como Nietzsche o Freud― a convertirse en uno de los ‘Filósofos de la Sospecha’, por lo que a todo pasado se acercó repleto de complejos, recelos, prejuicios e incredulidad: ‘cualquier tiempo pasado fue peor, ¿para qué mirar hacia atrás con respeto? Adelante está la salvación… sí, es mejor mirar siempre hacia el futuro’. Así pensaban los progresistas de entonces y así piensan los de ahora; su demencia parece ya incurable, y sólo unos pocos ruegan para que la pesadilla termine cuanto antes.

El marxismo y el cristianismo comparten muchas características, por ser ambas doctrinas hipersimplistas, entre las cuales cabe destacar el determinismo histórico (progresismo): ambas son ‘doctrinas de salvación’ lineal, donde no hay regeneración sino un solo orígen y un solo destino físico y temporal. Ambos son, por lo tanto, dos tipos de totalitarismo: uno económico y el otro cultural.

EL PROCESO ‘DIALÉCTICO’ EN LA HISTORIA

Sea como fuere, el hecho es que Marx tuvo suficiente rostro como para pretender hacer ver que rechazaba una interpretación lineal de la historia, al igual que lo pretendió Hegel. Es decir, a pesar de que uno y otro interpretan la historia como un proceso que se inicia en la ‘incultura’[21] y culmina en su modelo ―la ‘filosofía hegeliana’ en uno y el ‘comunismo marxista’ en otro―, tuvieron ambos la cara tan dura como para abominar de la interpretación lineal y postular la ‘dialéctica’, que según ellos es del todo diferente.

De hecho, Marx aceptó las tres fases del proceso dialéctico, aquellas que Hegel denominó ‘tesis’, ‘antítesis’ y ‘síntesis’ y, al extrapolarlo a los Modelos de Producción, creyó entender que cuatro de estos modelos son imperfectos ―y por tanto pertenecientes a la ‘prehistoria’― y un solo modelo es perfecto ―es decir, el suyo, la ‘síntesis última y perfecta’―.

El primero es el Modelo de Producción Comunista Imperfecto[22], y según Marx, se caracterizaba por la posesión comunal de la tierra, la ausencia de división en el trabajo[23] y la ausencia de propiedad privada[24]. No obstante, Marx interpretó que la ambición de riquezas ―imposible de satisfacer a expensas de los congéneres de la comunidad― llevó a ciertos individuos al aprovechamiento de los prisioneros de guerra, a fin de saciar tal ambición.

Es por ello por lo que, según Marx, surgió el Modelo de Producción Esclavista ―cuyo paradigma son la Grecia y la Roma antiguas―, y se caracterizaba, también según el sociólogo alemán, por el claro antagonismo entre ciudadanos y hombres libres, o entre patricios y plebeyos. No obstante, Marx interpretó que llegó un punto en el cual los costos de manutención del modelo ―se supone en concepto de vigilancia y atención de los esclavos― superaron los beneficios, y en efecto, se tuvo que variar el modelo de producción[25].

Es por ello por lo que, según Marx, surgió el Modelo de Producción Feudal ―cuya cima se sitúa en la Edad Media―, y se caracterizaba, también según el adusto judeo-germano, por el antagonismo entre señores y siervos del feudo[26]. No obstante, según Marx, debido a las pestes, hambrunas y las múltiples campañas militares, y unido a que el señor feudal no cejó en obtener el mismo beneficio de sus siervos, en fin, éstos se vieron tan salvajemente explotados que iniciaron múltiples revueltas y un éxodo masivo a las ciudades.

Es por ello por lo que, según Marx, surgió el Modelo de Producción Capitalista ―el coetáneo a Marx y el aún vigente en la desdichada actualidad―, y se caracteriza por el antagonismo entre los ‘burgueses-señores’ y el ‘proletariado-siervos’. No obstante, según dijo Marx, la actividad monopolística hará aumentar el número de proletarios infelices, y éstos acabarán por emprender la revolución y la ‘dictadura del proletariado’.

En fin, es por todo ello por lo que, según Marx, surgirá el Modelo de Producción Comunista Perfecto ―cuya irrupción marcará el inicio de la ‘historia’― y se caracterizará, también según el mesías alemán, por el reencuentro del humano consigo mismo, por la realización en el trabajo y no fuera de él, por la colectivización de los medios de producción y por el fin del antagonismo de clases. Por ende, ello facilitará la creación de una superestructura jurídica e ideológica connatural al humano, y no ‘cosificada’ como sucedía hasta entonces. Y de ahí en adelante fueron felices y comieron perdices, pues colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Pero esto no es una interpretación de la realidad ―en cambio, sí lo es aquello que hicieron algunos filósofos reprendidos por el epitafio marxista―, sino una interpretación sesgada, pueril y oportunista del devenir[27].

Los modelos de tradición popular son cíclicos, se regeneran a sí mismos. El retorno implica una repetición única caracterísica: siempre es distinta debido al paso del tiempo.

LA INFRAESTRUCTURA O ‘ESTRUCTURA ECONÓMICA’

Sea como fuere, el hecho es que Marx responsabilizaba de los cambios en los modelos de producción a los recursos materiales, a los medios de producción, y, en todo caso, a las relaciones humanas derivadas de ellos. Por lo tanto, según Marx, éste era el motor de toda ideología habida y por haber, no la voluntad humana ni su espíritu transformador. Así pues, con su habitual adustez y cortedad de miras, Marx negaba de un modo insconsciente que el humano fuera un ser activo y transformador ―un ‘homo faber’, por emplear su propia terminología―: rechazó considerar cualquier factor ideológico como motor de los acontecimientos; según él, toda la humanidad permanece pasiva y al albur de los inexorables vaivenes económicos.

Pues muy bien, sea como fuere, el caso es que Marx dividió esta fuerza transformadora en dos tipos: el primero es la Fuerza Productiva, que comprende todos los medios de producción ―desde una piedra cortante hasta la máquina más compleja―, la fuerza de trabajo humana, la fuerza animal, y las fuentes de energía de las que se sirve el humano a fin de producir; el otro tipo de fuerza es la Relación de Producción, esto es, la relación de autoridad y distinción de ingresos entre los individuos durante el proceso productivo. Según postulaba Marx, en este último tipo de fuerza se ha basado, a lo largo de la historia, en el antagonismo de clases[28].

LA SUPERESTRUCTURA O ‘ESTRUCTURA IDEOLÓGICA’

También esta superestructura la dividió Marx en dos áreas: la Organización Sociopolítica ―que la clase dominante utiliza a fin de perpetuar su hegemonía, y se halla representada en las instituciones del Estado y en el Derecho Jurídico― y la Organización Sociocultural ―que la clase hegemónica utiliza como instrumento de dominación, y se identifica con la ‘religión’, la ‘moral’, la ‘filosofía’ y el ‘arte’―.

En resumidas cuentas, según el enloquecido alemán lo existente es una conspiración histórica contra el proletariado; ahora bien, Karl Marx había llegado al mundo. Hasta la fecha todos habían pecado y sufrido penalidades sin cuento, pero el redentor se había hecho carne y estaba presto a guiar a los rebaños. En efecto, nacerían rebaños enteros que balarían en torno a su figura, al igual que incontables rebaños balan y se despeñan siguiendo al cadáver del judío atormentado.

Marxismo y cristianismo son dos tipos de mesianismo, uno económico (palabra de Marx) el otro cultural (palabra de Cristo), donde hay un destino determinado en el cual todos los conflictos se solucionan (ataraxia totalitaria)

SOSPECHA DE LA ORGANIZACION SOCIOCULTURAL DE LA SUPRAESTRUCTURA

Marx afirmó que toda religión es una mera fantasía del ser humano (Sospecha de la Religión), y que es empleada por la clase dominante para que los dominados dirijan la vista a un mundo inexistente, prometiendo así el ascenso a una realidad sin esclavitud. ¿Y bien? ¿No es Marx quien prometió un mundo libre de sometimientos a condición de seguir sus dictados? ¿No pretendía dirigir la vista de quienes le escuchaban hacia un futuro inexistente? ¿Quién es en realidad el embaucador? Porque las benévolas religiones no prometen otra vida mejor sin más, como hiciera Marx, sino a condición de padecer esfuerzos y lograr una purificación de hábitos. Asimismo, las auténticas religiones no prometen un paraíso terrenal ―pues entienden que es difícil que surja e imposible que se eternice―, como por cierto sí hizo Marx, sino un estadio mejor de naturaleza sobrehumana, algo inconcebible para ateos de coña y roña como Marx y toda su hedionanda conhorte progresista.

Y es que Marx forjó también toda una Sospecha de la Moral, y sentenció que ésta es tan sólo un conjunto de ideales que surgen de ciertos factores socioeconómicos, y que son presentados como verdades atemporales, sin vínculo alguno con los intereses materiales. Según Marx, todo ello se lleva a cabo para someter a la clase dominada. Sin embargo, ¿es cierto que tales principios carecen de vínculos con los intereses materiales? ¿Acaso es poco relevante tener principios o prescindir de ellos a fin de compartir el trabajo? ¿Acaso no es por el interés material que los burgueses explotan al proletariado? ¿No será que de la bondad espiritual se deriva toda bella acción y todo provecho material? ¿Por qué no iba a tener vínculo con intereses materiales, precisamente, aquello por lo cual existe la materia? Por ende, ¿no fue Marx quien pretendió establecer una verdad única y estable con relación a unas condiciones múltiples e inestables? Porque si bien parece hermoso y adecuado el postular verdades universales respecto a lo universal, por el contrario, resulta arrogante y repulsivo pretender hacerlo con relación a lo particular, como en efecto hizo Marx al presentar su síntesis del comunismo perfecto.

Y aún le quedó tiempo al infeliz de Marx para reprobar que próceres antiguos, como Sócrates o Platón, consideraran compatible la esclavitud con los más altos principios éticos y morales. Y es cierto: consideraban digna la servidumbre[29] del mismo modo que el cuerpo es compatible con el alma, y no pretendieron establecer un paraíso en la Tierra, sino un modelo de gobierno que fuera lo mejor posible, conforme a naturaleza humana, no divina. De hecho, es Platón quien señala del gobierno perfecto que “a éste, en efecto, no cabe duda que hay que ponerlo aparte como a un dios frente a los humanos de todos los demás regímenes políticos” (Político 303b). El inveterado ateísmo de Marx le impedía pronunciar sentencias tan nobles y piadosas: él era el centro del orbe y su régimen el destino último de la historia. En fin, a decir verdad, Marx no llegó jamás a la semejanza de un filósofo, pues éste ama la sabiduría y Marx, en cambio, creía atesorarla por completo[30]. Pero tampoco fue un proletario, ni tan siquiera una persona decente: su carencia de principios y de ideología, unida a su amoralidad y al ateísmo, abrió las puertas a los regímenes progresistas ―todos ellos dictaduras infames― y suscitó a las mentes más corrompidas el atroz nihilismo: fondo abisal de la triste degeneración humana.

Fuente:

Historia Crítica de Filosofía, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2005)

[1]     Habida cuenta semejante parcialidad, Marx instó a cambiar el término ‘homo sapiens’ por el de ‘homo faber’, y sería irresponsable sólo mentarlo sino fuera porque da muestra de los umbrales de la idiocia humana. Tomen nota del reduccionismo materialista que padecía el sujeto de referencia.

[2]     Esa idea es tan antigua, por lo menos, como el origen de la propia escritura. Ya el poeta Hesíodo recitó, algún tiempo antes que Marx, sobre el devenir histórico del ser humano. Véase, por ejemplo, el ‘Mito de las Edades’ en Hesíodo Trabajos y Días 105 – 200.

[3]     No en balde son los llamados ‘mecanicistas’, grupo al que de hecho pertenece Marx, como se verá más adelante.

[4]     Ah!, la eterna batalla por conseguir el centro.

[5]     Aquí Marx volvió a mezclar con suma torpeza el devenir y la realidad, sin distinguir que el devenir sucede a causa de la realidad, igual que el humano deviene porque goza de un alma que existe y que le transforma.

[6]     Extraña que ante tanto alarde de sutileza Marx no estuviera considerado un gran historiador, por supuesto además de un importante economista, sociólogo, humanista, intelectual, abogado, jurista de derecho natural, politólogo, revolucionario, periodista, filósofo, científico, y un largo etcétera que tanto gusta a los burgueses liberales de aúpa y agrupa.

[7]     Esa es la teoría que tanto minusvaloró Marx, pero sin la cual sería imposible progresar como es debido. Asimismo, la teoría marxista no deja de ser una ilusión política ―aunque en realidad no llegue a tanto―, por cuanto lo cierto es que se censura a sí mismo una vez más.

[8]     Al fin y al cabo, el propio Marx reconoció, quizá sin darse cuenta, que actuar sin argumentos previos es necio, porque en la previsión es donde radican las bondades de toda teoría que se precie.

[9]     Tamaña vaguedad en los conceptos propició las políticas de minúscula privatización de Lenin (NEP) en los principios de la URSS o el Nuevo Mecanismo Económico (NME) de Janos Kadar en Hungría.

[10]    Esta pigricia en la exposición dio pábulo a las corruptelas, sinecuras, desfalcos y evasiones impositivas en todos los regímenes progresistas.

[11]    Esta simplificación dio pie a todo tipo de desmanes con la política de viviendas, amén de coadyuvar a la aparición de un sentimiento de inseguridad latente en las poblaciones sometidas a los regímenes progrefachas.

[12]    Esta redundancia irresponsable sólo hizo que aumentar los recelos al régimen marxista. Y con razón.

[13]    Eso no puso traba alguna a que la mayor parte del crédito revirtiera en armamento y operaciones de propaganda personalista.

[14]    Tamaña dejadez auspició que las inversiones en infraestructuras se dedicaran a la intercomunicación industrial, dejando las conexiones agrícolas en condiciones paupérrimas. Una vez más el campesinado sufría el progreso en la Modernidad.

[15]    Esta vaguedad en la exposición de conceptos no aportó nada a las políticas de ‘planes quinquenales’, que en su conjunto fueron una calamidad. Adviértase hasta qué punto esto es así, que una potencia como la URSS se vio obligada, durante la década de los 60 a importar grano de Australia, Canadá y los EUA, pagando con oro y a precio de oro. En la década de los 70, tuvo que importar cereales de la India.

[16]    Tantísima imprecisión coadyuvó a las terroríficas matanzas que perpetraron la mayoría de regímenes filomarxistas ―todos ellos dictaduras personalistas―. Además, esta disposición contradice el principio de superación de la alienación socioeconómica.

[17]    Ello fue caldo de cultivo al adoctrinamiento sistemático llevado a cabo por los regímenes progresistas, basado en el culto personalista y sin un atisbo de enseñanzas morales más allá del provecho material e inmediato.

[18]    Huelga advertir la importancia, además, de qué se entiende por aprovechable del ‘campo’ y qué de la ‘ciudad’.

[19]    En efecto, es lícito pensar que Marx era en el fondo un anarquista acomplejado.

[20]    No es fácil imaginar a Marx bajando a las minas de carbón, aunque hubiera sido del todo justo.

[21]    No en balde Marx adoraba las tesis de C. Darwin.

[22]    Que en su reduccionismo patológico Marx denominó ‘asiático’.

[23]    Según creía Marx con pasmosa puerilidad.

[24]    Según creía Marx con su habitual simpleza y reduccionismo.

[25]    Marx negaba, con su habitual brutalidad intelectual, que el hombre hubiese transformado la realidad: rechazó cualquier factor de cambio ideológico; según él, toda la humanidad permanecía pasiva ante los vaivenes de la economía. Ahora bien, fue él quien dijo que el humano es un ser dinámico, activo y transformador; como también fue él quien acusó a quienes creyeron que era un ser pasivo e incapaz de iniciativa propia. Cosas del mesianismo y las doctrinas de salvación…

[26]    No contemplar el factor ideológico del violento cambio de religión, culminado por el genocidio mesiánico, es de tal arbitrariedad que hiela la sangre. De hecho, los feudos y las ‘civitae christianae’ fueron el primordio de las sociedades capitalistas.

[27]    Sorprende que ante semejante alarde de anticipación Marx no fuera considerado profeta o arúspice, además de economista, sociólogo, humanista, intelectual, abogado, jurista en Derecho Natural, revolucionario, filósofo, politólogo, científico, quizás historiador y un larguísimo etcétera que tanto entusiasma a los burgueses liberales de aúpa y agrupa.

[28]    Según se dice, ‘relaciones de propiedad’ es el término jurídico que designa tales relaciones.

[29]    Véase Jenofonte Recuerdos de Sócrates III 13,3-6 y IV 2,22-23y31.

[30]    Es precisamente este secuestro del conocimiento la causa primordial del triste devenir humano. Si bien es cierto que los sofistas apuntaron por donde irían los desmanes, fue la curia mesiánica la que acabó por adueñarse de la transmisión e interpretación de todo conocimiento. Más adelante, el método empleado en la misa sería adoptado por toda la infame horda de sofistas, y aún en la actualidad tal secuestro pasa inadvertido al total de los sufrientes humanos. En definitiva, Marx apenas pudo estar más equivocado: lo cierto es que el factor motriz de la historia no fue tanto la adquisición del poder material (imperialismo) como el control del poder ideológico (cristianismo), puesto que de éste siempre se deriva aquél, mientras que aquél no siempre implica a éste.