La creación no ha terminado...

Astronomía y Paranormalia, Historia y Cultura, Humor y Sexo, Salud y Ecología

EL PLACER DECADENTE DE EPICURO

VIDA Y PENSAMIENTO

A Epicuro le vio nacer la encumbrada isla de Samos, allá por el año 341 antes de la Modernidad (a.M.). Su inclinación por el pensamiento le surgió de muy joven, y sintió especial predilección por la doctrina del antiguo maestro Demócrito[1] de Abdera.

Pedirle a Epicuro la composición de un sistema complejo y autosuficiente de la realidad, habida cuenta las magnánimas generaciones que le precedieron, es cuanto menos una exigencia falta de la sensatez y proporcionalidad[2]. Sin embargo, su acercamiento a las tesis democríteas y la facilidad con la que la doctrina del placer se difunde entre el vulgo, por cierto, le ha conferido un hueco en la historia del pensamiento humano.

Sus contemporáneos lo describen como un hombre de gustos refinados ―un sibarita―, con gran dominio de sí mismo y sereno hasta la dolorosa muerte que hubo de padecer hacia el año 270 a.M., el mismo día en el que dejó escrito para su amigo Idomeneo: “Te escribo estas líneas este día feliz que, pese a todo, es el último de mi vida. Los dolores en el estómago y los riñones me acometen de continuo. Sin embargo, éstos se ven ampliamente compensados por el gozo en mi alma cuando recuerdo nuestras pasadas conversaciones filosóficas”[3].

En efecto, Epicuro murió postrado de dolor ―aquel que tanto rehuía y despreciaba― en el huerto que poseía, y al que se allegaban sus compañeros para conversar. De ahí que la escuela que fundó en el año 306 a.M. se identificara bajo el nombre de ‘El Jardín de Atenas’. Allí Epicuro postuló que lo importante para el humano es la amistad y alcanzar la felicidad individual. Ahora bien, en qué consistía la verdadera felicidad nunca lo dijo ―más allá del placer de cuerpo y más allá de morir sin dolor―, y como despreciaba el conocimiento teórico, quizá jamás llegara a saber qué era la felicidad ―si él consideró que murió siendo feliz, ésta sería una especie de mezcla de dolor intenso y placer intenso―, más allá del engorde y de la satisfacción en vida. Y que sin el conocimiento teórico resulta más difícil encontrar el saber práctico, en fin, es materia que acaso ni por casualidad le pasara por la cabeza, como tampoco que ambos saberes se complementan, pero jamás se excluyen.

LA FÍSICA DE EPICURO

Del genial Demócrito, Epicuro repitió aquello de que ‘nada surge de nada’[4] y que ‘el Todo consiste en átomos y vacío[5] y es infinito. Ahora bien, ¿cómo llamar ‘todo’ a lo que carece de por lo menos dos extremos y un punto medio? Porque si aquello que es infinito carece de límites, también carece de un medio. Entonces, ¿a qué ‘todo’ se referían Demócrito y Epicuro?

Sea como fuere, según Epicuro el átomo posee tres propiedades físicas, a saber: la Magnitud ―que dijo es variable entre un tope máximo y un tope mínimo, y es invisible[6] e indivisible―; la Figura ―siendo limitado el número de figuras o formas que puede adoptar un átomo[7]― y el Peso ―propiedad que no explicitó Demócrito y que para Epicuro es la causa del movimiento de los átomos en el vacío―. Además, con relación a esto último, el samio creyó que los átomos pueden desviarse de un modo ‘espontáneo’ de una supuesta línea recta de caída, y es entonces por todo ello que se producen colisiones entre los ellos.

Temerario lector, ¿acaso este desapacible párrafo muestra algún tipo de coherencia? La respuesta es ‘no’; y ahora se le dirá por qué.

La pseudo-doctrina atomista de Epicuro no guarda coherencia consigo misma, por cuanto dice que la ‘magnitud’ de los átomos es limitada, tanto en lo mayor como en lo menor, y sostiene a un mismo tiempo que el Todo es ilimitado. Pues bien, si todos los átomos crecen y decrecen hasta un punto máximo y mínimo, y si además nada se genera de nada, ¿cómo podría ser el Todo ilimitado, habida cuenta está formado por átomos limitados tanto en ‘magnitud’ como en ‘figura’?

Asimismo, la pseudo-doctrina de Epicuro no guarda coherencia consigo misma, por cuanto considera el ‘peso’ como causa del movimiento de los átomos. Sin embargo, en honor de la verdad, ¿no parece más sensato afirmar que el ‘peso’ es siempre movido por algún agente, y no al revés? Si como creía Epicuro los átomos caen en línea recta, ¿no habrá una gravedad que los arrastre hacia abajo? Y ¿por qué todos se dirigen hacia abajo, y no hacia un lado o hacia arriba? Es más, ¿por qué caen en línea recta y no curva? Y ¿qué significa que se desvían ‘espontáneamente’? ¿Qué fuerza les obliga a ello? ¿Por qué, entonces, no sucede lo mismo con lo que es? ¿Por qué, entonces, el Todo no se genera también por azar? ¿También él pretendía decir la verdad por azar? Con todo, aún surge una pregunta más: ¿es el ‘peso’ de los átomos ilimitado, o tiene cierto límite al igual que la ‘magnitud’ y la ‘figura’?

Esto es lo que sucede cuando alguien, pese a no creer en la razón teórica, pretende razonar su teoría…

Sea como fuere, para el mecanicista de Samos nada ocurre con relación a un fin ni por motivo alguno[8]. Todo lo confiaba al azar[9]. Allá quien trague ese pienso de ateos.

Como apunte anejo cabe señalar que, si bien según Epicuro los átomos sólo poseen magnitud, figura y peso, los cuerpos conformados de átomos además presentan cualidades como color, sabor, olor, textura, etc., tal vez omitiendo que también los cuerpos poseen magnitud, figura y peso. Otrosí, el samio parece evitar una duda que se antoja sin mucho esfuerzo: si tal y como asevera Epicuro las cualidades de los cuerpos existen, ¿de qué están hechas esas cualidades? ¿Quizá exista algo distinto a los átomos y al vacío pero el sapiente Epicuro, aun conocerlo, guardolo para sí? O ¿no será que las cualidades de los cuerpos en realidad no existen y son sólo apariencias? ¿Será éste un jeribeque más del travieso azar?

Así pues, no es raro que un pieza como Epicuro sólo contemplara el cuerpo, la carne y la grasa; por lo que hundiendo sus deformes pezuñas en el charco de sus propias diarreas, teniendo por único modelo el cuerpo, la carne y la grasa, creyó entender que el alma es mortal y se disipa una vez el cuerpo deja de funcionar.

Según Epicuro, el alma está formada por cuatro elementos, a saber: el Aliento Vital ―que determina el movimiento[10] del cuerpo―, el Aire ―que otorga el reposo al cuerpo― y el Fuego, que proporciona el calor al cuerpo. Otrosí, el samio explicoteó que existe un cuarto Elemento Innominable, que presuntamente se encargaría del proceso de la percepción. Ahora bien, tal vez por su desprecio al ejercicio teórico, no quiso entender que el ‘Movimiento’ y el ‘Calor’ acaso sean una misma cosa ―o mejor dicho que éste es causa de aquél―, como quizá tampoco, y también por el mismo motivo, fue capaz de advertir que nada hay en ‘reposo’ ―pues dejaría de existir, y eso no puede ser tal y como nada surge de nada―, sino que todo se mueve de un modo u otro.

Por lo tanto, el ‘Aliento Vital’ y el ‘Fuego’ serían lo mismo y el ‘Aire’ no tiene por qué relacionarse más con el reposo que con el movimiento. En cuanto al gracioso ‘Elemento Innominable’, Epicuro debería haber explicado si se encarga de otorgar la percepción al cuerpo o bien al alma ―habida cuenta que los otros tres elementos se relacionaban con el cuerpo―, ya que da la impresión de que lo dejó sin nominar porque le horrorizaba emplear palabras como ‘intelecto’, ‘razón’, ‘inteligencia’ ‘entendimiento’, ‘juicio’ o ‘mente’, que definen, todas ellas, aquel elemento que percibe tanto para beneficio del cuerpo ―los objetos sensibles―, como para sí mismo ―aquello que es de su misma condición inteligible―.

Como apunte anejo, oportuno es advertir la carencia del más mínimo fundamento cuando Epicuro, el azaroso samio, asevera que la causa de ‘movimiento’ corporal muere a la par que el cuerpo. También acusa deficiencia cuando asegura que la causa del ‘calor’ desaparece misteriosamente, como por arte de birlibirloque. Y, finalmente, padece la misma deficiencia al sentenciar que la causa del ‘reposo’ de repente se disipa entre los átomos, sin más. Pero…, ¿a qué detenerse enrededor de la piedra o la encina? El azar es la respuesta segura. La que nunca falla.

¡Ah, osado leyente! A estas alturas entenderá que al mecanicista de Samos, un gandul escurre-bultos, un tonto de vitrina, un especimen sin principios, poco le importaba abjurar de lo que creía o jurar por aquello que no creyó jamás. En todo caso, eso debía supeditarse a su propia felicidad, y, en efecto, el dolor debía evitarse a toda costa, sobretodo el que fuera innecesario.

¿Qué dolor, entonces, merecería sufrirse en vistas al más allá? Ninguno, si fuese cierto que el alma perece con el cuerpo. Por lo tanto, los únicos dolores soportables serían aquellos que, tras haberlos padecido, mereciesen la pena mientras durase la vida de uno mismo. Si la ganancia del dolor no era mundana, no tenía porque ser sufrido.

Así pues, ¿iba a declararse ateo entre una comunidad de piadosos? ¿Iba él a morir defendiendo ideas o principios, cuando al fin y al cabo son objetos no estrictamente materiales ―es decir, inexistentes según él y los de su ralea―, y aun cuando esa defensa no reportare placeres inmediatos? ¿Si la recompensa a sus acciones se hallaba más allá del velo de Isis, iba a poderlo ver a trasluz quien del velo hacía pañuelo para soplarse las mucosidades? En absoluto, leyente de la estirpe de petróleo, no era capaz de asumir ese riesgo un ser tan cobarde como Epicuro. Al igual que Aristóteles, prefirió esconder su ateísmo y recluirse apartado de los piadosos.

Por consiguiente, de un modo casi irónico, para eludir la condena de ateísmo[11], Epicuro llegó a admitir la existencia inmortal de los dioses[12], asegurando además que habitan espacios interestelares, que son felices, que no intervienen en ninguno de los asuntos mortales[13] y afirmó que son de aspecto antropomorfo[14], como se representan en las estatuas. No obstante esto último, Epicuro aconsejaba a sus compañeros no caer en la representación vulgar de los dioses, y recriminaba las percepciones simplistas que de ellos hacía la muchedumbre.

Sea como fuere, habida cuenta la aseveración del samio, y en cuanto a que los dioses no mantienen relación alguna con el ámbito mundano[15] ―ni tan siquiera por azar ja ja―, el ‘sapiente’ Epicuro desveló a la humanidad que los fenómenos naturales procedían de causas naturales siempre, y que por tanto, ningún acontecimiento debía explicarse con mitos o discursos sobre lo divino, sino que todo ocurre a causa de los átomos, su caída en línea recta y el azar espontáneo.

En efecto, el ‘sapientísimo’ Epicuro había copado todo saber, toda cima. Con su método, cualquier fenómeno puede ser explicado: todo es fenómeno, todo azar. Por ejemplo, al leer un texto, el humano debe evitar comprender más allá del fenómeno, pues no hay ‘más allá’, y los dioses jamás intervienen en nada mortal. Así que no sufras, descansa, si no entiendes algo, no te esfuerces, busca el placer inmediato igual vas a morir pues muere como un cerdo.

Según Epicuro la percepción de este texto escrito, ahora mismo, se debe a que los átomos que configuran el papel y la tinta se disponen de tal modo ―por azar―,  que adoptan ciertas cualidades como el color blanco y el color negro; una serie de trazos con formas complejas y espontáneas que, en fin, se interpretan mediante unos órganos llamados ‘ojos’ formados a su vez por infinidad de átomos que caen y chocan por azar y que, también por casualidad, tienen la caprichosa facultad de ver lo que hay enrededor. Asimismo, el humano posee un cerebro que analiza esa percepción de los ojos, casualmente, debido a que hay una enorme cantidad de átomos que caen y chocan por azar, y en consecuencia, el humano percibe aquello que ve. ¿Quién da más?

Tanta ‘sabiduría’ atesoraba el gran filósofo Epicuro, que todo se podría explicar con su siempre infalible doctrina que postuló ―por casualidad y sin ninguna causa o motivación―. Haciendo uso de su método, también se podría hallar la causa física de los rayos. De hecho, el rayo no es más que un conjunto de átomos que caen en línea recta, y entonces, debido a su espontánea configuración y peso se mueven de tal modo que, por azar, colisionan y producen un rayo; finalmente, los átomos se disipan y siguen su caída libre por otros derroteros del azar[16].

La teoría atomista es un intento de explicar la acción del Éter (electromagnetismo), el quinto elemento que es orígen y sustrato de los otros cuatro.
El Éter es la energía que no sólo acciona los átomos, sino también la atmósfera terrestre y también las células y neuronas de plantas y organismos vivos.

Toda esta ‘honda comprensión’, el ‘sapiente’ Epicuro la formuló mediante un breve resumen que, con tan sólo recordar, aseguraría la felicidad completa hasta la muerte. Tanto es así que confío a su amiguete Heródoto las siguientes palabras: “confío en que esta exposición es suficiente si se domina con precisión[17], aunque no entre en detalles, como para proporcionar a sí misma una incomparable y sólida confianza, en comparación con los otros hombres. (…)Si conservamos estas explicaciones en la memoria podrán servir de ayuda continuamente[18]. Siguiendo el hilo de esto último, una carta remitida a Pítocles concluye: “conserva todo en la memoria y así te mantendrás alejado del mito”.

Es cierto, el materialista Epicuro, tal vez por necedad o quizá por amorfia moral, recomendaba huir del mito al no comprender que éste no es un fin en sí, no es una doctrina cerrada o revelada, sino que sirve de herramienta popular precisamente para llegar a los fines, los mitos son ‘cuentos’, ‘fábulas’, ‘dichos’populares, y así deben ser considerados con su grandeza y sencillez a un tiempo.

EPISTEMOLOGÍA SEGÚN EPICURO: LA CANÓNICA

Es natural, por tanto, que un hombre tan grosero como para desconsiderar la moral implícita en los mitos, rechazara también lo mejor de quienes le precedieron; a saber, la dialéctica de Platón y la analítica de Aristóteles. ¿Para qué le servían a Epicuro tantas cavilaciones? Los conceptos no ofrecen ningún placer, que se sepa: no se pueden ver ni oler; no se comen ni se beben; no se pueden acariciar ni manosear siquiera; tampoco tienen ningún orificio por donde puedan penetrarse y gozar…, en fin, ¿de qué sirven entonces? Para el zafio Epicuro, los conceptos no tienen utilidad: solamente aquello que se ve o se huele, que se come o se bebe, que se acaricie o se manosee, o que se pueda penetrar y gozar, sólo cosas de ese tipo, en efecto, son importantes según Epicuro.

De hecho, para el samio hedonista únicamente la percepción a través de los sentidos corporales otorga el verdadero conocimiento, e identifica cuatro criterios verdaderos; a saber, la Sensación, las Afecciones ―ya sea el ‘placer’ o el ‘dolor’― la Anticipación y las Proyecciones Imaginativas.

En cuanto a la Sensación, Epicuro creía que es el fundamento de todo conocimiento ―ya fuera simple o abstracto― por cuanto según él los sentidos sólo dan información verdadera. De hecho, siempre según el samio, el error sólo puede provenir de un juicio posterior, amén de que puede corregirse mediante la experiencia. Por ende, a partir de las sensaciones se obtienen las Afecciones, que bien pueden ser de placer ―según Epicuro conforme a natura y deben perseguirse― o de dolor ―las cuales deben ser evitadas, pues son contranatura―.

Además de estas dos herramientas para percibir la realidad ―que acaso no sean dos, sino la misma vista desde diferentes perspectivas―, Epicuro consideró la Anticipación, que viene a ser la experiencia acumulada de ‘sensaciones’ y ‘afecciones’, con la cual se advierte lo conveniente y lo que no lo es, y, finalmente, el sapientísimo samio reveló al mundo que existen las Proyecciones Imaginativas, que apenas pudo explicar, ya que odiaba tanto el procedimiento dialéctico como el analítico.

En resumen, lo cierto es que Epicuro llamó ‘Anticipación’ a la ‘experiencia’ ―cuya interpretación no será siempre acertada―; y el nombre pomposo de ‘Proyecciones Imaginativas’, de hecho, no es más que un rótulo de vendehúmos para sortear palabras como ‘razón’, ‘intelecto’, ‘sentido común’, ‘inteligencia’, ‘entendimiento’, es decir conceptos que el ‘sapientísimo’ hedonista tanto odiaba.

En definitiva, osado leyente que aún sigue el relato, decir que ‘Sensación’ y ‘Afección’ son sinónimos y significan prácticamente lo mismo[19]; y en cuanto a la sensación de ‘placer’ ―que Epicuro aconseja seguir―, cabría verle a él, o algún otro patán como él, bebiendo vino de una crátera: vino del bueno, brillante, dulce y espumoso; pero con mortífera ponzoña. Asimismo, cabría verle aconsejando esto mismo a un tiñoso, a un alcohólico o a un pederasta.

Por otro lado, en cuanto a la sensación o afección de ‘dolor’ ―que el ‘gran maestro’ aconsejaba rechazar― cabría preguntarse cómo pretendería entonces fortalecer su cuerpo; de qué modo potenciaría su capacidad de estudio, o cómo se apañaría con una extremidad gangrenosa.

ÉTICA SEGÚN EPICURO

Si fuera sensato, seguro que aceptaría padecer esos dolores u otros semejantes, porque el provecho o el malogro ―tanto de los dolores como de los placeres― se establece con relación a los fines, aquello en lo que no creía Epicuro. Sin embargo, tuvo que moderarse, al fin, y rendirse a la evidencia. En cuanto a los placeres, rectificó argumentando que deben evitarse aquellos de los que, según dictamen de la razón, se derivaren dolores superiores al propio placer. Por otro lado, y empleando el mismo argumento, arguyó que han de ser aceptados sólo aquellos dolores de los que, según dictamen de la razón, se derivaren placeres superiores al propio dolor.

Es por esta sensata explicación que Epicuro no está considerado un hedonista integral, como lo fuera Aristipo de Cirene, sino más bien un hedonista moderado. No obstante, ¿contemplaron ambos el estado medio entre sentir placer o padecer dolor? Aristipo lo desestimó por su obcecación en el placer, y en cuanto a Epicuro…, ¿quién sabe?, pero en este sentido, la vida se le hizo corta y encontró además un final doloroso.

A pesar de todo, no es Epicuro un completo desecho del pensamiento humano, y ciertas agudezas deben tenérselas en cuenta. Por ejemplo, es interesante la división que formuló respecto a los deseos humanos. Epicuro aseguró que existen tres clases de deseos, a saber: los Deseos Naturales y Necesarios ―que garantizan la supervivencia o la procreación de la vida, como alimentarse, abrigarse, beber, dormir, sexo, etc.―, lo cuales, según Epicuro, siempre deben ser satisfechos; los Deseos Naturales e Innecesarios ―que son los deseos anteriores pero llevados al exceso tanto en cantidad como en lujo, siendo entonces superfluos, deben evitarse pero, si no hay gran peligro, según Epicuro, se pueden disfrutar con cierta medida―, y, por último, los Deseos Artificiales e Innecesarios ―que son provocados por la opinión ajena, como los anhelos de riqueza, fama, gloria, etc.―, los cuales deben ser evitados siempre, dado que son fuente de infelicidad[20].

Pues bien, esto que parece tan prudente y ajustado a razón, de hecho, ya fue descrito otrora por Platón con dos generaciones de adelanto. En efecto, es en el magistral diálogo Filebo 62e donde el padre de la Filosofía ―entre bellas y buenas exégesis―, distingue tres tipos de placer, a saber: los ‘placeres puros’ ―aquellos que no comportan dolor en absoluto―, los ‘placeres impuros’ ―que conllevan dolor consigo, el cual se hará presente tarde o temprano― y los ‘placeres necesarios’ ―aquellos que pueden conllevar dolor o no―.

Parece obvio, entonces, que los ‘placeres necesarios’ de Platón corresponden a los ‘Deseos Naturales y Necesarios’ de Epicuro, y, a la par, también engloban a los ‘Naturales e Innecesarios, que según Epicuro son el exceso de aquellos pero no otros diferentes. Asimismo, los ‘placeres impuros’ de Platón equivaldrían a los ‘Artificiales e Innecesarios’ de Epicuro, mientras que el hedonista moderado, a diferencia de Platón, no llegó a contemplar la naturaleza de los ‘placeres puros’. ¿Cómo iba a hacerlo, si él no prestaba atención a los conceptos? ¿Qué ‘placeres puros’ podía conocer Epicuro, si pensaba que los dioses no tenían relación alguna con los humanos?

Así pues, el filósofo que llevó por sayo y bandera el placer no atisbó cuál era su mejor naturaleza; por el contrario, aquel del cual se dice que lo abominaba, Platón precisamente, fue quien consideró su más pura naturaleza. Ahí se distingue un religioso de un ateo: unos miran causas, otros sólo efectos de aquéllas. Unos, el Bien Común, otros la felicidad individual. Unos, con cuello expedito miran hacia el vasto cielo, otros, con argoya de hierro ven sólo pared, suelo y sus pezuñas.

Pero bueno, osado leyente que tanto aguarda y espera, ¿creía usted que la procacidad conoce límites? Pues desengáñese, Epicuro llegó a formular cuatro ‘remedios’ a cuatro grandes temores que, según el samio, perturban a todo sufriente comedor de pan. Algunos, por exceso de ocio, a este conjunto de ‘remedios’ lo llamaron ‘Tetrafármakon’. Los cuatro grandes temores que creyó identificar fueron los siguientes, a saber: el temor al Destino ―que según el mecanicista de Samos no existe como tal, sino que todo acontece por el azar y las corrientes espontáneas de átomos, con lo cual, debían ser olvidadas todas las causas de tipo divino o mágico―; el temor a la Muerte ―que según Epicuro acontecía tanto al cuerpo como al alma y, por tanto, no había especulación posible sobre el más allá―; el temor a los Dioses ―que es inútil, según el hedonista moderado, por cuanto no mantienen relación alguna con los mortales[21]―, y, por último, el temor al Dolor ―del cual decía Epicuro que no había por qué temer, ya que ‘si el dolor se prolonga en el tiempo, acaba por hacerse soportable, por el contrario, si el dolor es muy intenso, acostumbra a ser breve’―. Tales eran los temores de los que Epicuro libraba a la gente, y con ello, procuraba la felicidad completa a sus allegados[22].

¿Qué objetar al respecto del tan admirado ‘Tetrafármakon’? Pues bien, en cuanto al temor al ‘destino’, ¿acaso no produce mayor temor y desasosiego que todo ocurra por azar y que, por tanto, todo escape a control o a razón posible? ¿No es más irracional creer que todo ocurre por casualidad, sin justicia ni castigo, sin aprendizaje o rectificación, sin provecho ni recompensa, sin conclusión y trascendencia? ¿No produce mayor angustia y desesperación pensar que cualquier acción que se lleve a cabo ―a fuer de ser buena o malvada, se emplee el esfuerzo que se emplee― tendrá efectos totalmente arbitrarios: ahora excelentes, luego nefastos y más tarde mediocres? ¿No es, en sí mismo, este azar inexorable, una condena fatal, un destino irremediable hacia la desaparición, una expectativa de futuro hueca, vana, pusilánime y enfermiza[23]?

Así pues, claro que no se debe temer al destino, pero no porque esté sujeto al azar o simplemente no exista, sino porque sí existe y se ajusta a ley. Por tanto, los bienhechores deben felicitarse porque sus esfuerzos mejoran su porvenir, y los malhechores, por su parte, deben felicitarse también, ya que disponen de elementos objetivos para mejorar incluso después de la muerte.

En cuanto a los ‘dioses’, en efecto, es verdad: no hay porqué temerlos, pero tampoco hay porqué desconsiderarlos, como hizo y aconsejó Epicuro. A decir verdad, los dioses están en todo tiempo y lugar, y por ello, amén de porque son progenitores de los mortales, se les debe respeto y amor, no desconsideración o temor.

Por lo que respecta al ‘dolor’, Epicuro se explica con corrección, y por ende, nada hay que objetar.

Cuadro sinóptico epicúreo

Con relación a otro orden de cosas, Epicuro consideró la política como algo dañino que perturba el alma. De hecho, parece natural que así discurriera quien del placer hizo un sayo y de la felicidad bonete. Tal vez Epicuro tendría que haberse instalado, en vez de en Atenas ―patria de la democracia―, en algún lugar del África Central o en algún desierto de Arabia[24], quién sabe, quizás allí hubiera sido más feliz que en su jardín ateniense.

Asimismo, Epicuro advirtió la diferencia entre el Sexo y el Enamoramiento ―no contempló el ‘amor’[25]― y aconsejó la práctica del primero y la abstención del último. No obstante, la tradición mitológica ―aquella que tanto abominaba― también hizo tal distinción, y lo hizo mucho antes que pudiera existir el nombre de ‘Epicuro’: en efecto, el ‘sexo’ lo representa la lúbrica Afrodita Pandemo, y el ‘enamoramiento’ lo patrocina Eros, el travieso flechador infantil. Ahora bien, a diferencia del samio, la tradición mitológica griega contempla la figura de Afrodita Urania, deificación del más puro Amor[26]. ¿Pero cómo iba a prestar atención al mensaje implícito en los mitos? Los mitos, que se sepa, ni se ven ni se huelen, ni se comen ni se beben, ni se acarician ni se manosean siquiera; en fin, tampoco tienen ningún tierno orificio por donde puedan penetrarse y refocilar… Por tanto, ¿de qué sirven los mitos para un hombre como Epicuro? ¿Qué tipo de placer obtendrá de ellos quien busca felicidad en vida y no en muerte, ni mucho menos más allá de ésta? ¿A qué tanta reflexión? ¿A qué tanto dolor inútil?

Era de tal catadura este Epicuro, tan zafia era su naturaleza, tan burda y soez, que para él solamente aprovecha lo que se ve o se huele, lo que se engulle o se pimpla, lo que se acaricia o se manosea, y sobretodo, aquello que regala un mullido orificio por donde pueda uno darse el gusto… Tal era la perversión que adolecía, y tal es la abyección que adolecen sus amiguetes de hogaño: son muchedumbre[27]. Con todo, es previsible que, según Epicuro, el sabio no es quien piensa bien, sino quien sólo actúa correctamente ―como si una cosa y otra no estuvieran estrechamente vinculadas―, quien soporta los dolores sin perturbarse ―sana observación que compartirían los estoicos― y quien mantiene su independencia material, económica y social. En fin, para Epicuro, sabio es quien mira su ombligo y aconseja a los demás que miren el suyo propio: ¡como para tenerlo de amigo![28].

Fuente: 

Historia Crítica de Filosofía, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2005)

[1]    Demócrito ‘el riente’ era un filósofo arcaico cuya influencia en hombres de la talla de Platón o Aristóteles es difícil de exagerar.

[2]    De hecho, toda la filosofía después de Platón no son más que simples notas a pie de página de su obra.

[3]    No parece en balde que, en el apartado precedente, se advirtiera un cierto ‘proto-romanticismo’ en aquella sociedad que ya decaía hacia la Modernidad.

[4]    No sólo fue Demócrito quien afirmó tal verdad. También lo hicieron muchos filósofos antes que él, de hecho, tal concepto de creación formaba parte de la cosmovisión griega. Como ejemplo, diríjase a la obra de Hesíodo Teogonía (115), compuesta allá por el s.VIII a.M., donde se asegura que “en primer lugar existió el caos”. Asimismo, véase notas 49, 50, 51 y 53 de la presente ‘Historia Crítica de Filosofía’.

[5]    ‘Vacío’ no entendido como ‘la nada’, sino como el ‘espacio entre los átomos que permite el movimiento’. Véase nota 60 de la presente historia.

[6]    Resulta asombroso escuchar que la magnitud pueda ser invisible. Acaso quisiera decir que es ‘invisible al ojo humano’.

[7]    A saber si según Epicuro la figura del átomo es visible o no. Por otro lado, cabe apuntar que según Demócrito el número de figuras del átomo es ilimitado.

[8]    Acaso tampoco creyera que su propia teoría tenía motivo ni fin.

[9]    Si en realidad es por azar que todo sucede, ¡qué bello azar!, ¡qué leyes más perfectas se generan de él!

[10]   Vaya por donde, los átomos tenían por fuente de movimiento el ‘peso’, pero al cuerpo le mueve una especie de aliento vital. ¿Qué es el aliento vital? No pregunte demasiado, Epicuro le acabará respondiendo que todo es por azar.

[11]   Condena judicial por un lado, y reprobación moral por otro. Por entonces aún se conservaba cierta vergüenza.

[12]   Habría que preguntarle si los átomos de los que están formados los dioses, en efecto, también caían en línea recta y se desviaban de modo espontáneo, como todos los demás átomos.

[13]   “Aunque habiten allá arriba en las nubes del cielo; ellos tienen el mando en los hombres del mundo y también en los dioses eternos” (Odisea XVI 263 – 265).

[14]   Ni el propio Homero creyó jamás que los dioses fuesen antropomorfos. Véase, por ejemplo, Ilíada V 440-443, cuando el propio Apolo dice “nunca se parecerán la raza de los dioses inmortales y la de los hombres”; o Ilíada XXI 285 cuando de Posidón y Atenea se dice que “habían adoptado figura humana”; es decir, puesto que lo adoptan, según Homero, su aspecto no es antropomorfo, sino que así se muestran a la percepción humana cuando es menester. Véase también Odisea XX 30-33, cuando refiere que “entonces Atena, desde el cielo bajando a su lado con cuerpo y figura de mujer”. Por ende, véase también Odisea VII 208-210.

[15]   Osado lector que en estos vericuetos se halla absorto, ¿es posible que dos cosas que forman parte de un todo existan sin mantener ningún tipo de relación, ni tan siquiera la relación que se deriva de esa co-participación de una misma cosa? Además, si es cierto que no hay vínculo alguno, ¿Cómo pudo Epicuro explicarnos dónde viven, cómo de felices son, y cuál es su aspecto? Ah, perdone… el azar.

[16]   Véase Platón Fedón 98c – 99a.

[17]   Vaya, uno creería que era el azar lo que lo domina todo.

[18]   ‘Continuamente hasta la muerte’ querrá decir. Y todo para acabar disipándose entre átomos…

[19]   Pero, ¿puede haber una sensación que no sea dolorosa ni placentera? ¿Seguro? ¿En cualquier grado? Si la hay, ¿por qué Epicuro no la consideró?

[20]   Oportuno hubiera sido preguntarle si creía que también existen los deseos ‘Artificiales y Necesarios’, toda vez que así completaría las cuatro posibles combinaciones.

[21]   Acaso acontécese oportuno citar los versos I 32-34 de la Odisea, cuando el Cronión sentencia que “es de ver cómo inculpan los hombres sin tregua a los dioses achacándonos todos sus males. Y son ellos mismos los que traen por sus propias locuras su exceso de penas”.

[22]   Lo que no explica Epicuro es qué hacer con los que no temen ni al ‘destino’, ni a la ‘muerte’, ni a los ‘dioses’, ni al ‘dolor’, y a la par afrontan el ‘destino’ con valor, aceptan la ‘muerte’ como un paso más, respetan a los ‘dioses’, los aman, y ven al ‘dolor’ como el fuego que acrisola el alma. Quizá para estos bien nacidos el discurso de Epicuro quede hueco, tal y como debía estar su cabeza y la de sus amiguetes de antaño y hogaño.

[23]   ¿No lleva esta posición ante la vida a contemplar como una opción válida una atrocidad tal como el suicidio? ¿Qué más daría quitarse la vida? ¿Qué mal encontraríamos en el más allá, si el alma desaparece? Entonces, ¿para qué vivir con dolores y pesares?

[24]   Quizá hubiera vivido mejor en una choza, encima de un árbol, o en el interior de una gruta. Ahora bien, ¿Cómo allí podría satisfacer su interminable demanda de placeres?

[25]   Del mismo modo que no contempló los ‘placeres puros’.

[26]   Ver nota 133.

[27]   No obstante, en el culmen de la protervidad, el hedonismo ha degenerado en un ‘mironismo’, en el cual se persigue el placer allá donde aparezcan imágenes morbosas.

[28]   De hecho, es probable que Epicuro no fuera humano, sino un ciclope. En efecto, tal y como refirió Odiseo, “los ciclopes no tratan en juntas ni saben de normas de justicia; las cumbres habitan de excelsas montañas, de sus cuevas haciendo mansión, cada cual da la ley a su esposa y sus hijos sin más y no piensa en los otros” (Odisea IX 112 – 115). ¿O no actuaría Epicuro como lo hizo Polifemo ante Ulises, cuando le soltó “en nada se cuidan los ciclopes de Zeus que embraza la égida, en nada de los dioses felices, pues somos con mucho más fuertes; por rehuir el enojo de aquél no haré yo gracia alguna ni a tus hombres ni a ti cuando no me lo imponga mi gusto” (Odisea IX 274 – 278).