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LA FILOSOFÍA COSMOPOLITA DE LOS ESTOICOS

ORÍGENES Y DESARROLLO

Como se ha puesto de manifiesto en esta pequeña historia, toda actividad relacionada más o menos con el arte filosófico, después de Platón, no fueron más que visiones parciales de la obra del gran filósofo, cuando no granitos o pústulas de la misma. Y aunque también la filosofía estoica es un pequeño remedo de algunos aspectos de la filosofía platónica y presocrática, siempre es bueno repetir lo que está bien.

Para empezar, cabría dar seña de las tres etapas que hubo de atravesar el desarrollo de la Escuela; a saber la Etapa Original, iniciada por un cautivador personaje llamado Zenón de Citio: un semita que fundó la escuela en un sencillo pórtico ―en griego ‘pórtico’ es ‘stoa’ (στοά), de ahí el término para designar a este tipo de filósofos―, junto al ágora de Atenas. De hecho, allí también platicaron Cleantes de Asos y Crisipo de Solos, quienes durante los ss.IV-III a.M. asentaron las bases doctrinales del estoicismo. Asimismo, cabe identificar una Etapa Media, allá por los ss.II-I a.M., representada por Panecio y Posidonio, quienes imprimieron un carácter ecléctico a la escuela, en consonancia con el cosmopolitismo del imperio macedónico. El por entonces emergente totalitarismo romano acabaría adoptando este tipo de estoicismo, dando lugar a la Etapa Tardía, encabezada por los romanos Séneca, Epicteto o Marco Aurelio, el emperador-filósofo, allá por los ss.I-II d.M.

Si bien es cierto que ya desde sus orígenes el estoicismo y el epicureísmo se consideraron doctrinas antagónicas, no es menos cierto que ambas comparten campos de estudio, como la epistemología, la física y la ética[1].

EPISTEMOLOGÍA ESTOICA

Aunque en sus orígenes la escuela estoica se ocupó del estudio de la dialéctica, así como de los procedimientos lógicos y demás, ya en la etapa tardía, cuando el estoicismo se ‘romanizó’, abandonó tales cuestiones para dar mayor relevancia a los asuntos prácticos[2].

Y es que no deja de molestar que una escuela como la estoica, la cual se considera opuesta a la epicúrea, fundamente todo conocimiento en sensaciones o experiencias ya vividas, amén de también ambas negar todo conocimiento previo a la vida: estoicos y epicúreos entienden que toda sensación, y por ende todo conocimiento y toda experiencia, se origina mediante el cuerpo, ni antes ni después de la vida.

Sin embargo, a diferencia de Epicuro, los estoicos determinaron una especie de universales derivados de la experiencia común, es decir, una especie de Conceptos Generados por el hombre a través de la experiencia[3]. Estas ‘generalizaciones humanas’ se corresponderían con el acervo común o la tradición popular, que se establece como base con la cual los individuos dirimen sus asuntos y alcanzan acuerdos. La asunción de estos conceptos ―que no provienen directamente de la sensación, sino de un proceso de ‘convivencia’― implican una serie de evidencias o ‘Representaciones Catalépticas’, que vendrían a ser ‘razonamientos’ o ‘verdades’.

Ambos elementos ―los ‘conceptos generados’ y las ‘representaciones catalépticas’― corresponden a un Principio Pasivo y un Principio Activo respectivamente. Interesante y sencilla fórmula que recuperarían ya en época moderna tanto los empiristas como los racionalistas.

LA FÍSICA SEGÚN EL ESTOICISMO

Así es que los estoicos aseguraban que aquello que existe está formado por dos principios materiales; a saber, uno Activo ―al que llaman ‘Fuego’― y otro Pasivo ―que dicen equivale a la ‘Materia en sí’―, enlazando ostensiblemente con la antigua doctrina de Heráclito. Ahora bien, que ambos principios sean materiales, de hecho, no implica que todo ―incluso el alma o el dios mismo― sea exclusivamente corpóreo, como por cierto aventuran algunos estudiosos; ¿o el cuerpo es algo distinto a lo que éstos llaman ‘materia en sí’? ¿Por qué el alma o dios no pueden equivaler al ‘fuego’ estoico? ¿Por qué tomar la parte por el todo?[5]

Según los estoicos, tanto las partes del todo como el Todo en sí están sujetos a un proceso eterno y cíclico de transformación[6]. Según dicen, cuando el Fuego se retrotrae[7] se convierte en otros elementos, dando lugar a un Ciclo de Generación; después el Fuego vuelve a crecer hasta consumirlo todo, en lo que identifican con el Ciclo de Destrucción. Ahora bien, que esto ya se dijo y se trató con enorme profusión por los Antiguos, lamentablemente, parece haber caído en el olvido de la fuente de Lete: abrevadero de muchedumbres[8].

En efecto, este proceso cíclico implica el concepto de un Eterno Retorno. De hecho, parece ser que, según los estoicos, todo cuanto ha sucedido volverá a ocurrir de manera idéntica, en lo que es un proceso eterno y cíclico donde el ‘fuego’ actúa como motor, dando a cada cosa el fin que le es propio y connatural.

LA ÉTICA DE LOS ESTOICOS

Para los estoicos, este Fuego o principio divino es equivalente al ‘Logos Universal’, que modela y acrisola todo cuanto existe, y nada puede evitar que el designio del logos sea cumplido. Es por esta creencia en una ‘necesidad total’ e inexorable que, no sin cierta justicia, se tilda a los estoicos de ‘Fatalistas’[9].

Con estos mimbres, los estoicos deducen que nada es la voluntad humana frente al Destino, por lo que aseguran es sabio sólo quien acepta el destino con Entereza y Resignación, evitando caer presa de las pasiones que tanto aquejan el ánimo. De hecho, en este sometimiento al ‘logos universal’ se encuentra la humildad y la piedad de los estoicos, conducta por la cual, y no sin cierta justicia, a lo largo del tiempo han sido acreedores de merecidos elogios.

No obstante, esta posición humilde puede fácilmente pasar a ser conformista o servil, e incluso llevada a sus últimas consecuencias obligaría a los estoicos a declararlo todo aceptable y conforme a razón. Pues, ¿qué insatisfacción les podría llevar a reclamar la igualdad entre todos los hombres? O ¿qué clase de impaciencia les conminaría a luchar contra la servidumbre, si todo sucede conforme al ‘logos universal’? ¿A qué vendría entonces urgir al prójimo hacia el ejercicio de la prudencia, el autodominio, la justicia, la benevolencia, la amistad, la cortesía o la política? porque el hecho de que cada uno cargue con su destino ni implica que el destino haya sido elegido en vida, ni que haya una sola forma de llegar a él, como creen los estoicos por no ver más allá de los objetos y procesos sensibles.

Claro que invitaban al prójimo a ejercer todo tipo de virtudes ―tanto individuales como públicas― pero al mismo tiempo apostaban por un Estado Cosmopolita Universal ―cuyo espejismo fue el propio totalitarismo romano―, por lo que el estoicismo puede considerarse una de las primeras filosofías modernas o decadentes.

Y este punto es quizá lo más reprochable de la doctrina estoica, pues si bien es cierto que inútil del todo es perturbarse por lo ya acontecido ―y en cambio es piadoso invocar a la divinidad―, no es menos cierto que el fuego divino, que reside en las entrañas de cada uno, debe mantenerse vivo porque nadie elige su destino, salvo el fuego que habita dentro de cada cual.

Fuente: 

Historia Crítica de Filosofía, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2005)

[1]     Que viene a ser ‘teoría y práctica’, por lo que respecta al ámbito rigurosamente filosófico, y ‘física’, que se circunscribe al estudio de la materia sensible.

[2]     Acaso el pragmatismo sea la característica básica ―junto a la terquedad y a cierta falta de escrúpulos― del trepador pueblo romano.

[3]     Es decir, una evidente vulgarización de los universales platónicos, los cuales son causa y objeto de conocimiento, no el efecto del mismo.

[5]     En efecto, el cuerpo sería la ‘materia sensible’ y el alma la ‘materia inteligible’. Aventurar lo que diría Platón al respecto acaso represente una osadía, pero cuesta poco pensar que lo aceptaría sin importantes reservas. Al fin y al cabo, Platón dice lo mismo pero haciendo uso de otra terminología. Nada nuevo aportan los estoicos en este sentido.

[6]     Si bien hay un proceso de transformación ―generarse y perecer―, éste es cíclico y eterno ―sin generación ni perecimiento en tanto que cíclico y eterno―, estableciéndose así una bella dualidad, por cierto, ya advertida por Heráclito con varias centurias de antelación, y más tarde desarrollada magistralmente por el genio de Platón.

[7]     Si lo hiciera del todo el Fuego desaparecería, y si algo de él no lo hiciera ―por minúsculo que fuera ese algo― sería de condición inmutable, y por tanto ya no estaría todo sujeto a transformación.

[8]     Pero no se enoje, ¡oh, estimado leyente!, que las citas presentadas de seguido, cogidas a vuelamano, darán fe y conclusión de lo aseverado aquí arriba.

             Simplicio Física 180,14-16: “Tales y Anaxímenes, al explicar la generación por condensación y rarefacción, sostienen que la condensación y rarefacción son principios contrarios”.

             Hermias, 7: “Anaxímenes toma la palabra y me replica ‘Pero yo te digo que el todo es el aire y que éste, al condensarse y unirse, se vuelve agua y tierra y, al enrarecerse y expandirse, éter y fuego, y, volviendo a su naturaleza, aire; enrarecido y condensado, dice, cambia’”.

             Plutarco Sobre la letra E de Delfos 388e: “‘Con el fuego tienen intercambio todas las cosas, y todas las cosas con el fuego’, dice Heráclito”.

             Aecio I 7,22: “Heráclito dice que el fuego periódico es Dios eterno”.

             Hipólito IX 10,8: “El dios ―dice Heráclito― se transforma como fuego que, cuando se mezcla con especias, es denominado según el aroma de cada una”.

             Clemente Misceláneas V 103-105: “Heráclito dice ‘al cosmos, el mismo, para todos, ninguno de los dioses ni de los hombres lo ha hecho, sino que existió siempre, existe y existirá en tanto fuego siempre-vivo, que se enciende con medida y se apaga con medida”.

             Simplicio Física 157,25: “Así Empédocles refiere lo siguiente ‘Algo doble diré. Una vez creció hasta ser Uno solo desde muchos, y otra vez se separó hasta ser muchos desde Uno’”.

[9]     ‘Fatalista’ del término ‘fatal’, que proviene de ‘hado’ o ‘destino’. De hecho, también Platón es fatalista, como la propia tradición popular, que atiende a las Parcas o Moiras, que cosen las almas a su destino antes de nacer.