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Historia y Cultura, Humor y Sexo

LOS PREJUICIOS DEL RELATIVISTA KANT

VIDA Y CONTEXTO HISTÓRICO

Durante el siglo XVIII iba a producirse el cambio político y social más relevante desde el genocidio mesiánico. Si éste destruyó cualquier vestigio de Antigüedad, sumiendo al humano en las tinieblas del progresismo, los acontecimientos que coronaron la monstruosa revolución industrial, por su parte, acabarían con el antiguo régimen originando así la era del liberalismo de estado, donde toda perversión tiene asiento.

No obstante, antes de que las naciones se convirtieran en estados por imposición económica (fascismo romano) y moral (fascismo cristiano), y antes de que, a su vez, los estados pasaran a ser gigantescas empresas, sociedades mercantiles, y los ciudadanos obreros en permanente disputa, habían de aparecer una serie de librepensadores que inficcionarían el grueso de la muchedumbre. Y es que las ciudades degenerarían en fábricas malolientes y sus habitantes, cada vez más ocupados en lo suyo e indiferentes a la catástrofe que se avecinaba, sustituirían el dios galileo por el dios dinero, en lo que fue una degradación connatural que cabía esperar.

Emmanuel Kant fue uno de esos librepensantes que, aupado por sus secuaces usurpadores del poder, acabó siendo presentado como un defensor del liberalismo, pacifista, tolerante y teórico revolucionario. Tales eran los tiempos, que los nuevos mandatarios ―es decir, los burgueses que cimentan todo valle y miden a cada cual según su dinero― gustaban de verse relacionados con un pensador de su mismo jaez, esto es: mediocre, mediocrizador, relativista, laxo, individualista, ateo, antropocentrista, cínico, indigno en el uso de las palabras y embaucador, tal y como ellos los burgeses eran pero en el aspecto intelectualista.

Sea como fuere, el caso es que Emmanuel Kant nació en una localidad de Prusia (1724), y falleció en el mismo lugar el año 1804. Se conoce que apenas salió de su villorrio, y poseso por su profundo cinismo, por un lado mostraba la típica superchería religiosa del mesianismo, mientras por otro se regocijaba de los éxitos ateos y egoístas de la ilustración[1]. Tal era la hipocresía que ensuciaba su pequeña alma.

Como librepensador que era, mostró interés por los fenómenos físicos, que por aquella época eran llamados ‘ciencia’ ya sin ningún rubor. Esos estudios de los fenómenos, a decir verdad, siempre han recubierto a quien de ellos hace gala de una pátina de erudición. De hecho, tal pátina permitió a Kant impartir clases de cualquier cosa, ya fuese metafísica, física, ‘infrafísica’, matemáticas, ‘astromáticas’, derecho natural, ‘derecho antinatural’, estética, ética y moral, en lo que formaba parte del despiece a mansalva tan propio de la tecnificación industrial, aquella que por entonces ya asomaba con tremenda ferocidad. Más tarde, el ejercicio del saber también terminaría por industrializarse, y la horda de sofistas que coparían el poder especializarían cada vez más sus demencias, por cierto, sentenciando como inútil a quien fija su atención en el todo para comprender mejor sus partes, y, en cambio, premiando al que atiende a las partes de las partes habiendo olvidado ya el todo del todo, u odiándolo, como es el caso de Kant y toda la miserable conhorte de liberales que hoy día manipula todo destino.

Por lo tanto, y como ocurre con todo el repugnante tropel de liberales que hoy día maneja todo navío, Kant no dedicó sus investigaciones a fin de obtener provecho espiritual, sino que las dedicó en exclusiva al logro del provecho práctico, pues creyó conocer que todo conocimiento carente de un uso práctico es inútil en todo punto. En efecto, es ese utilitarismo el mismo que llevaría a los malnacidos tecnócratas ―¡ojalá acaben pronto su siniestra labor!― a cimentar todo pradal y a tapiar todo horizonte. El mismo utilitarismo que conduciría a los tecnócratas ―¡así terminen su proterva labor cuanto antes!― a someter a todo ciudadano al estado y a toda nación a su abyecto interés. No huelga repetirlo, Señoría, porque el utilitarismo de Kant ―aunque bajo forma gnoseológica― es el mismo utilitarismo con el que los tecnócratas elevan la rentabilidad económica a dogma ético y moral. Porque serán ellos los que, a la postre, osarán quebrar el paso de los andariegos, conseguirán sumir al pueblo en un incesante ruido mecánico, y, en fin, acabarán por contaminar el agua haciéndola imbebible y haciendo el aire irrespirable.

Sea como sea ―y aun ser lamentable en todo punto y medida―, lo cierto es que Kant recibió una serie de influencias con las que tras ingerirlas pudo regurgitar su propio vómito; a saber, en el ‘aspecto gnoseológico’ no fue ajeno a la oposición racionalismo vs empirismo; por lo que respecta al mal llamado ‘aspecto científico’ se vio atraído por la física de Newton así como por las matemáticas modernas, y, en fin, en el ‘aspecto ideológico’ se acercó a las tesis de Rosseau, otro pensador mediocre que, por el solo hecho de conservar cierta fiuza en la bondad natural del hombre, mereció ser calificado por Kant como ‘el Newton del mundo moral’, creyendo haber formulado un gran elogio.

Por último, cabe señalar que el pensamiento de Emmanuel tuvo dos etapas bien diferenciadas; esto es la conocida como Etapa Precrítica ―donde su minúsculo ánimo se limitó a reproducir la corriente de pensamiento en boga, es decir, el ‘racionalismo’ vulgarizado de Wolf o Leibniz, que acabó considerando como vacuo dogmatismo― y la llamada Etapa Crítica ―en la que su ánimo ya hinchado ambicionó la diferencia, y, por tanto, cuando decidió elaborar su propia aberración―. Cabe añadir por último que esta nueva chifladura de mequetrefe nacerá vinculada al pensamiento liberal-ilustrado, también en boga por entonces, y al fenomenismo de Hume, del cual dijo Kant le ayudó a salir de un ‘sueño dogmático’. Pues bien, tal vez Kant saliera de un ‘sueño dogmático’ para adentrarse en una ‘demencia liberal-relativista’.

EPISTEMOLOGÍA LIBERAL DE KANT

¿Dice usted que anhela conocer más de toda esta amorfia intelectual? Entendido, todo sea por habituarse a la recia fusta de los crueles sofistas. El hecho entonces es que Emmanuel distinguió entre Razón Teórica ―que a la postre acabaría por desechar― y Razón Práctica, la cual acabaría por presentar como única vía de conocimiento[2]. Asimismo, este indecente pensador postulaba que la propia razón se mueve bajo unas leyes que se impone a sí misma, sin necesidad de ningún otro elemento salvo de sí misma[3]. En fin, ¿preguntóse Kant si la razón de cada individuo crea las mismas leyes o leyes distintas en cada caso? En absoluto. Otrosí ¿preguntóse Kant bajo qué leyes se mueve la razón o qué ley le obliga a existir tal y como es? Tampoco; su nefanda necedad se lo impedía muy mucho.

Sin embargo, su necedad abisal le permitió plantearse hasta tres preguntas distintas y relacionadas entre sí: en primer lugar ‘¿qué se puede conocer?’ ―con la cual Kant pretendía establecer los límites del conocimiento humano[4], tal vez sin comprender que cada individuo está más o menos limitado, y, a la par, que en última instancia estos límites trascienden la condición humana―. No obstante, Kant iba a proclamar hasta dónde se puede llegar y en dónde uno debe detenerse, para lo cual, se supone, antes debería llegar a conocer tanto lo cognoscible como todo lo incognoscible[5]. No me diga usted, Señoría, ¡qué portento!

En segundo lugar, y dando muestra de su infinita sabiduría, Emmanuel se preguntó ‘¿qué se debe hacer?’ ―con la cual debió tratar el aspecto moral de la conducta humana, pretendiendo establecer lo legítimo y lo ilegítimo en cada caso, tiempo y lugar; sin embargo, no huelga señalar que esta segunda cuestión fue absorbida por la primera―; y en tercer lugar logró formularse otra del tenor ‘¿qué se puede esperar, si se hace lo que es debido?’ ―cuestión que, dicho sea de paso, jamás logró solucionar con una mínima corrección, habida cuenta la profunda superchería con la que escondía su ateísmo integral―.

Pues bien, dicho lo dicho, lo cierto es que nada planteó Kant que no se hayan preguntado todos los hombres de antaño y de hogaño y, no obstante, no supo advertir que tales preguntas conllevan una doble formulación; a saber: en primer lugar, ¿qué se puede conocer y qué se debe conocer?; después, ¿qué se puede hacer y que se debe hacer?, y, por último, ¿qué se puede esperar, si se hace lo debido, y que se debe esperar, si se hace lo posible? ¿Preguntóselo? No. ¿Respondiolo aun sin querer, como otros hicieron muchos otros mucho antes que él? Tampoco, su estremecedora memez se lo impidió.

SOBRE LA NATURALEZA DE LOS JUICIOS

Porque es cierto, Señoría, Kant pisaba lugares muy trajinados como si de hecho fuera el primero en andarlos, y no obstante, debido a la severa patología que incapacita a todo ateo, no se mostró hábil en el uso de las palabras. Para empezar, definió el concepto de ‘ciencia’ como un ‘conjunto de proposiciones o juicios’, tales como ‘la Tierra gira alrededor del Sol’ o ‘los metales se dilatan al aumentar de temperatura’. Sin embargo, eso no es ‘ciencia’, sino que en todo caso sería ‘verdad’, y sólo en el caso de que lo expresado sean juicios o proposiciones justas. Porque la ‘ciencia’ acaso sea tanto la capacidad para obtener los juicios como el provecho de éstos, y en tal caso no serían los juicios mismos, es decir: la ‘ciencia’ parece más un instrumento que una finalidad.

Asimismo, dijo Kant que estos ‘juicios’ se unen de tal modo que dan lugar a ‘razonamientos’, sin advertir que precisamente son los razonamientos quienes en mayor medida dan lugar a juicios, y que precisamente el proceso de trabazón de los razonamientos es ‘ciencia’. Además, Emmanuel creyó definir el concepto de ‘juicio’ como quien define qué es ‘oración’; en efecto, tal era su vulgaridad que dijo que ‘un juicio es una relación entre sujeto y predicado en la cual aquél afirma algo de éste’. Sin embargo, acaso un ‘juicio’ sea de una entidad mayor, de suerte que deba definirse como una ‘sentencia razonada que se ciñe a justicia’, porque es preciso advertir que una afirmación errónea jamás sería otra cosa que una sentencia equivocada, en caso de pronunciarse bajo ignorancia, o una mentira, en caso de haberse anunciado bajo maldad.

Sea como fuere, Kant creyó que un juicio podía no ser científico, y como su liberalidad era libertinaje, su olvido se cernía sobre las más elementales palabras. Por tanto, creyó necesario distinguir cuáles eran los Juicios Científicos, y a tal efecto postuló deben cumplir dos condiciones fundamentales; a saber: la capacidad de aumentar el conocimiento previo, o, como dijera Kant, la posesión de un Carácter Extensivo, y, como segunda condición sine qua non, deben tener validez Universal y Necesaria.

Pues bien, con relación a este último punto, ¿quién a fuer de los más imbéciles lo negaría? Nadie, excepto el propio Kant y los de su misma estofa, como se verá más adelante; y con relación al ‘carácter extensivo’, ¿qué dices, Kant? ¿Qué sucede con los conocimientos que ya han sido adquiridos? ¿Ya no son científicos desde el momento en que se repiten una, dos o diez mil veces? ¿Cómo puede aumentar el conocimiento lo que ya se conoce? Dime, Emmanuel, ¿pretendiste eliminar todo conocimiento no inmediato, como intentó tu adlátere de enfermedades Hume? ¿Qué se debe hacer con lo ya aprendido? ¿Se debe desechar, como tú balas, por no aumentar el conocimiento? ¿ En vez de los límites del conocimiento, no te hubiera resultado más provechoso advertir los despeñaderos de la estupidez? ¿No estabas más cerca de tales simas que de estas cimas, memo?

El hecho es que Kant, tomando por pilar simple piedra caliza, dividió los juicios en dos tipos, a saber: los ‘juicios no científicos’ y los ‘juicios científicos’. Que ¿cómo pudo Emmanuel llamar juicio a lo carente de ciencia? Ah, y ¿qué alpargatas esperaba, Señoría, de alguien que se muestra incapaz de formular una definición de ‘ciencia’? ¿Qué cántaros pide a quien, amén de ignorar el concepto de ‘ciencia’, se atragantaba para definir qué es un juicio? Por tanto, substituya usted la palabra ‘ciencia’ por ‘física’, ‘científico’ por ‘empírico’, y allá donde encuentre ‘juicio’ lea ‘sentencia’. Quizá así todo le resulte algo más coherente. De otro modo, no lo dude, acabará siendo otra presa infeliz del montaraz Minotauro.

Pues bien, estos dos tipos de juicios, según Kant, corresponden, por un lado, a los Juicios Analíticos, en los que el predicado se encuentra implícito en el sujeto, tal y como ocurre en las sentencias del tenor ‘el triángulo tiene tres lados’ o ‘el todo es mayor que sus partes’. Éstos no tienen ‘carácter extensivo’, dada su obviedad, y, por tanto, según Kant, pese a no ser del todo inútiles a la ‘ciencia’, estos juicios no son ‘científicos’. Por otro lado, los juicios ‘científicos’ corresponderían a los Juicios Sintéticos, en los que, a diferencia de lo ocurrido en los Analíticos, el predicado no se encuentra implícito en el sujeto; por ello, según Kant, son juicios de ‘carácter extensivo’, es decir, que aumentan el conocimiento de la realidad[6]. Tal ocurriría, según Kant, en sentencias como ‘el triángulo es de color verde’, las cuales aportan información adicional del sujeto, y, por ello, dice Kant, son de ‘carácter extensivo’ y cumplen la primera de las condiciones para ser ‘juicios científicos’.

Ahora bien, ¿usted en verdad cree que estos últimos cumplen la segunda condición? ¿Es universal y necesario que tal o cual triángulo sea de color verde, o más bien es irrelevante a fin de averiguar la naturaleza del triángulo mismo y de sus aplicaciones? Porque, ¿los triángulos son verdes siempre y en todos los casos? No, pero el discurrir de los malvados es negro siempre y en todos los casos.

A decir verdad, los ‘juicios analíticos’ de Kant en realidad son las ‘verdades absolutas’ de los hombres sensatos, que amplían el conocimiento desde el momento que se aprenden ―verbigracia, es forzoso que en algún momento uno debió aprender por vez primera[7] que, en efecto, un triángulo tiene tres lados, y que las palabras ‘triángulo’ está formada por el prefijo ‘tri’, que significa ‘tres’ y etc.―, que funcionan de firmes peldaños para adquirir conocimientos de todo tipo y que, por tanto, sí tienen un ‘carácter extensivo’, pese a ser mucho mejor denominarlo ‘carácter retentivo’, ‘carácter sublime’ o ‘carácter trascendental’. En efecto, más provechoso es retener los auténticos conocimientos, por pocos que sean, que andar recopilando montones de conocimientos nuevos para olvidarlos rápido[8].

Por ende, con relación a los ‘juicios sintéticos’ de Kant, lo cierto es que deberían llamarse ‘verdades relativas’ ―así lo hacen los hombres sensatos―, y parece obvio que no son ‘universales ni necesarias’, por lo que, según se desprende de lo anunciado por el propio Kant, no pueden ser ‘juicios científicos’. Al mismo tiempo, el ‘carácter extensivo’ que Emmanuel les presupone no parece ser de mucha enjundia; por ejemplo, lo cierto es que el color de cualquier triángulo no da información muy fiable, ya que éste depende de la luz y de la textura del objeto. Además, ¿se conoce mejor la naturaleza del triángulo advirtiendo que es de tal o cual color? ¿A efectos de conocer el triángulo en sí, importa mucho de qué color pueda ser aqueste o aquel triángulo? ¿No representa una molestia, en realidad, si lo que se quiere conocer no es un triángulo en particular, sino el triángulo en sí?

Pues bien, sea como fuere, el hecho es que Emmanuel dividió los ‘juicios’ también respecto al momento en el que son formulados, pudiendo ser Juicios a Priori ―los cuales no precisan de la experiencia para ser verificados, ya que la propia fuerza de la razón los refrenda[9], como en el caso del triángulo que tiene 3 lados― y los Juicios a Posteriori ―que precisan de la experiencia para ser verificados, como ocurre con el triángulo siendo verde o de otro color―.

Sin embargo, estos últimos están sujetos a todo tipo de precariedades, puesto que dejar las verificaciones al albur de la experiencia se presta a que la interpretación el individuo pueda ser equivocada, por ejemplo, en el caso que sea éste daltónico o tenga otra discapacidad cognitiva. En efecto, también se prestaría a error en el caso que el triángulo, aun tener el verde por color natural, hubiera sido teñido de otro color, quién sabe… En definitiva, todo ello son posibilidades que hacen que los juicios ‘a posteriori’ sean relativos, empíricos, temporales y subjetivos[10].

No obstante, aunque pareciese evidente que los ‘juicios sintéticos’ no pueden sino ser ‘a posteriori’, Kant manipuló el lenguaje y propuso dos tipos de ‘juicios sintéticos’, a saber, los Juicios Sintéticos a Posteriori ―que son aquellos que precisan de verificación, tal y como ocurre con el triángulo siendo de tal o cual color, y que ofrecen un ‘conocimiento relativo’[11] que si bien ayuda a la ciencia no la fundamenta― y los sacados por arte de birlibirloque Juicios Sintéticos a Priori ―que Kant inventó con tremendo fingimiento a fin de mezclar, a toda costa, lo sintético con lo universal y necesario[12]. En efecto, Kant postuló en su defensa un ejemplo de lo más pueril e inversemblante, a partir del cual el conocimiento de la línea recta, o sea, ‘la distancia más corta entre dos puntos’[13] sería un juicio ‘a priori’ por cuanto no es menester demostrar que eso en efecto es una línea recta, y además sería ‘sintético’, según dijo Emmanuel, habida cuenta en la palabra ‘línea recta’ no está implícito su significado de distancia―.

Pues bien, ¿qué sucede? ¿Hay que tragar tamaño embeleco cual si fuera agua de Lete? Pero bueno, Señoría, ¿es que una línea recta podría ser otra cosa que ‘la distancia más corta entre dos puntos’? Por ende, ¿es el término ‘línea recta’ un concepto simple o bien es un término compuesto[14]? ¿No es lo mismo que le ocurre al concepto de ‘triángulo equilátero’ o ‘triángulo escaleno’? ¿No está implícito también aquí el concepto en la propia palabra? ¿Cómo Kant tuvo la desfachatez de advertir que en el término ‘línea’ no está implícito el concepto de distancia? ¿Qué otro concepto lleva implícito? ¿Cómo es posible ocultar a un ser inteligente que el concepto de ‘línea recta’, en definitiva, es un ‘juicio analítico’, y por tanto universal, necesario y ‘a priorístico’?

Tabla de juicios según el empirismo kantiano

El caso es que Emmanuel presentó tal ejemplo como un juicio ‘a priori’ ―en lo que fue un acierto― pero, además, advirtió que al mismo tiempo es ‘sintético’, en lo que parece fue un chirlomirlo perverso que satisfizo sus espurios intereses. Aun y con todo, eso no impidió que el prusiano Kant estableciera como fundamento de su doctrina los imposibles ‘juicios sintéticos a priori’, formulados al antojo y cerrojo, con nefaria prestidigitación y por arte de birlibirloque y fantasía.

Porque, a decir verdad los ‘juicios sintéticos a priori’ equivaldrían a las ‘cuestiones de fe’, por ejemplo, en el caso de tomar por cierto que todos los triángulos son verdes sin llegar a verificarlo. Y esa conducta sí es réproba y dogmática hasta el tuétano: realizar actos de fe no ya con lo inalcanzable por el intelecto ―lo cual es noble y semilla del saber―, sino con lo inalcanzable por los sentidos, es decir, tal y como los mesiánicos realizan actos de fe con toda variedad de milagros pueriles.

Por lo tanto, lo justo es indicar lo que es cierto antes que lo preferido por antojo, y eso significa decir que, en leguaje de Kant, existen cuatro tipos de juicios, a saber: los Juicios Sintéticos a Posteriori ―que son las cuestiones de hecho[15], pertenecen al ámbito de la ciencia empírica o ‘física’, y, en fin, conducen a engaño e ilusión siempre que sean contemplados por separado―; los  ‘Juicios Sintéticos a Priori’ ―que en todo caso serían las cuestiones de fe con relación a los sentidos corporales, amén de pertenecer al ámbito de la creencia[16], y, en fin, los cuales si están dirigidos hacia lo inteligible generan auténtica fe―; después, los Juicios Analíticos a Posteriori ―que pertenecen al campo de los recuerdos o al reconocimiento―, y, por último, los Juicios Analíticos a Priori ―que equivalen a los conocimientos universales, eternos, inmutables e imperecederos[17]―.

Tabla de juicios de Kant, rectificada por M. Pagano

Sin embargo, estos dos últimos tipos de juicios no satisfacieron el ánimo escuálido de Kant, pues les reprochaba que no dan origen a ningún ‘conocimiento nuevo’; y eso es verdad ahora y será verdad siempre: los ‘juicios analíticos’ no originan ningún nuevo conocimiento ya que, en efecto, el auténtico conocimiento ni se crea ni se destruye, por cuanto su movimiento es lógico y siempre idéntico. Es por ello que éste no se crea, sino que se recuerda cuando el individuo es consciente de él; asimismo, tal proceso no proporciona saber ni erudición de lo que es mundano, siempre en mutación y perecedero, sino que infunde al agraciado la sabiduría de lo que es divino, eterno, inmutable e imperecedero.

Por ende, a Kant sí le satisfizo su antojadizo ánimo los imposibles ‘juicios sintéticos a priori’, y los calificó de trascendentales, amén de científicos, universales y necesarios. ¿Es preciso volver a señalar que tales epítetos corresponden a los ‘juicios analíticos’? ¿Es preciso volver a describir de qué modo tan infame pervirtió el orden y significado de los conceptos? Tal vez no sea preciso, pero sí es oportuno mostrar en qué aspecto acertó Kant, pues apreció los ‘juicios sintéticos a priori’ por cuanto ‘ofrecen conocimientos nuevos de la realidad’; y eso es verdad ahora y será verdad siempre: los ‘juicios sintéticos a priori’ otorgan conocimientos nuevos que, por así decir, son ‘conocimientos artificiales’, proporcionan mucha erudición y un saber relativo al tipo de realidad que gusta a necios de canta y espanta, esta es, mundana, siempre cambiante y perecedera.

Diagrama de juicios y sentencias, según M. Pagano a partir de E. Kant

SOBRE LA NATURALEZA DE LA EXPERIENCIA[18]

El caso es que Emmanuel sentenció que “pese a ser comienzo de todo conocimiento, no todo conocimiento procede de la experiencia”. ¿Ha oído, Señoría? ¿Puede ser cierta una cosa y su contraria al mismo tiempo? Lo cierto es que, según la formulación de Kant, todo conocimiento proviene de la experiencia, y por tanto, el conocimiento en sí no podría tener otro origen que la experiencia; ahora bien, si ese conocimiento se deriva y se transforma mediante el intelecto, entonces, ya no proviene directamente de la experiencia. Pero no es menos cierto que esa derivación ya no será el mismo conocimiento que el original, sino otro distinto y relacionado con aquél[19]. Por tanto cabe decir que el conocimiento tiene dos tipos de orígenes, a saber la experiencia[20] ―como dice Kant― y la existencia[21] ―como se olvidó de apuntar debido a su ateísmo crónico―, siendo éste un origen mucho más noble y fiable que aquel otro.

Asimismo, Kant creyó identificar tres facultades distintas relacionadas con otros tres tipos de conocimiento, a saber, la Sensibilidad ―correspondiente al ‘conocimiento matemático’―, el Entendimiento ―asociado al ‘conocimiento físico’― y la Razón ―unida al ‘conocimiento metafísico’―. Sin embargo, ¿por qué distinguió Kant entre el ‘conocimiento matemático’ y el ‘conocimiento metafísico’? ¿Acaso los entes matemáticos son físicos en sí mismos? Además, ¿por qué relaciona la ‘sensibilidad’ con el ‘conocimiento matemático’ y no con el ‘conocimiento físico’ o ‘sensible’, como parece natural? Y por último, ¿a qué viene distinguir entre ‘entendimiento’ y ‘razón’?

Pues bien, a decir verdad, lo que Emmanuel pretendió dar a entender pero no pudo ―deficiencias y excesos se agolpaban sobre su alma escuálida― es que existen dos tipos de conocimiento, a saber: el Conocimiento Empírico o Físico ―que se obtiene a través de la sensibilidad[22]― y el Conocimiento Científico o Metafísico ―que se logra mediante la inteligencia, el intelecto, el entendimiento, la razón, el sentido común, la conciencia o como se le quiera llamar[23]―. Así es que de aquél se obtienen montones de saberes, y es anhelo de eruditos y liberales; de este otro, por el contrario, se logra cierta sabiduría bien estable y redonda, y es objetivo y espejo de los filósofos libres.

Sea como fuere, el hecho es que Kant empecinose en su antojo liberal, y dividió su librejo intitulado ‘Crítica de la Razón Pura’[24] en tres partes distintas, a saber, ‘Estética Trascendental’ ―relacionada con el ‘conocimiento sensible’―, Analítica Trascendental ―referida al ‘conocimiento físico’ y el ‘entendimiento’― y la Dialéctica Trascendental ―ligada al ‘conocimiento metafísico’ y a la ‘razón’―. Como era de esperar, habida cuenta su error inicial, Kant volvió a equivocarse y dio rienda suelta a sus prejuicios de chapa barata, porque cualquier ser vivo dotado del mínimo discernimiento puede ver, con cierta facilidad, que Emmanuel debió dividir su librejo en dos partes y no en tres; a saber, ‘Física y Estética: Conocimiento Empírico para Cenutrios Liberales’ ―la cual trataría de lo sensible y sus innumerables fenómenos de margarita y tornasol― y ‘Metafísica y Ética: Conocimiento Científico para Filósofos Libres’; sin embargo, y aunque hubiera tenido a su lado alguien que así le aconsejara, lo más probable es que hubiera cantado a la libertad del individuo y a la propiedad privada. Pues nada, Emmanuel, toda tuya, de la ignorancia puedes tomar tanto como gustes, es infinita y vive muy cerca.

Con todo, el craso error de Kant se hallaba en la misma raíz de su tedioso sistema, y ante semejante circunstancia sólo cabía esperar un arbusto de fruto borde y ponzoñoso. Porque no es de recibo postular que los ‘juicios sintéticos’ se hallen asociados a los entes matemáticos; no es justo afirmar que los ‘juicios sintéticos’ puedan dar conocimiento a priori; es torpe aseverar que el conocimiento sensible es superior al inteligible; y, no en menor medida, es perverso definir ‘sensibilidad’ como “la capacidad de recibir representaciones al ser afectados por los objetos”, sin siquiera concretar qué tipo de representaciones, cuáles son las afecciones y en qué lugar se sitúan o, en fin, qué tipo de objetos son los responsables de todo ello. Porque, ¿no es cierto que la ‘sensibilidad’ es una ‘capacidad de percepción propia de los sentidos corporales’, y que, por otro lado, existen también otro tipo de capacidades de percepción? ¿Acaso no es justo considerar la ‘afectividad’, la ‘emotividad’, la ‘sentimentalidad’ y la ‘inteligencia’? ¿Por qué desatendió estas capacidades y dotes con tantísima pigricia y necedad?

Como quiera que fuese, el hecho es que Emmanuel arguyó, en la Primera Parte de su ya citado libro, que la ‘sensibilidad’ actúa unificando sensaciones[25] a partir de dos formas a priori, que según él son el Espacio y el Tiempo. En efecto, como diría Kant, ‘el espacio y el tiempo no son impresiones particulares y no son percibidas como tales[26], pero todo cuanto se percibe[27] se halla bajo forma espacio-temporal’[28]. Por tanto, dijo Kant que Espacio y Tiempo no son material empírico, puesto que son a priori, es decir, anteriores e independientes a la experiencia[29]. Es por todo ello que Kant se complace en denominarlas Intuiciones Puras.

Esta concepción del espacio-tiempo ―aun ser de perogrullo y harto manida― fue etiquetada por los más ociosos con la pomposa expresión ‘La Doctrina de la Identidad Trascendental del Espacio y el Tiempo’, y es conocido que Emmanuel postuló a partir de ella, además y como por arte de birlibirloque, que el espacio-tiempo posee tanto una ‘realidad empírica’ como la ya citada ‘identidad trascendental’. Todo revuelto. Y todo ello, Señoría, mientras sostenía por otro lado que ni el espacio ni el tiempo son material empírico[30].

Tabla de las percepciones según M. Pagano

Pues bien, en la Segunda Parte de su libro, Kant aplicó el entendimiento al conocimiento físico mediante los imposibles ‘juicios sintéticos a priori’. ¡Ahí es nada la trapisonda! Así pues, a fuer de definir el entendimiento como ‘la capacidad de conocer el objeto de la intuición’ o como ‘la facultad de juzgar’[31], Emmanuel dividió los conceptos de que trata el entendimiento en dos tipos, a saber los Conceptos Empíricos ―que decía proceden directamente de la experiencia[32] y son ‘a posteriori’; tales como ‘casa’, ‘jardín’, ‘bajel’, ‘barro’― y los Conceptos Puros o Categorías ―que son aquellos independientes a la experiencia y ‘a priori’, según Kant―. Estos Conceptos Puros o Categorías, a su vez, los dividió Kant según ciertos criterios (véase cuadro) ―de cantidad, cualidad, relación, modalidad― y estos criterios según el tipo de juicio a los que pertenecen ―universales, particulares o singulares según Cantidad; afirmativos, negativos o indefinidos según Cualidad; categóricos, hipotéticos o disyuntivos según Relación y, por último, problemáticos, asertóricos o apodícticos según Modalidad―.

Tabla de los Conceptos Puros o Categorías de E. Kant
Tabla de los Conceptos Puros o Categoías de E. Kant rectificada por M. Pagano

Emmanuel esgrimió que tales Conceptos Puros o Categorías podían ser usados de dos modos distintos, a saber, según Uso Trascendental o Legítimo ―cuando tales conceptos se aplican al ‘conocimiento sensible’, por cuanto ésta es su función propia― o según Uso Trascendente o Ilegítimo ―cuando las categorías no se aplican a percepciones sensibles, sino a conceptos más allá[33] de la propia experiencia[34]―. Decía Kant que, a fin de obtener conocimiento, las percepciones sensibles debían ser analizadas[35] mediante las categorías; no obstante, pareció olvidar ―deliraba embebido en su propia demencia funcional― que ello produce lo que él llamó ‘juicios sintéticos a posteriori’, por cuanto en tal caso el conocimiento se obtiene siempre después de la experiencia.

Pese a este razonamiento, Kant creyó que su prejuicio pertenecía a la ‘analítica trascendental’ y a los imposibles ‘juicios sintéticos a priori’, y además llamó Fenómeno al resultado de dicha síntesis entre la percepción sensible y el conocimiento[36], del cual dijo además que no existe fuera del sujeto receptor de la percepción[37]. Por otro lado indicó que, tal y como existe el ‘fenómeno’, es forzoso que exista el objeto del mismo, y lo llamó Noúmeno, del cual señaló que permanece siempre incognoscible al sujeto extrínseco a él[38], a pesar de saber de su existencia[39]. No obstante, ¿no es el ‘noúmeno’ cognoscible en caso de que el sujeto fuera más allá de la representación? ¿No es el ‘noúmeno’ cognoscible si el sujeto va más allá del fenómeno? ¿Hacia dónde lleva el conocimiento sensible, sino a fenómenos y más fenómenos? ¿Hacia dónde conduce la fiuza en la experiencia empírica, sino al fenómeno, a la carne, la sangre y la cruz? ¿Por qué Emmanuel atendió en mayor grado el conocimiento del fenómeno, aun cuando supo admitir que éste no conduce al conocimiento de lo que es en sí?

En resumen, lo que Emmanuel pretendió dar a conocer pero no pudo ―su ateísmo crónico le incapacitaba para ello así como para las más bellas acciones― es que existen dos tipos de conceptos, a saber: los ‘conceptos relativos o anécdotas’ ―que son derivados de objetos sensibles particulares, y que sirven para formular lo que Kant llamó ‘juicios sintéticos’― y los ‘conceptos absolutos o categorías’ ―que son derivados de entes inteligibles universales, y que sirven para formular lo que Kant llamó ‘juicios analíticos’―.

El uso de los conceptos puede ser de dos tipos distintos, a saber, el ‘uso empírico o inductivo’ ―que parte de las percepciones particulares hacia las intelecciones universales[40]― y el ‘uso científico o deductivo’ ―que parte de las intelecciones universales hacia las percepciones particulares[41]―. Dicho de otro modo, aquél aplica la anécdota a la categoría y éste aplica la categoría a la anécdota.

Tabla de los tipos de conceptos según M. Pagano

Pues bien, el hecho es que a toda esta perogrullada se la definió con otro palabro compuesto por los más ociosos: el ‘Idealismo Trascendental’. ¿Qué le parece, Señoría? ¿Pero acaso hay idealismo que no sea ‘trascendental’? ¿Acaso las ideas, por su propia naturaleza, no trascienden a los objetos? Entonces, ¿a qué tanta memez? ¿Para qué tanta patochada? Al fin y al cabo, tanta memez y tantísima patochada para concluir con lo ya expuesto desde antiguo, a saber: que el Espacio, el Tiempo y las Categorías son fundamentos para adquirir conocimiento; lo que ocurre es que Emmanuel llamolos ‘capacidades’[42] a los tres, sin advertir que justo antes del tres está el uno.

No es peregrino, sino ajustado a razón, señalar que el Tiempo corresponde al ‘verbo’, el Espacio al ‘adjetivo’ y las Categorías al ‘sustantivo’. Por ende, el ciclo de adquisición de conocimiento sería de tal suerte: primero contemplar los ‘sustantivos’ y albergar el amor hacia ellos; en segundo lugar, el amor incita a imitarlos, y con ello se realiza el ‘verbo’; finalmente, la reiteración del hábito con vistas al ‘sustantivo’ da como resultado el ‘adjetivo’. Éste, tras sublimarse asciende a la categoría del ‘sustantivo’, completando un ciclo que se mueve a sí mismo y es eterno.

No obstante, sí es peregrino que Emmanuel advirtiese este ciclo y su divino funcionamiento. De hecho, tampoco advirtió que se equivocaba en gran medida cuando, por inclinación perversa hacia el prejuicio, postuló que el sujeto es quien determina la existencia y cualidades del objeto, y éste se adapta a él según sus capacidades. A este sujeto, también por inclinación al prejuicio y un exceso de ocio, se le denominó Sujeto Trascendental, y representa la inversión de la relación tradicional de objeto-sujeto. Y es que según Kant, el objeto es aquello que se adapta al sujeto, y no al revés[43].

Pero bueno, Señoría, ¿no se le llama ‘sujeto’ al sujeto porque está sujeto al objeto? Por ende, Señoría, ¿no se le llama ‘objeto’ al objeto habida cuenta es el fin y objetivo de la adaptación del sujeto? Otrosí, Señoría, ¿no es el sujeto quien realiza la acción y el objeto quien la recibe? Por ende, Señoría, y también por último, ¿si el sujeto es quien realiza la acción, no es él quien varía, cambia o se adapta? ¿Este cambio en sí afecta en algo al objeto en sí?

En fin, a Kant cabría responderle lo que a toda la muchedumbre de antropocentristas que profesan el relativismo liberal ―aquel que tanto mal disemina sobre el haz de la tierra―, o sea que en caso de tener razón, efectivamente, ésta no valdría más que cualquier otra que sostuviera justo lo contrario, porque la razón entonces sería de condición particular, como tanto gustaría a los liberales que lo fuese también dios, la ética y la propiedad. Por el contrario, y como tanto gusta a los libres, tanto el dios, la razón, la ética o la propiedad son de condición universal.

Y así lo debía considerar Kant, siempre y cuando el universo fuese el individuo, porque en la Tercera Parte de su inmundo libro, definió la ‘razón’ como la ‘facultad de la suprema unificación del conocimiento’[44]; y asimismo, comprendió que semejante proceso de unificación, inevitablemente, conduciría a la razón más allá de la experiencia, en el ámbito de la metafísica. Y si los ‘fenómenos empíricos’ funcionaban en lo concerniente a la experiencia, con relación a la metafísica Emmanuel señaló que intervenían una serie de ‘Ideas Trascendentales de la Razón’[45], toda vez que pretendía haber identificado algo distinto de las ‘categorías o conceptos puros’. ¿Cómo los distinguió Kant? ¿Cómo esperaba lo hiciese, Señoría, sino empleando la más miserable falacia? A saber dijo Emmanuel que las ‘ideas trascendentales de la razón’ se diferencian, respecto de los ‘conceptos puros o categorías’, en cuanto a que éstos emplean la información sensible a fin de comprenderla mediante el intelecto y aquéllas empero, según Kant, emplean dicha información ya categorizada a fin de agruparla bajo una misma unidad.

No obstante, ¿acaso este proceso de agrupación es otra cosa que el ejercicio de comprensión intelectual? ¿Acaso no deberían llamarse ‘ideas trascendentes de la razón’, habida cuenta usan categorías para ir más allá de lo experimentable? ¿No era eso, según el propio Kant, un uso ilegítimo de las categorías? Y a pariguales, ¿acaso Emmanuel utiliza los conceptos de otro modo que no del que precisamente censura? ¿Cómo creerle? ¿Cómo siquiera entenderle? Es más, ¿para qué prestarle atención a quien es incapaz de ofrecerla?

Pero, a qué detenerse alrededor de la piedra o la encina, el hecho es que Emmanuel señaló tres tipos de ‘ideas trascendentales de la razón’; a saber: la Idea del Alma ―que unifica los fenómenos de la experiencia interna[46]―, la Idea de Mundo[47] ―que unifica los fenómenos de la experiencia externa― y la Idea de Dios ―que agrupa tanto la unidad de los fenómenos del alma como los del mundo―. De hecho, todo ello estaría muy bien, aunque ya manido[48], si no fuera porque Emmanuel sentenció que semejantes ideas no existen en sí, fuera de la experiencia, sino que son un mero producto de la razón, sin base empírica y por tanto prescindibles e ilusorios. No obstante, ¿es cierto que no hay base empírica que demuestre la existencia del universo? Asimismo, Señoría, ¿es cierto que no hay base empírica que evidencie la existencia del alma? ¿Alrededor de qué cree Kant que se mueven astros? ¿Por qué Emmanuel, como todo humano, padece dolor no sólo físico sino también de otra índole? Pues bien, todo se mueve bajo número y medida porque existe la unidad que lo dispone así, y el dolor humano es ora físico ora psíquico por cuanto un alma le mueve y se acongoja por su necedad. A pariguales, Kant mentía o bien se equivocó, o le ocurrió como a quien no cree que la Tierra es curvilínea pese a mostrarse plana a ojos del individuo, igual que la habitan otras naciones por muy provinciano que uno sea, y, en fin, por lo mismo que las integran comunidades por más que uno considere sólo su ombligo.

Diagrama que muestra el funcionamiento de la Existencia y el Devenir relacionadas con el Individuo (Tipos de Experiencia), según M. Pagano

Porque lo cierto es que Kant era de esos que prima la libertad del individuo a la comunitaria, pues no establecía relación entre una y otra, y como era un liberal de antojo y cerrojo, aplicó a todo este proceso unificador la trapisonda del ‘uso ilegítimo’. Según este embeleco, el conocimiento del mundo, del alma y del dios se fundamentan no en la experiencia ―como según Kant sería lo correcto―, sino en ‘objetos trascendentes’; así pues, según él mismo, todo juicio que sobrepase los límites de la experiencia sensible es ilusorio y engañoso. Pese a lo dicho, Kant tenía la cara suficientemente dura como para identificar los tres elementos ilusorios respectivos a las tres ‘ideas trascendentes’, a saber: los Paralogismos ―respecto a la idea del alma, que son pensamientos con una lógica aparente, pero sin ningún fundamento empírico― las Antinomias ―respecto a la idea de mundo, que son dogmas contrarios empleados como ‘tesis’ y ‘antítesis’, pero siendo falsos ambos― y los Ideales ―que es todo aquello que rebasa la experiencia sensible y debe ser rechazado―.

¡Qué decir frente a semejante sinvergüenza! En terminología del propio Kant, ¿no es él quien se sirve de ‘paralogismos’ cuando postula el proceso intelectual de los juicios ‘a priori’? Porque de no existir el alma o algo similar, nada podría ser llamado juicio. Otrosí, ¿no es el propio Emmanuel quien se sirve de ‘antinomias’ cuando hace distinción entre juicios analíticos y sintéticos, a priori o a posteriori, física y metafísica, conceptos empíricos o las categorías, toda la sarta de categorías, usos trascendental o trascendente, legítimo e ilegítimo, noúmeno y fenómeno, etc.? Porque nada de esto hubiera regurgitado sin oponer la tesis a la antítesis. Y finalmente, ¿no es el propio Kant quien se sirve de ‘ideales’ cuando precisamente los niega, habida cuenta se atreve a deliberar sobre algo que jamás experimentó con sus sentidos? ¿Cómo hubiera formulado toda su disparatada argumentación si en vez de tener sus ideales podridos, de hecho, no hubiera tenido ni un solo ideal? Porque es tan cierto que Emmanuel usó ideales para regurgitar su vómito, como desagradable es su olor, color, textura y sabor, y ello, más que empírico es un conocimiento científico, ya que no es menester pasar por la misma experiencia de Kant ―la más honda locura― para comprender que debe ser evitada a toda costa.

Y no es menester experimentar lo mismo que padeció Kant ―la locura más abismal― para comprender que debe evitarse a toda costa porque, afortunadamente, existen otros métodos más nobles para conocer el mal; a saber: Experimentándolo[49] ―cuyo conocimiento se obtendría de la experiencia sensible propia―, Identificándolo[50] ―cuyo conocimiento se obtendría de la experiencia sensible ajena―, y, en fin, como hacen los amantes de la sabiduría, Razonándolo[51] ―cuyo origen del conocimiento sería la experiencia inteligible universal―.

Los dos primeros no son ‘a priori’ de la experiencia sensible, y en ningún caso evitan el mal[52]; sin embargo, el método del razonamiento es ‘a priori’ de la experiencia sensible, y por ello, puede evitar la aparición del mal tanto en sí mismo como en sus semejantes[53].

A su vez, no estaría de más experimentar lo mismo que gozó Kant ―los dones de los dioses y aún la capacidad de enloquecer―, ya fuera experimentándolo, identificándolo o razonándolo. Todo ello, en el bien entendido que razonar el bien ayuda tanto a identificarlo como a experimentarlo con plenitud, y en el bien advertido que razonar ya es un bien en sí mismo que se experimenta por sí mismo.

Formas activas de adquisición de conocimiento, según M. Pagano adaptado para la crítica de E. Kant

En fin, como conclusión a los tipos de experiencia cabría decir que, en todo caso, lo mejor es razonar, por cuanto en sí mismo ya es una excelente experiencia. Por cierto, si experimentar es el ‘periplo que realiza el alma de afuera hacia dentro’, por su parte, razonar sería ‘el periplo que realiza el alma de adentro hacia fuera y viceversa’[54]. Sin embargo, lamentable es volver a repetir lo mismo que se refirió de Hume, porque Emmanuel llega al mismo lugar infecto, sólo que empleando para ello un camino mucho más largo y más penoso[55]; de hecho, justo el contrario que el de la línea recta y harto distinto al sagrado camino del círculo[56].

Diagrama que explica la experiencia lineal de E. Kant frente a la experiencia cíclica de M. Pagano

METAFÍSICA LIBERAL DE KANT

Pero, ¿qué decir de aquellos que miran al futuro, aunque allí no hay nada, y desprecian al pasado, donde se encuentra todo? ¿Qué diantre argumentar con quien llama ‘ciencia’ a lo que en realidad es ‘física’[57]? ¿Qué a quien ve como deficiente que la metafísica plantee siempre las mismas cuestiones? ¿No comprenden que el conocimiento metafísico es eterno e inmutable, mientras que el conocimiento físico es perecedero y siempre en mutación? ¿Qué fuerza maligna arrastra a despedazar lo bellamente unido?

Sea como fuere el caso es que Kant, como sus adláteres liberales, creía que la metafísica debía progresar innovando conocimientos, como ocurre con la mal llamada ‘ciencia’, y por ello pretendió elevar ―según su corrupto pensamiento― la metafísica a rango de ‘ciencia’[58]. Impulsado por este abyecto anhelo, Kant regurgitó su particular, diferente y nueva vomitona, aquella que se fundamentó en los imposibles ‘juicios sintéticos a priori’, los cuales el susodicho identificó con las fórmulas matemáticas modernas. No obstante lo hizo sin advertir, tal vez, o sin querer advertir, mejor dicho, que toda fórmula matemática que se precie, aun ser ‘a priori’, por cierto, es siempre analítica y nunca sintética, como ya se ha mostrado más arriba. O ¿no son los entes matemáticos que se formulan cual ideas que se inteligen? Entonces, ¿qué especie de mal angosta la mente de tantos mentecatos?

Asimismo y como ya se ha dicho, Kant tenía la convicción de que el ‘noúmeno’, a diferencia del ‘fenómeno’, es del todo incognoscible, por lo cual sentenció que no es posible elevar la metafísica a rango de ciencia[59], toda vez que dijo resulta una tendencia irresistible para la razón[60], por más prevenciones que uno tome[61]. Por lo tanto, interpretó Kant que la razón crea sus propios objetos[62] y los persigue, aun ser éstos incognoscibles.

Todo ello lo hizo sin advertir, tal vez, o sin querer advertir, mejor dicho, que hay sentido porque existe la capacidad y no al contrario; es decir, ¿no es anterior al ojo la propia capacidad de ver? ¿Surge la capacidad de ver, a posteriori, o sea, a causa de la experiencia del ojo, o, por el contrario, es el ojo el que surge y experimenta a causa de la capacidad de ver? En fin, parece innegable que el órgano ocular surge y evoluciona gracias al impulso que proviene de la capacidad de ver. Y eso mismo ocurre con las facultades morales, porque no surge la bondad gracias a que alguien la improvisa, sino que alguien llega a ser bondadoso porque realmente existe la bondad, y participa de ella en mayor o en menor grado según la contemple o la desprecie.

FÍSICA LIBERAL DE KANT

¿Qué decir entonces de la física con relación a quien sólo creyó en el devenir físico? ¿Se puede atribuir otra cosa a Kant a fuer de la investigación física? ¿No será que siquiera llegó a ser físico y, a decir verdad, era un simple fenomenalista? ¿Habrá alguna distinción entre lo concluido por Kant y lo explicado por Hume? ¿Es algo diferente que uno sea impresionista y otro fenomenalista?

Porque es harto difícil que un humano pueda mantener dignidad alguna cuando no conserva ni un ápice de memoria. De hecho, Kant, como toda la retahíla de liberales, sólo miraba hacia delante y abominaba ya todo pasado: el futuro entonces, como ahora, era base de toda acción. El abismo entonces, como ahora, se tomaba por destino. La nada entonces, como ahora, se advertía como único referente. Y en la carrera a tumba abierta se olvidó el significado de las palabras: la ‘ciencia’ se confundió con la física, el ‘juicio’ con la opinión, la ‘religión’ con la cruz y el Bien ya no se distinguía del mal. Todo se había mezclado, y a partir de entonces, los duros grilletes de la modernidad impedirían al hombre mirar atrás sin ser castigado.

Y el triste olvido es fuente de todo mal, pues “descubrimiento supremo y bello fue el de la memoria y útil para la vida y para todo, tanto para la filosofía como para el saber[63]. Ésta es su primera utilidad: si prestas atención a algo, tu mente, apenas pasa a través de ello, lo percibirá mejor[64]. Su segunda utilidad es meditar, cuando se ha oído algo[65]. La tercera utilidad es referir lo que se oye a lo que se sabe[66], como por ejemplo, si hay que recordar a Crisipo, poner el nombre en relación con ‘oro’ y ‘caballo’. Otro ejemplo: Pirilampes hay que relacionarlo con ‘fuego’ y ‘brillar’. Para el valor se remite a Ares y a Aquiles; para el arte de la forja a Hefesto; para la cobardía a Epión”[67], y a ti, Emmanuel, pobre desgraciado, habría que recordarte, una y otra vez que, te guste o no, tu propio nombre clama bien alto ‘un Dios está con nosotros’.

Fuente:

Historia Crítica de Filosofía, Marco Pagano (Editorial Caduceo 2005)

[1]     Éxitos como la Independencia Norteamericana del 1763, que sería el germen del mal último que haría fenecer a la humanidad, o la atrocísima Revolución Francesa de 1789, que dio lugar a las más variopintas demencias aquí, en la Europa que otrora dio a luz a la más noble de las estirpes.

[2]  Aun y con todo, eso tampoco es del todo cierto, por cuanto lo que Emmanuel aprueba no es tanto la ‘razón práctica’ como la ‘experiencia irracional’, que no es del todo lo mismo.

[3]     Acaso no fuera del todo execrable si Kant con la expresión ‘sí misma’ se refiriera a la razón universal, sin embargo, el propio Kant deja claro y meridiano que ésta razón es individual. Hete aquí el relativismo antropocentrista.

[4]     Algún pobre hombre aún creerá que fue Emmanuel quien primero formulose tal cuestión. No obstante, quizá si fuera el primero en planteársela con tamañísima arrogancia.

[5]     Se preparaban las bases para la pseudo-ideología del ‘superhombre’.

[6]     Igual que en las otras substituciones aconsejadas, por ‘realidad’ debe entenderse ‘devenir’; lo que ocurre, sin embargo, es que Kant creía que el devenir era ya la propia realidad, cual postula todo ateo de tocho y mocho.

[7]     A decir verdad sería ‘recordar por vez primera’, ya bajo naturaleza humanoide.

[8]     Es cierto, los auténticos conocimientos son eternos, pues se mueven de tal modo que carecen de principio y de fin. Por otro lado, la razón se ocupa de recorrer el mismo trayecto, y el olvido, como la muerte, es debido a la imposibilidad de completar el citado trayecto helicoidal.

[9]     Este refrendo de la razón también será negado por Kant, en última instancia, considerándolo un anhelo irresistible de la razón hacia entes inexistentes.

[10]    Por el contrario los juicios ‘a priori’ serían absolutos, científicos, gnoseológicos, atemporales y objetivos. Además, también serán extensivos ‘a posteriori’ ―como no podría ser de otro modo―, en el bien entendido que la experiencia jamás contradice la ciencia, motivo por el cual se obvia la experimentación. Por ejemplo, ¿cómo demostrar que un triángulo tiene tres lados? ¿Es por la demostración empírica que se verifica, o por la propia razón? Por ende, denominarlos ‘a priorísticos’ es justo sólo con relación al procedimiento empírico, sin embargo, lo cierto es que no son juicios ‘a priori’ ni ‘a posteriori’, sino juicios eternos, absolutos, atemporales, objetivos, etc.

[11]    Si el conocimiento obtenido es forzosamente relativo, ¿por qué Kant los llama ‘juicios’, aun cuando él mismo aseveró que todo juicio debía ser universal y necesario? ¿Por qué tantos hay que embaucan y por qué tantos otros se dejan embaucar?

[12]    De ahí el gigantesco bulo a partir del cual se dice que Kant logró combinar el empirismo con el racionalismo; ahora bien, a decir verdad ocurrió que, nadie, hasta Kant, tuvo el asombroso descaro de manipular los conceptos con tamaña mendacidad.

[13]    Que exista en realidad la línea recta es alo harto discutible. De hecho, lo más sensato es pensar que la línea recta no es más que una porción de la línea universal, que no es recta, sino helicoidal. Además, para que haya línea recta es preciso que existan dos puntos, y sin embargo lo más probable es que en realidad no exista ningún punto.

[14]    En efecto, el término ‘línea recta’ es compuesto, por cuanto una línea puede ser de otros modos bien distintos, a saber, curva, quebrada, mixta, espiral, etc.

[15]    Las mismas de las que habló Hume, suponiéndolas objeto único de conocimiento.

[16]    También al ámbito de los pronósticos y, en especial, al ámbito de los prejuicios.

[17]    Adviértase que los dos primeros tipos de juicios ofrecen saber, mientras que los dos últimos otorgan sabiduría. Aquellos son anhelo de eruditos y éstos objeto y espejo de filósofos.

[18]    El término ‘experiencia’ acaso pueda definirse como ‘el periplo que el alma realiza de afuera hacia dentro’.

[19]    Y aun así provendría de la experiencia, sólo que de un modo indirecto.

[20]    Ya sea de forma directa o indirecta y relacionada con el devenir.

[21]    Que siempre es directa y por ello más pura y relacionada con el ser.

[22]    Resultando entonces un conocimiento particular y relativo que debe aspirar a lo universal y absoluto.

[23]    Resultando entonces un conocimiento universal y absoluto que puede aplicarse a lo particular y relativo.

[24]    El título del librete es sintomático de la demencia que padecía su autor, pues, ¿cómo criticar la ‘razón pura’, acaso mediante la ‘sinrazón impura’?

[25]    En otro lugar Kant dijo lo mismo pero referido al razonamiento.

[26]    Lo cual es bastante discutible, por cuanto el tiempo no se percibe de igual modo y el espacio es tremendamente relativo al tamaño, la velocidad, etc.

[27]    Todo cuanto se percibe a través de los sentidos corporales, que para un ateo como Kant lo es todo.

[28]    Todo salvo las percepciones inteligibles, que en cualquier caso disponen todo bajo número y medida, siendo ellas más que el número que disponen y la medida que prerrogan, pues moran más allá de todo espacio y todo tiempo.

[29]    Anteriores a la experiencia corporal puede ser; ahora bien, no es seguro que sean anteriores e independientes a la existencia del alma. ¡Oh, experiencia sublime e inagotable, que moras más allá de todo tiempo y medida!

[30]    Lo que Kant quería decir pero no supo ―su ánimo alicorto lo hacía imposible―, es que el espacio y el tiempo, aun no ser material empírico, de hecho, participan de la realidad empírica haciéndola posible. Ahora bien, sólo un necio podría omitir que no es lo mismo participar de una realidad que ser la propia realidad.

[31]    Es precisamente por ello que ‘entendimiento’ es lo mismo que ‘razón, inteligencia, intelecto, conciencia, sentido común, cacumen, juicio’ o como quiera llamársele.

[32]    Y que por lo tanto no son analíticos, sino sintéticos; motivo que obliga a tratarlos en la primera parte Estética Trascendental y no en la segunda, intitulada Analítica Trascendental.

[33]    Según este criterio de lo que es un uso ‘ilegítimo’ de las categorías, el propio Kant habría incurrido en delito, por cuanto usa las categorías para deliberar sobre lo que trasciende a la experiencia, siquiera para negarlo. ¿Cómo diantre cree deslegitimar el uso trascendente de las categorías, cuando estas mismas a su vez ya son trascendentes? ¿Cómo retruécanos cree deslegitimar el uso trascendente de las categorías haciendo él un uso trascendente de las mismas, siquiera para negarlo? ¿No le pasa como a los escépticos, quienes dicen conocer que no es posible conocer nada? ¿Por qué no empezó Kant por cumplir su propio precepto callándose la boca y yéndose a dormir? ¿A qué tanta majadería? ¿A qué tantísima estupidez?

[34]    De la propia ‘experiencia sensible’, otra vez, y entiéndase de tal modo, porque en ningún momento se considera la ‘experiencia inteligible’.

[35]    En todo caso serían ‘sintetizadas’.

[36]    Es obvio que aquí Kant llama ‘fenómeno’ a lo que antes eran los ‘juicios sintéticos a posteriori’. No obstante, el término ‘fenómeno’ tiene un significado distinto al resultado de dicha síntesis; mejor dicho, es sólo la mitad de la síntesis que se sitúa antes de la percepción, es decir, el fenómeno surge aunque no exista el entendimiento del mismo.

[37]    Es decir, que por más que el Sol salga, si nadie lo percibe en realidad el Sol no ha salido. Pues bien, que el Sol salga una y otra vez, que con su luz genere todo tipo de flora y fauna…, da lo mismo, el necio de Kant, encerrado en su imbricada cueva, lo negará todo, y a quien le visite, por más que le razone cuánto bien hay en el exterior de la sombría cueva, Kant le responderá que él no lo ha visto y san-se-acabó, que no se mueve de donde está.

[38]    Al parecer Kant habla del ‘noúmeno’ como de un objeto material liberado de todo fenómeno.

[39]    ¿Cómo saber de su existencia, si no mediante un procedimiento que Kant llama ‘ilegítimo o trascendente’? Por tanto, según Kant, hasta la propia existencia del ‘noúmeno’ debería ser rechazada. Sea como fuere, parece lógico pensar que si es posible asegurar su existencia ya no es incognoscible del todo; de hecho, será cognoscible, pero no mediante la percepción sensible.

[40]    Siendo éste un procedimiento falible.

[41]    Siendo éste un procedimiento infalible.

[42]    ‘Capacidades’ tiene aquí la acepción fuerte de ‘caos’, que en origen significa ‘vacío’ o ‘cavidad’. Por lo tanto, ello es propio tanto del Espacio como del Tiempo, pero no parece adecuado a las categorías, que no son tanto ‘capacidades’ como ‘entidades’ o, en todo caso, ‘facultades’. Dicho en otras palabras, si el Espacio-Tiempo es el caos, las Categorías son el cosmos.

[43]    A esta concepción monstruosa se le llamó ‘el giro copernicano’, manifestando cuánto se distanciaba de los postulados tradicionales elaborados al respecto. Sin embargo, a los desgraciados que bebieron de Lete cabe recordarles que ‘nada nuevo hay bajo el sol’, y que otros muchos como Protágoras expelieron semejantes infecciones por doquier. El extremo de este pseudo-concepto se encarnará en la abominable figura de Nietzsche.

[44]    No obstante, entiéndase siempre respecto a la naturaleza del individuo ―individualismo gnoseológico― y siempre respecto al conocimiento sensible y empírico ―individualismo sensorial―. Véase nota 305.

[45]    De hecho, el palabro se las trae, porque es tan evidente que toda idea es trascendental como que es de la razón. Sin embargo, lo que Kant quería decir es que pertenecen a la razón individual de cada uno, y más tarde acabará por sentenciar que tales ‘ideas’ no son más que ilusiones de la razón.

[46]    La experiencia interna no genera fenómenos, como Kant tal vez sabía pero escondía con asombrosa vileza; en todo caso, ésta se vale de los nóumenos a fin de unificar los fenómenos de la experiencia externa.

[47]    En todo caso sería la idea de ‘universo’, palabra de significado nada desdeñable, puesto que indica precisamente lo que es: ‘el uno en movimiento’.

[48]    En efecto, Platón realizó la misma identificación, toda vez que bajo palabras tales como ‘objetos sensibles’ mundo, ‘seres inteligibles’ alma e ‘idea de bien o demiurgo’ el dios. Ciertamente, en esos tiempos el humano ya no miraba atrás con respeto, sino hacia delante con suma vanidad y presunción.

[49]    Que equivaldría a la ‘idea trascendental’ de alma.

[50]    Que equivaldría a la ‘idea trascendental’ de mundo.

[51]    Que equivaldría a la ‘idea trascendental’ del dios.

[52]    En la experiencia propia porque el mal ya se ha hecho presente en uno mismo, y en la experiencia ajena por cuanto el mal ya se ha manifestado en un semejante.

[53]    Pues razonar el mal ayuda tanto a evitarlo en uno mismo como a tenerlo que identificar en otro.

[54]    Tal y como el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo, y tal y como el círculo no tiene principio ni fin (Hipólito IX 10,4 y ss.).

[55]    Fue Platón quien definió ‘artificio’ como “Cumplir un largo recorrido para justificar su vicio” (Crátilo 415a), por cierto, con asombrosa pericia y expresividad.

[56]    Fue el oscuro Heráclito quien dijo que “el camino recto y curvo del rodillo de cardar es uno y el mismo” (Hipólito IX 10,4 y ss.).

[57]    A decir verdad, esta horrenda confusión de términos proviene de Aristóteles y de quienes le interpretaron sin motivo alguno; y en realidad, si la metafísica es a la ciencia lo que la física es a la experiencia, Kant siempre hablaría en términos físicos o empíricos.

[58]    Es cierto, toda vez que un poco antes ya era objeto de alarde, a partir de entonces el concepto de metafísica se relacionaría con el perverso carrusel de la modernidad, donde todo lo pasado y todo lo estable está condenado al desprecio y al más absoluto olvido.

[59]    Entiéndase ‘ciencia empírica’ o sencillamente ‘física’: ¡Lo que hay que oír!, pretender ‘elevar’ la metafísica a rango de física, ¡no hay vergüenza!

[60]    En tal caso sería una tendencia razonable, y si para Kant ‘razonable’ es ‘universal y necesario’, también sería una tendencia justa. De hecho, es la tendencia opuesta a la que padeció él y los de su calaña, esto es, irracional, particular, prescindible e injusta.

[61]    Estas prevenciones, por ende, si son contra una tendencia razonable serán el tipo de fuerza maligna que infectaba su escuálido intelecto.

[62]    También lo hizo él, entonces, con toda su tesis epistemológica y metafísica, con lo cual, sus postulados serían sólo producto de su mente y no más creíbles que cualesquier otros. Se cree el ladrón que todos son de su condición.

[63]    Aquella es estimación de los filósofos y éste es anhelo de eruditos.

[64]    Y ello también implica una mejor experiencia física y una óptima interpretación de la misma.

[65]    Con lo cual también sirve para mejorar la experiencia metafísica.

[66]    Es decir, subordinar lo particular a lo universal, sin embargo, según el mentecato de Kant, no sería un uso legítimo.

[67]    Sofistas (Testimonios y fragmentos) B.C.G. ‘Discursos Dobles’ [90 D.K.] Discurso 6, párrafo 9.